Fernanda
La cena en la terraza de la finca Aris era diferente a cualquier otra que hubiéramos tenido. El aire de Corfú, antes cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo, ahora se sentía ligero, perfumado por el jazmín y el aroma del primer prensado de aceite de oliva que decoraba nuestros platos. No había contratos sobre la mesa, ni abogados acechando en las sombras. Solo el sonido rítmico de las cigarras y las risas de Nikitas, que parecía haber nacido con una copa de vino en la mano y un chiste en la punta de la lengua.
Nikitas y Katerina habían venido desde Atenas para celebrar oficialmente el lanzamiento de la exportadora. Verlos allí, sentados a nuestra mesa como aliados y amigos, me hacía sentir que finalmente tenía una red de seguridad, una familia elegida que no me juzgaba por mi pasado, sino que apostaba por mi futuro.
Katerina, siempre impecable incluso bajo la luz tenue de las velas, observaba los documentos de logística que yo había estado organizando por la tarde. Su mirada era analítica, la de una mujer que conocía a los tiburones del mercado mejor que nadie.
— Tienes instinto, Fernanda —dijo Katerina, dejando una carpeta sobre el mantel de lino—. Muchos CEOs con doctorados en Harvard y años de experiencia en Atenas no entienden que una empresa de este tipo no se maneja solo con números fríos, sino con alianzas locales. Tu forma de conectar con los agricultores de Corfú es lo que va a blindar a Aris & Co. contra cualquier ataque de Petro. Él tiene el dinero, pero tú tienes la lealtad de la gente.
— Gracias, Katerina —respondí, sintiendo un calorcito de orgullo en el pecho que no tenía nada que ver con el vino—. Pero a veces siento que voy a ciegas. Sé lo que quiero lograr, imagino el producto en las tiendas de París o Londres, pero los procesos legales, los aranceles y la burocracia griega me sobrepasan. Siento que en cualquier momento alguien me va a preguntar algo técnico y me voy a quedar en blanco.
Alexander, que hasta ese momento conversaba en voz baja con Nikitas sobre las fluctuaciones de la bolsa, intervino tomándome de la mano. Su toque era firme, un ancla en medio de mis dudas.
— No vas a ir a ciegas por mucho tiempo —dijo, mirándome con una determinación que me sorprendió—. Ya he hecho algunas llamadas. He hablado con el decano de la Universidad de Economía y Negocios de Atenas. Tienen un programa ejecutivo internacional excelente, con clases que puedes tomar de forma híbrida. Si vas a ser la CEO, quiero que tengas las herramientas para que nadie, nunca, pueda cuestionar tus decisiones ni tratarte como una figura decorativa. Yo me encargaré de coordinar los horarios y la logística de los viajes.
Me quedé helada, con el tenedor a mitad de camino. ¿Yo? ¿En una universidad de negocios en la capital de Grecia?
— Alexander... —susurré, bajando la vista hacia mi copa de vino—. Estás loco. Yo a duras penas pude con el semestre de medicina en México. Fue un desastre absoluto. Siempre me dijeron que no tenía cabeza para los estudios "serios", que mi destino era algo más... ligero.
— ¿Quién te dijo esa estupidez? —preguntó Katerina, inclinándose hacia adelante, con los ojos encendidos por una indignación solidaria.
— Mi familia —confesé, sintiendo el peso de años de críticas—. Siempre me comparaban con Valeria. Ella era la "perfecta", la disciplinada, la que sacaba dieces sin despeinarse y siempre sabía qué paso dar. A mi lado, yo siempre parecía el desastre andante, la que no terminaba lo que empezaba. Ella era la que estudiaba hasta la madrugada mientras yo me perdía en sueños. Crecí creyendo que mi único talento era ser... bueno, simpática y desastrosa. Una distracción agradable, pero nada más.
Alexander apretó mi mano, obligándome a mirarlo. Sus ojos grises no tenían rastro de duda.
— Valeria tendrá toda la disciplina del mundo, pero tú tienes alma, Fernanda. Y la disciplina sin alma es solo una máquina funcionando en el vacío. Ahora que has encontrado algo que te apasiona, algo que te duele y te importa, la disciplina vendrá sola. No eras tú el problema; era que estabas tratando de encajar en un molde que no era el tuyo. Estabas estudiando medicina para complacer a otros, no porque te importara.
Nikitas soltó una carcajada ligera, tratando de aliviar el ambiente, y levantó su copa hacia mí.
— ¡Bienvenida al club de los "desastres" reformados, Fer! —exclamó con alegría—. Yo era el "vago" oficial de la familia Vasilakis porque no quería ser un clon de mi padre. Él quería que fuera un tiburón inmobiliario y yo solo quería jugar con mis códigos. En el momento en que encontré la programación y vi que podía construir imperios invisibles, me volví un adicto al trabajo. La vocación es un motor, y tú ya encendiste el tuyo. Prepárate, porque Alexander como tutor es peor que un sargento espartano.
— No le asustes, Nikitas —bromeó Katerina, dándome una sonrisa alentadora—. No dejes que el fantasma de la "perfección" de tu prima te detenga. Ella usó su disciplina para traicionarte y para alimentar su ego; tú usa tu pasión para construir algo que ella nunca podrá tener: un imperio con corazón. Mañana mismo te enviaré los módulos de gestión que yo mismo uso. Considérame tu consultora personal y tu aliada contra los libros aburridos.
— Y yo te enseñaré a hackear los sistemas de la universidad si los exámenes se ponen muy feos —añadió Nikitas, ganándose un golpe juguetón de Katerina en el brazo.