El apagón en el funeral lo cambió todo. La sala, que un segundo antes era un santuario tibio de murmullos y silencios, quedó sumergida en una oscuridad tan absoluta que pareció exhalada por el propio muerto. Las sombras se tragaron los rostros, los colores y hasta las coronas de flores. Todo cambió de repente. Todo menos el respeto que unos mantenían por compromiso y otros por convicción. Eso, al menos, no se fue con la luz.
Con la oscuridad llegaron: la queja, el enojo y la frustración. El orden establecido se rompió como un hilo viejo. La cola para ver el féretro se desinfló, y cada cual volvió a su rincón a desahogarse, soltando la letanía habitual.
—Siempre es lo mismo en este país, compadre, qué desgracia —dijo alguien—. Ni el día de su muerte uno tiene paz.
—Exacto, mi amigo, cuando más tranquilo estás… te recetan un apagonazo… y ya, como para que no te olvides: ni de dónde vienes, ni pa’ dónde vas.
Los comentarios y las quejas venían de todos lados; ni identificar la fuente se podía, todo estaba muy oscuro.
—Bueno, de dónde vienes está claro —rectificó una de las sombras—, pero para dónde vas, eso no lo sabe nadie. Hoy estás aquí y mañana, ¿quién sabe? ¿O no te acuerdas de Kiki, el hijo de Ricardo el bodeguero? Que salió a la estación de trenes a esperar a una prima que venía de Santiago de Cuba, y apareció como tres meses después en una foto desde Miami.
—Sí, pero mientras estés aquí, no tienes muchas opciones. —comentaba otra persona—. Todo está tan mal.
El malestar que despierta en la gente un apagón tan repentino, tan inoportuno, es totalmente lógico. Siempre sucede lo mismo: La gente se molesta, se queja, maldice, pero al rato se le pasa, se tranquiliza y acepta, se apaga y tolera. Igual le sucede a la vista, que le cuesta adaptarse. Al principio del apagón, no ven nada, solo sombras sin identificar su identidad, pero a medida que pasa el tiempo, la vista se va aclarando poco a poco.
Claro que no siempre sucede así. En ocasiones, el mal humor no se quiere ir, o no lo quieren dejar ir.
—Y si le sumas que tampoco hay comida, la cosa se pone peor —intervino Alfredito, con su negatividad acostumbrada y su estilo protestón—.
—Alfredito, Alfredito. —¿Y eso que tú hablas de la comida, qué tiene que ver con el apagón, asere? —reclamó molesto Joaquín—. No te salgas del tema, hermano: apagón es apagón y comida es comida.
Alfredito y Joaquín siempre estaban en lados opuestos de cualquier tema de conversación que se estuviera tratando. Alfredito: negacionista y protestón; Joaquín, propositivo y buena onda; ante cada problema buscaba una solución.
—Sí, pero lo del apagón es un tema tan jodido como el de la comida —replicó el aludido en un tono también molesto y alzando la voz provocativamente—. Además, yo hablo lo que me da la gana y tú no tienes por qué meterte, ni limitar mi libertad de expresión.
Eso de la libertad de expresión despertó algunas suspicaces sonrisas y hasta burlas entre la gente, que cuando menos diluyó un poco la confrontación que se estaba escalando entre estos dos personajes.
—¿Libertad de expresión dijiste, Alfredo? —dijo alguien en tono de burla—. ¿Eso es un chiste o qué? Porque de eso tampoco hay aquí, compadre, y ya van tres strikes y estás ponchado.
El buen humor y el cubaneo comenzaron a alumbrar la funeraria. No literalmente, porque todo seguía muy oscuro, a no ser por los candelabros a ambos lados del ataúd, cuyas llamas danzaban al ritmo de las corrientes de aire que circulaban por el salón, y que proyectaban sombras grotescas más que luces y claridad.
Hasta las voces y los comentarios pueden parecer fantasmales y tenebrosos, cuando por la oscuridad no se puede identificar nítidamente quién fue el que habló.
Como cuando alguien comentó:
—En La Habana —comentó la voz— ya no se sufre tanto cuando se va la luz, porque se convierte en un hábito, cotidiano y hasta familiar.
La frase cayó tan fuera de lugar que la sala se quedó muda un segundo. Hasta que se identificó la fuente. Quien hablaba era Gerardo, el guagüero, el que nadie conocía, y al que cualquier movimiento o acción que hiciera lo hacía más sospechoso. Pero algunos empezaron a reconocer que, a su manera, tenía razón.
—Sí —admitieron algunos—, es verdad.
—Lo peor —continuó el guagüero— es cuando no se va, porque uno se pone ansioso; hay quienes se mantienen en vilo toda la noche, esperando el momento exacto del apagón: como si vivieran dentro de una película de suspense.
Y asumiendo un aire de filósofo de barrio, continuó su disertación.
—Pero aun en la adversidad, la gente busca con un poco de optimismo cómo ponerle color a su vida y a su oscuridad. Así somos.
La oscuridad alimentaba la charla. Cada vez más gente se agrupaba en el centro del salón, sudando, soportando el calor de los cuerpos ajenos. Había hasta personas de otros velorios que ni sabían quién era el Mongo. El muerto se había convertido, otra vez, en pretexto para la reunión, quizás porque temía quedarse solo y a oscuras.
Fue Soledad quien no lo entendió y trató con dulzura de romper el círculo. Apoyada en el brazo de Ernesto, se acercó y, con esa calidez maternal que todo lo envuelve y protege, les susurró:
#1407 en Novela contemporánea
#1690 en Otros
#556 en Humor
costumbrismo habanero, chismes e intrigas, todo sobre apagones en cuba
Editado: 24.10.2026