Se fue la luz

Capitulo 3: Cambio de fase

Capítulo 3: Cambio de fase

Cambio de fase

Los recuerdos de una época terrible, miserable y mal vivida se infiltraron en la mente de cada uno. Todos tenían escenas tristes que recordar, y muchas más que olvidar: pérdidas de seres queridos, hambre, escasez, desesperanzas, desilusión. Un fuerte olor a queroseno quemado y a podredumbre de los años noventa volvió a sentirse tan real, como si nunca se hubiera ido de los sentidos.

Fue casi una década perdida, que algún día deberían por decreto eliminar de los almanaques y de la historia misma. Nadie pudo escapar de la emboscada que le hacían los malos recuerdos. Por eso todos evitaban alzar la vista y mirarse a los ojos.

Un profundo silencio inundó el salón. Se extendió de silla a silla, de persona a persona, hasta impregnar cada rincón del funeral. Silencio que solo duró un minuto, quizás dos. No podía durar más. Primero se escuchó un lejano murmullo, el crujido de madera de una silla acomodándose, el abanico de la viuda Soledad marcando un compás lento y cadencioso, unas chancletas que se arrastran y una risa. Una risa de mujer, una risa contenida, un jadeo entrecortado que sonaba a ataque de asma y a vergüenza al mismo tiempo.

Era Felicia. Traía los puños apretados, la mandíbula tensa y la mirada al suelo. Todas las miradas le apuntaban de manera sentenciosa, y ella, al notarlo, levantó la mano, palmas abiertas en gesto de redención.

—Perdón, perdón —murmuró, aun con la voz temblorosa—. Me vino un recuerdo de esa época y no pude contener la risa.

A todas luces, suena contradictorio que, entre tantos recuerdos tristes, pueda alguien recordar cosas que le hicieran reír, pero así es este país de contradicciones.

—Bueno, cuéntalo y nos reímos todos —sugirió Alfredito a la Fela—.

—No, ¿tú estás loco? —¿Tú viste dónde estamos? —Se negó Felicia rotundamente y con cierto rubor—. Además, tú sabes cómo yo me pongo cuando cojo la palabra, así que definitivamente no.

—¡Vamos, negra!, suelta tu cuento y no te hagas de rogar —insistió Joaquín—. Además, estamos en el funeral del viejo Mongo, el tipo que se meaba de la risa cada vez que tú hacías un cuento.

—Eso es verdad —evocaba la negra Felicia—. ¡Qué fácil para reírse era ese viejito! A Felicia no había que insistirle mucho para que tomara protagonismo.

—No es gran cosa —dijo Felicia, recobrando el aliento—. Me acordé de un amigo mío del barrio del Cerro. De cuando yo vivía por allá.

Hizo una pausa, como saboreando el recuerdo.

—El pobre tenía cita con los padres de la novia. Y, como siempre, lo dejó todo para lo último. Se fue a cortar el pelo y a afeitarse con el tiempo contado. Y justo a mitad del corte, ¿saben qué pasó?

Alzó una ceja, teatralmente.

—Pues, se fue la luz. Un apagón de los buenos. Oscuridad total. No se veía nada. Y el muchacho, imagínense: la mitad de la cabeza al rape, y la otra salvaje como una jungla.

—¿Y cómo lo resolvieron? —preguntó alguien desde el fondo, como buscando dónde estaba la parte divertida de la historia.

Felicia sonrió. Ya tenía el hilo bien agarrado.

—¿Que cómo se resolvió?, pues a lo cubano, como se resuelven las cosas en este país, con imaginación, relajo y mucho folclor.

Felicia describía el éxodo con gestos amplios: el barbero bajando las escaleras con la maleta de navajas colgando, otro arrastrando el sillón hidráulico, uno más con un rollo de extensión eléctrica como si fuera un látigo. Y el novio, detrás de todos, con la sábana blanca todavía anudada al cuello, corriendo descalzo por el pasillo.

—¿Y para dónde iban? —preguntó Alfredito, que como todos, ya estaba completamente enganchado con la historia—.

—Para la cuadra de al lado, muchacho. Que ahí sí había luz. —¿Cómo fue eso? ¿La luz solo se fue en la cuadra del barbero? —pregunta Bebo—. ¿Tenían un cable especial o qué?

Bebo, parece que no entendió y, por suerte, Joaquín le aclara no muy cordialmente. —Oye, Bebo, ¿tú eres chino o japonés? ¿No te acuerdas de que la luz la cortaban por sectores? Se iba en un sector y se encendía en el otro.

—Ni chino, ni japonés —aclaró el Bebo—. Soy ciego, y me importa un carajo si se apaga en un sector o en el otro. Solo pregunté, porque me pareció extraño.

—Bueno, bueno, ¿termino el cuento o van a hacerse los hombrecitos ustedes dos? —Dale, Fela, sigue con lo tuyo. ¿Qué pasó después?

—Oye, no se desesperen, calmados, ya les cuento. Pues se metieron en la farmacia de la esquina. Conectaron el cable, acomodaron el sillón, el espejo y ahí mismo montaron la barbería, ahí mismo, entre los estantes de aspirinas y jarabes para la tos.

Felicia hizo su pausa dramática, y las sonrisas comenzaron a florecer en los rostros de la gente. Sonrisas que no llegaban de la historia, sino del reconocimiento. Todos habían vivido algo parecido; todos sabían de qué hablaban.

—Y ahí no termina la historia —añadió Felicia, bajando la voz pero sin perder el hilo—. En dos minutos ya había alguien con una grabadora poniendo música. La Juanita, la que vivía arriba, bajó con su mesita de esmaltes y montó su manicura en el mostrador de la farmacia. Lo que empezó como una emergencia terminó en fiesta.

—Desde ese día, cada vez que se iba la luz, la gente ya no se encerraba. Bajaba. Porque sabían que, en la farmacia de la esquina, siempre habría alguien dispuesto a seguir con la vida.

La gente estalló en risas y buen humor. Por cualquier rincón se sentía una sonrisa, una tos para disimular; hasta los empleados de la funeraria dejaron sus labores para escuchar la historia y reírse un poco.

Felicia no añadió nada más. Solo dejó caer los hombros, como quien entrega una palabra que ya no le pertenece. Minutos después regresó el silencio, pero ya no era tan profundo como antes. El público quedó caliente, con ganas de seguir recordando cosas, pero de las alegres como la historia recién contada, no las tristes y dolorosas.




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