Se Busca Marido... no se aceptan devoluciones

Epílogo.

Fernanda

Tres años pueden pasar en un parpadeo cuando finalmente dejas de huir del futuro y empiezas a construirlo.

Caminé por el pasillo principal de la mansión Aris, disfrutando del silencio matutino que pronto sería interrumpido por el caos adorable que ahora definía mi vida. La casa había cambiado; ya no era aquel mausoleo de mármol frío y ecos de soledad que encontré al llegar de México. Ahora, la mansión respiraba. Las paredes, antes desnudas o adornadas con arte abstracto incomprensible, contaban nuestra historia.

Me detuve frente a la pared de la escalera. Allí estaba mi título de la Universidad de Economía y Negocios de Atenas, con el sello dorado brillando bajo la luz. Me había costado noches de café cargado, diccionarios de griego desgastados y más de una crisis de llanto, pero lo logré. Al lado, colgaba una fotografía de nuestra última visita a Guadalajara: Alexander, el imponente León de Atenas, usando un sombrero de charro y sosteniendo una botella de tequila mientras mi padre le explicaba, por centésima vez, las reglas del fútbol mexicano. Y, por supuesto, los dibujos. Decenas de hojas de papel pegadas con cinta donde los colores violetas, verdes y rojos se mezclaban en formas abstractas que, según su autor de dos años, eran "árboles de papá".

Salí a la terraza, respirando el aire salino del Jónico mezclado con el aroma terroso de la cosecha. Los olivos se extendían ante mis ojos como un ejército de plata y esmeralda. Este año, las lluvias habían sido generosas y las ramas estaban cargadas, prometiendo el aceite más puro que jamás hubiera salido de Corfú.

A lo lejos, bajo la sombra protectora del árbol que Alexander había dedicado a la memoria de Eleni, vi a las dos personas que daban sentido a cada una de mis respiraciones.

Alexander estaba agachado en la tierra, ignorando por completo que sus pantalones de lino italiano se estaban manchando de lodo. Tenía las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos, revelando esos antebrazos fuertes que todavía me hacían suspirar. Junto a él, un pequeño torbellino de energía intentaba imitar cada uno de sus movimientos.

— No, agapi mou —decía Alexander con una suavidad y una paciencia que nadie en los distritos financieros de Atenas creería posible—. No se aprieta la tierra con fuerza. Se toma con delicadeza, se siente el frescor en las yemas de los dedos... si la tierra está húmeda y huele a vida, el árbol está feliz. Si el árbol está feliz, nosotros también.

El pequeño Leo —Leónidas para el registro civil griego, pero mi Leoncito para el resto del mundo— escuchaba con una intensidad asombrosa. Tenía los ojos grises y penetrantes de su padre, esos que alguna vez me intimidaron, pero en él solo reflejaban una curiosidad infinita. Su cabello, castaño y rebelde, era una herencia directa de mi lado de la familia.

Leo tomó un puñado de tierra negra, la miró por un segundo con aparente concentración y luego, con una puntería envidiable, la lanzó directamente sobre los zapatos de gamuza de Alexander.

— ¡Papá, tierra! ¡Árbol feliz! —gritó Leo, estallando en una risa cristalina mientras aplaudía con sus manos sucias.

Alexander se quedó mirando sus zapatos arruinados. En otro tiempo, habría sido una catástrofe para su sentido del orden. Hoy, simplemente cerró los ojos, suspiró con una sonrisa resignada y soltó una carcajada ronca que ahuyentó a las aves cercanas. Cargó al niño de un tirón, sentándolo sobre sus hombros.

— Definitivamente tiene tu disciplina para el caos, Fernanda Isabel —dijo Alexander, girándose al verme acercar por el sendero.

— Y tu terquedad para salirse con la suya, Alexander —respondí, rodeando su cuello con mis brazos cuando llegué a ellos. Le di un beso largo y lento a mi marido, y luego uno sonoro en el pie gordito y descalzo de mi hijo—. ¿Cómo va la lección de agricultura de hoy? ¿Ya decidió Leo si quiere ser agrónomo?

— Va de maravilla. Aunque tu hijo tiene ideas revolucionarias. Dice que quiere cambiar los tractores de la finca por versiones de juguete rojos porque son "más rápidos" —Alexander me rodeó con su brazo libre, manteniéndonos a ambos cerca—. Por cierto, Nikitas envió un mensaje hace una hora. El nuevo cargamento de la reserva "Eleni" se agotó en la preventa de Nueva York en menos de sesenta minutos. Los críticos dicen que es el aceite más equilibrado de la década. Nuestra CEO lo ha vuelto a hacer.

Me recargué en su hombro, sintiendo el sol en la cara y la fuerza de su cuerpo junto al mío.

— No lo hice sola, Alex. Aris & Co. es lo que es porque somos un equipo. Katerina me envió los reportes de México; las ventas en las boutiques de Polanco y Guadalajara se han triplicado. Valeria está haciendo un trabajo impecable con la nueva agencia de relaciones públicas. Quién lo diría, ¿verdad?

Alexander asintió pensativo. La relación con Valeria nunca volvería a ser de una confianza ciega, pero el perdón nos había otorgado algo mejor: libertad. Ella había encontrado su propia voz lejos de las expectativas familiares, y nosotros habíamos dejado de cargar con el peso del rencor.

— ¿Sabes en qué estaba pensando mientras Leo intentaba enterrar mis llaves en el huerto? —preguntó Alexander, bajando al niño para que pudiera perseguir a uno de los perros pastores que merodeaban cerca—. En aquel primer contrato de seis meses. En la chica ruidosa que entró en mi despacho exigiendo una oportunidad y en el hombre amargado que pensó que podía controlarlo todo con una firma y un fajo de billetes. Fue, sin duda, el negocio más arriesgado de mi vida.



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En el texto hay: divertida, matrimoniofalso, ligera

Editado: 15.02.2026

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