El sol de Corfú amaneció con un brillo especial, como si la isla supiera que hoy se celebraba algo más que una unión legal. Mi habitación en la mansión era un caos de seda, encaje, flores violetas y el olor dulce del perfume de mi tía Elena.
— ¡Niña, quédate quieta que te voy a picar con el alfiler! —me regañó mi tía, mientras intentaba ajustar el velo—. Isabel, dile a tu hija que no respire tanto, que el vestido le queda exacto.
— Déjala, Elena, que la niña está nerviosa —dijo mi madre, acercándose a mí. Me miró a través del espejo y sus ojos se humedecieron—. Te ves preciosa, Fer. Quién iba a decir que mi niña terminaría siendo la reina de un palacio griego.
— Ay, Ma, no exageres, que no es un palacio, es una finca —dije, tratando de contener las lágrimas para no arruinar el maquillaje—. Pero sí es verdad que se siente como un sueño. Gracias por estar aquí, Ma.
Justo en ese momento, la puerta se abrió y mi corazón dio un vuelco. Mi padre, vestido con un traje que Alexander le había mandado confeccionar a medida, entró junto a mi hermano. Ambos se veían un poco fuera de lugar en aquel entorno de mármol y brisa jónica, pero sus sonrisas eran las de siempre.
— Pero miren nada más a la CEO de la familia —dijo mi padre con la voz quebrada, acercándose para tomar mis manos—. Perdóname por haber dudado de ti, hija. Ese griego me ha contado maravillas de lo que has logrado aquí.
Mi hermano me dio un abrazo rápido, casi rompiéndome una costilla.
— ¡Te volaste la barda, Fer! El jet de tu marido tiene mejores botanas que mi cocina. Estamos muy orgullosos de ti.
Salí al jardín principal. Alexander no quería una boda en una iglesia cerrada; quería que el mar y los olivos de su madre fueran testigos. La decoración era un espectáculo: buganvilias fucsias de México entrelazadas con ramas de olivo plata y blanco, y los quinientos kilos de flores violetas, iris y ranúnculos que mi mamá había exigido, creando un camino celestial.
Caminé del brazo de mi padre —mientras Nikitas, con un guiño, le cedía su lugar de "escudero"— hacia el altar. Al final del pasillo de pétalos, estaba él. Alexander vestía un chaqué azul marino que lo hacía ver imponente. Cuando sus ojos grises se cruzaron con los míos, vi cómo su máscara de frialdad se desmoronaba por completo. No era el magnate, no era el León; era el hombre que me amaba.
La ceremonia fue una mezcla hermosa. El sacerdote griego bendijo las coronas —la tradición de las stefana—, simbolizando que ahora éramos los reyes de nuestro propio hogar. Pero luego, hicimos el intercambio de arras y el lazo, una tradición mexicana que Alexander aceptó con una solemnidad que me conmovió. Mi hermano y Nikitas fueron los encargados de ponernos el lazo, uniendo a México y Grecia en un nudo infinito.
— Eisai i zoi mou —susurró él al oído mientras me ponía el anillo. Eres mi vida.
— Y tú el mío, Alex —respondí en español, apretando sus manos.
Cuando el juez nos declaró marido y mujer (esta vez de verdad), el silencio de la ceremonia se rompió por un grito que venía desde la entrada de la casa.
— ¡IÁ-IÁ-IÁ-IÁ-HUUUUU!
El Mariachi entró tocando "El Son de la Negra". La cara de los invitados griegos fue un poema: algunos se asustaron, pero pronto todos se contagiaron del ritmo. Durante el banquete, la comida fue un duelo de titanes: moussaka y tacos de cochinita pibil; vino de la casa y margaritas heladas. Mi padre y Alexander brindaron con tequila, y vi a mi hermano tratando de enseñarle a Nikitas cómo se come un taco sin que se le desarmé.
En un momento de la noche, Valeria se acercó. Se veía más tranquila.
— Fer... Alexander. Solo quería decirles que la fiesta es hermosa. Pero, sobre todo, pedirles una última disculpa. Lo que hice fue por una inmadurez que me avergüenza. Verlos hoy con toda la familia unida me hace entender que ustedes son reales. Felicidades.
Alexander la miró y luego relajó el gesto.
— Disculpa aceptada, Valeria. Disfruta de la fiesta.
Yo miré a Alexander, sorprendida.
— ¿De verdad la perdonaste?
— La perdoné porque hoy soy demasiado feliz como para perder un segundo en rencores, Fernanda Isabel. Además, tu madre ya me amenazó con que, si no la perdonaba, no me daría la receta secreta de la mole.
Me reí y lo abracé fuerte.
— ¡Mi ma es capaz de eso y más!
La fiesta siguió hasta que la luna se puso sobre el Jónico. Ya no era la prima desastrosa, ni la estudiante que huía. Era Fernanda Isabel García López de Vasilakis.
— ¿Te acuerdas de aquel primer día en el despacho, Leona? —me preguntó Alex mientras veíamos los fuegos artificiales.
— Me acuerdo de que eras un amargado insoportable.
— Y yo de que eras la mujer más ruidosa y colorida que había visto —rio él, besándome—. Gracias por no irte aquel día.
— Gracias por dejarme entrar en tu vida, Alexander.
Bajo el cielo de Corfú, supimos que nuestro contrato no había terminado. Solo acababa de renovarse para siempre.
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