Se busca niñera

1

El motor de la camioneta se apagó.

Mason Anderson se quedó unos segundos al volante, mirando la fachada de su casa en Los Ángeles. Era el entrenador principal de un equipo de la NFL y estaba acostumbrado a lidiar con atletas profesionales, pero entrar a su propio hogar no era como indicarle a sus jugadores como ir con el balón bajo el brazo.

Se recostó contra el asiento de cuero y miró las luces encendidas de la sala. Desde que su esposa murió, dos años atrás, le costaba cruzar esa puerta como antes. La casa se sentía diferente y cuando cruzaba el umbral la ausencia era algo que aún no sabía cómo manejar. Suspiró tendido e intentó sacudirse el cansancio corporal, antes de abrir la puerta del auto. Amaba a sus hijos, pero desde que perdió a su madre tampoco sabía como lidiar con ellos.

Al bajar de la camioneta y caminar hacia el jardín, Mason vio salir a la institutriz casi corriendo. La mujer lucía desarreglada, con el cabello revuelto, una mancha de pintura roja en el saco blanco y arrastraba una maleta pequeña mientras la vena de su frente se marcaba hasta convertirse en una nueva arruga.

—¡Me voy! ¡No pienso quedarme en este manicomio ni un día más! —gritaba hacia la casa mientras agitaba el brazo.

Mason la detuvo antes de que cruzara la reja del jardín y la tomó del brazo. Esa mujer era una institutriz de grado militar. Era la clase de persona que ponía en cintura a cualquiera, ¿qué sucedió?

—Señora Gable, espere. Por favor, cálmese. ¿Qué pasó? —preguntó Mason, tratando de entender su enojo.

—¿Qué pasó? —exclamó—. ¡Pasó que sus hijos son unos monstruos, señor Anderson! ¡Eso pasó! Me tiraron harina desde la parte alta de la escalera, el niño bloqueó la cerradura de mi habitación con pegamento, llenaron mi cabello de slime e intentaron cocinarme en una fogata. ¡Renuncio! No aguanto más.

Mason iba a responder, pero un olor a quemado y un destello naranja llamaron su atención. Miró hacia el patio trasero por encima del hombro de la mujer y entornó los ojos.

—¿Eso es humo? —preguntó, interrumpiéndose a sí mismo.

—¡Claro que es humo! —gritó Gable, al borde del colapso—. ¡Le prendieron fuego a las hojas secas del jardín trasero e intentaron asarme como si fueran parte de un culto satánico!

Mason miró alrededor. El jardín, que solía estar impecable, tenía juguetes tirados, una manguera abierta inundaba parte del césped y una columna de humo gris subía desde el patio trasero.

—Señora Gable, por favor —insistió Mason—. Le pagaré el doble. El triple si es necesario. Ajustaremos el contrato ahora mismo. No tiene idea como la necesito para que cuide a los niños. No puedo dejarlos solos y tengo que trabajar. Por favor, reconsidérelo.

—¡Ni por todo el oro del mundo! Quédese con su dinero. ¡Búsquese a un domador de leones, no a una institutriz!

La mujer se dio la vuelta como si la persiguieran, abrió la reja principal y salió a la calle, dejándolo solo en medio del caos. Algo explotó en el patio trasero y Mason corrió. Habían lanzado una de esas latas de spray en el fuego y había explotado, y los niños no estaban. Mason apagó el fuego con la manguera y enojado regresó a la sala. Al pie de la escalera estaban sus dos hijos.

Oliver, de siete años, lo miraba con los brazos cruzados, y Charlotte, de cinco, se limpiaba un polvo blanco de la mejilla.

—¡Bajen ahora! —ordenó Mason.

Los dos niños bajaron los escalones despacio, cabizbajos y se pararon frente a él. Mason miró la harina en el suelo, los juguetes tirados y sus zapatos manchados de lodo.

—Es la cuarta niñera que se va este mes —dijo Mason y se cruzó de brazos—. ¿Qué pasó? ¿Qué pretenden lograr con testo?

—¡Solo queríamos jugar, papá! —exclamó Oliver de inmediato.

—Sí, la señora Gable era muy aburrida y siempre tenía cara de enojada —añadió Charlotte, asintiendo con la cabeza.

—¿Jugar? Casi queman el patio trasero —replicó Mason, endureciendo la voz, aunque sabía que solo eran niños.

—¡Es que estábamos cocinando! —explicó Oliver—. Queríamos hacer galletas de lodo y necesitábamos fuego para hornearlas.

—Y la harina de la escalera era nieve para mi castillo —interrumpió Charlotte, hablando más rápido—. La señora Gable no quiso jugar a congelados y por eso Oliver tuvo que atraparla en su cuarto con el pegamento mágico, para que no destruyera mi reino.

Los niños siguieron excusándose, y sí, eran niños que debía perdonar porque era parte de la niñez, pero Mason estaba cansado.

—¡Basta! ¡Paren los dos! —interrumpió Mason, levantando una mano para detener las excusas. Los dos niños se callaron al mismo tiempo y lo miraron—. Creo que me mienten. La señora Gable venía a cuidarlos, no a que la encerraran ni a apagar incendios.

Oliver levantó la barbilla, y su tono divertido cambió a enojado.

—¡Es que no la queríamos aquí! —dijo el niño—. No queremos a ninguna de esas señoras. Te queremos a ti. Queremos que tú te quedes en la casa con nosotros.

Las revoluciones de Mason bajaron casi por completo. Entendía que sus hijos querían un padre presente, pero él no estaba listo.

—Oliver, lo hemos hablado cientos de veces. Tengo un trabajo que me necesita todos los días. No puedo estar aquí todo el día.



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Editado: 29.05.2026

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