Fernanda
El puerto de Corfú estaba bañado por una neblina matutina que le daba un aire místico, pero mi estómago no sentía ninguna magia; sentía nudos. Hoy era el día. No era una cena familiar ni una charla con los trabajadores de la finca. Era mi primera negociación real con el representante de una de las cadenas de hoteles boutique más exclusivas de la Riviera Francesa.
Si lograba este contrato, el aceite de Aris & Co. estaría en las mesas de los paladares más exigentes de Europa.
— Estás apretando esa tableta como si fuera un escudo, Leona —dijo Alexander, mientras caminábamos hacia el restaurante privado donde se llevaría a cabo la reunión.
Él vestía un traje gris que gritaba poder, pero se mantenía un paso por detrás de mí, cumpliendo su promesa: hoy, él era solo el respaldo financiero. Yo era la que hablaba.
— Es mi escudo —respondí, ajustándome el saco de mi traje sastre color crema. Me sentía profesional, pero por dentro, la voz de mi tía en México susurraba: "¿Tú negociando contratos? Si ni siquiera puedes organizar tu cuarto”. — Alex, ¿y si me sale el acento? ¿Y si me preguntan sobre la acidez oleica y se me olvida el dato en griego?
Alexander se detuvo y me obligó a mirarlo.
— Si se te olvida en griego, dilo en español con esa fuerza que tienes. El señor Dubois no viene a comprar un diccionario, viene a comprar el mejor producto de la región. Y tú eres la persona que mejor lo conoce. No eres Valeria, Fernanda. No necesitas ser perfecta. Solo necesitas ser tú.
Entramos. Jean-Luc Dubois era un hombre que parecía esculpido en hielo y arrogancia. Ni siquiera se levantó cuando llegamos. Miró su reloj de oro y luego me barrió con una mirada que me hizo sentir como si tuviera de nuevo dieciocho años y estuviera reprobando química.
— Monsieur Vasilakis —dijo Dubois en un inglés con acento francés, ignorándome por completo—. Supuse que vendría solo. No sabía que traería a su... asistente.
Sentí el aguijón del insulto. Alexander abrió la boca para responder, pero le puse una mano en el brazo, deteniéndolo. Me senté frente a Dubois con una calma que no sabía que poseía.
— Monsieur Dubois, me temo que está mal informado —dije en un inglés fluido, sosteniéndole la mirada—. Alexander está aquí como miembro del consejo, pero yo soy Fernanda, la CEO de Aris & Co. Y si quiere que nuestro aceite llegue a sus hoteles para la temporada de verano, es conmigo con quien tiene que hablar.
Dubois arqueó una ceja, sorprendido por mi tono.
— Una CEO muy joven —comentó con una sonrisa condescendiente—. Y según tengo entendido, sin formación en el sector. He oído rumores de que la Finca Aris es más un proyecto de caridad romántica que una empresa seria. ¿Por qué debería arriesgar la reputación de mis hoteles con alguien que... bueno, que apenas está aprendiendo el idioma?
En ese momento, recordé las palabras de Katerina: "Él tiene el dinero, pero tú tienes la lealtad". Y recordé las semillas de Eleni.
— Porque mi "falta de formación", como usted dice, es lo que me permitió ver lo que los expertos ignoraron por años —respondí, abriendo mi tableta y deslizando los gráficos de pureza y las certificaciones orgánicas que habíamos obtenido—. Aris & Co. no es caridad. Es exclusividad. Tenemos una variedad de aceituna que se creía extinta. Si usted busca un aceite industrial, puede llamar a cualquier otra empresa. Pero si busca que sus clientes prueben algo que no encontrarán en ningún otro lugar del mundo, firme este contrato.
Hice una pausa, bajando la voz para darle énfasis.
— Y sobre mi griego... mi equipo no me sigue porque hablé perfecto su idioma, sino porque les devolví la dignidad a sus tierras. ¿Prefiere negociar con alguien que tiene un título de Harvard o con la mujer que logró que la tierra más difícil de Corfú floreciera en tres meses?
Dubois se quedó en silencio. Miró los datos en la tableta, luego miró a Alexander, quien permanecía impasible, como una estatua de granito. Finalmente, Dubois volvió a mirarme a mí. Por primera vez, no vi burla en sus ojos, sino respeto.
— Tiene temple, Mademoiselle —admitió, tomando la pluma de su bolsillo—. Pero quiero una cláusula de exclusividad para la Costa Azul.
— Exclusividad por un precio Premium del veinte por ciento sobre el valor de mercado —respondí sin dudar, recordando la lección de finanzas de Alexander de la noche anterior.
Alexander soltó un ligero carraspeo, probablemente para ocultar una sonrisa de orgullo.
— Diez por ciento —negoció Dubois.
— Quince, y le incluyo una cata privada para sus chefs principales en la finca el próximo mes —rematé.
Dubois soltó una carcajada seca y firmó el documento.
— Trato hecho. Espero que sea tan exigente con la calidad como lo es con sus términos.
Cuando salimos del restaurante y el aire salado del puerto nos golpeó la cara, sentí que pesaba diez kilos menos. Había ganado. No por ser la "prima de" o la "esposa de", sino por mi propia cuenta.
— ¿Quince por ciento y una cata? —Alexander me rodeó con el brazo, riendo abiertamente—. Eres una negociadora despiadada, Fernanda. Me das miedo.