Fernanda
El éxito tiene un sabor dulce, pero en mi familia, ese sabor suele venir acompañado de una pizca de picante y mucho drama. Habían pasado dos semanas desde el contrato con Dubois y mi teléfono no paraba de sonar. Pero no eran clientes. Era mi madre.
— ¡Fernanda Isabel García López! —su voz atravesó el océano Atlántico con la potencia de un trueno—. ¡Me entero por el Instagram de que te vas a casar por la iglesia, en una mansión, y que eres la "jefa" de no sé qué empresa de aceitunas! ¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Cuándo nacieran mis nietos griegos?
Estaba en el despacho de la finca, revisando unos balances, cuando la videollamada de mi madre me obligó a soltar la pluma.
— Mamá, no son aceitunas, es una exportadora de aceite de oliva Premium —suspiré, tratando de no reír—. Y no te lo había dicho porque todo ha sido muy rápido. Alexander y yo... bueno, hemos pasado por mucho.
— "Por mucho", dice la niña —mi madre apareció en pantalla, ajustándose los lentes—. Pues prepárate, porque tu tía Elena y yo ya compramos los boletos. Llegamos a Corfú en tres días. Y ni se te ocurra decirme que no hay espacio, porque ya vi que esa casa tiene más cuartos que un hotel de paso en la avenida Vallarta.
Sentí un frío recorrer mi espalda. Mi madre y mi tía en la finca Aris. El choque cultural iba a ser de proporciones épicas. Pero lo que vino después me dejó helada.
— Y Valeria va con nosotras —añadió mi madre, bajando la voz—. No me mires así, Fernanda. Tu tía dice que la pobre muchacha no deja de llorar, que se siente fatal por lo que pasó y que quiere pedirte perdón de rodillas. Familia es familia, m'hija.
— Mamá, Valeria me traicionó. No es un berrinche de primaria, puso en riesgo mi trabajo y la seguridad de Alexander —dije, sintiendo que la paz de las últimas semanas se agrietaba.
— Pues se lo dices en su cara aquí frente a la Virgen —sentenció ella—. Nos vemos el jueves. Te quiero.
Colgué el teléfono y me quedé mirando la pared de piedra. Alexander entró justo en ese momento, sosteniendo dos tazas de café.
— Tienes esa cara de cuando intentas conjugar verbos irregulares en griego —bromeó, pero al ver mi expresión, dejó las tazas y se acercó—. ¿Qué pasa, cariño?
— Mi madre viene a la isla —solté de golpe—. Con mi tía. Y con Valeria.
Alexander se quedó inmóvil un segundo. Sus ojos grises se entrecerraron. Él no había olvidado que fue Valeria quien casi le entrega su cabeza en bandeja de plata al Tío Petro.
— Mi casa es tu casa, Fernanda. Pero Valeria no es bienvenida en mi despacho ni en mis archivos —dijo con una frialdad profesional que me recordó al hombre que conocí al principio—. Si viene, será bajo tus condiciones.
— Lo sé. Pero ella viene buscando el perdón, y yo no sé si estoy lista para dárselo solo porque mi madre dice que "familia es familia".
El jueves llegó con un viento cálido del Jónico. Nikitas y yo fuimos al aeropuerto a recogerlas. Cuando vi a mi madre bajar del avión, con su sombrero de ala ancha y su maleta llena de chiles secos y tortillas (estaba segura de ello), no pude evitar correr a abrazarla.
Pero detrás de ella, apareció Valeria. No se veía como la chica perfecta y altiva de Guadalajara. Vestía de forma sencilla, tenía los ojos un poco hinchados y se mantenía a una distancia prudente, como si esperara que yo le lanzara un rayo en cualquier momento.
Llegamos a la finca y Alexander las recibió en la entrada. Su presencia era imponente. Se comportó como el perfecto anfitrión griego: educado, distante y letalmente elegante. Mi madre quedó fascinada de inmediato.
— ¡Válgame Dios, Fernanda! No me dijiste que el muchacho era un modelo de revista —susurró mi madre en español, dándole un palmetazo en el hombro a Alexander, quien me miró con una cara de auxilio absoluto que casi me hace soltar una carcajada.
Después de la cena, me quedé a solas con Valeria en el jardín.
— Fer —empezó ella, su voz temblando ligeramente—. Sé que no merezco ni que me mires.
— No, no lo mereces —respondí, cruzándome de brazos bajo la luz de la luna—. Sabías que Alexander y yo teníamos un contrato delicado y corriste a contarlo. ¿Por qué? ¿Por envidia? ¿Porque por primera vez no eras tú la que estaba en el centro?
Valeria bajó la cabeza. Una lágrima rodó por su mejilla.
— Quizás. No lo sé. Siempre fui "la disciplinada". Y cuando te vi aquí, siendo la jefa... me sentí pequeña. Pensé que, si exponía que era un "trato", las cosas volverían a ser como antes. Tú, la desastrosa; yo, la exitosa.
— Pues ya ves que no. El "desastre" ahora es la CEO. Te voy a permitir quedarte para la boda porque no quiero amargarle el viaje a mi madre. Pero la confianza, Valeria... eso no se compra con un boleto de avión.
Regresé a la habitación. Alexander me esperaba leyendo un libro de leyes.
— ¿Cómo fue? —preguntó.
— Fui una Leona —respondí—. No la perdoné, pero dejé de odiarla. Es demasiado agotador.
Alexander cerró el libro y me rodeó con sus brazos.
— Esa es mi chica. Ahora, ¿podemos hablar de lo importante? Tu madre me ha dicho que para la boda necesitamos algo llamado "mariachi" y que quiere que importemos quinientos kilos de flores violetas, prímulas, iris, mimosas, ranúnculos y tulipanes. Fernanda... ¿qué es un mariachi y por qué suena como una invasión militar?