Se fue la luz

Capítulo 4: Retransmisión

Retransmisión

Su irrupción en la tertulia funeraria era lo que se esperaba. Si bien Evaristo había ayudado con su historia de sincronizaciones eléctricas a diluir un poco la espesa atmósfera acentuada por el calor y las tinieblas, todos sabían que Felicia podía superarlo, y por mucho. Por eso todos se fueron acercando sigilosamente e hicieron un círculo a su alrededor, para asegurarse un buen puesto de donde ver el espectáculo a punto de iniciarse. No importa que no haya luz y que no se pueda ver lo suficiente. El show va a comenzar.

Sin embargo, había otra razón para contar historias en un funeral donde no hay luz por un apagón. Una razón apoyada en lo supersticioso, pero el alma del difunto lo pide a gritos. Les pide a sus amigos que no paren de contar historias mientras haya oscuridad. El alma se resiste a elevarse mientras esté oscuro y las historias de sus amigos, los buenos recuerdos, le ayudan a mantenerse sin pánicos, anclado a la tierra, hasta que llegue la luz y se pueda ver el camino.

Con paso lento y preciso, Felicia se fue adueñando del centro del grupo. Un grupo que se hacía cada vez más numeroso y diverso. Personas que lloraban a otros muertos también se acercaban y se unían, primero por curiosidad y asombro, y luego se quedaban esperando más. Hasta los jóvenes dejaron por un rato sus videos de TikTok y se unieron a la reunión.

A Fernandito, el hijo de Calixto, se le ocurrió encender la linterna de su teléfono y apuntar a la Felicia. El haz de luz blanca que le apuntaba a su rostro le hacía ver como lo que realmente era: Una diva. Sonrió a la luz y se metió en su personaje. El público a la espera de que iniciara el show.
—A ver, mi gente linda —arrancó, usando la botella como micrófono para apuntar a las personas e invitarles a colaborar—. El apagón jode a la gente y no importa la hora, ni el día de la semana, siempre jode, ¿verdad?

Con la botella iba apuntando aleatoriamente a algunos de los presentes. Les apuntaba y les increpaba mirándoles a los ojos: —¿Verdad o mentira?

—Verdad.

—¿Verdad o mentira?

—Cirilo, ¿verdad?

—La verdad es que cualquier horario es terrible —diciendo esto, se pone la mano en la cabeza, se contonea un poco y finaliza—, pero uno se acomoda y hasta se va acostumbrando.

—Pero. ¿Qué pasa cuando se va justo a las 9 de la noche? ¿Es lo mismo, o es peor? —preguntó a su público y quedó a la espera de una respuesta masiva y a coro—.

—Peor —contestó el coro.

—¿Y por qué es tan terrible que la luz se vaya a esa hora?

—La novela —respondía el coro.

El público que ya respondía hipnóticamente, incluso sin que le apuntaran con el micrófono improvisado.

—¡Pues claro! —A las 9 de la noche, es la hora de la telenovela. Y en Cuba, la telenovela es como el buchito de café en las mañanas; no puede faltar.

—Imaginen a todo el mundo en la casa, sentado, ventilador en la cara, esperando a ver si la sirvienta le dice al galán que el hijo es suyo. ¡Y «¡Pum!» Se fue. Oscuridad total. El grito del barrio se podía oír hasta en Miami.

Felicia hizo una pausa dramática, que aprovechó para sacarle un último trago a su obediente micrófono.

La gente se quería morir. La frustración, caballeros, la ansiedad de no saber el final. Pero ahí entraba yo en escena. —Felicia infló el pecho—. Solidaria como siempre, salía a calmar a mi comunidad.

—¿Y qué hacías, Fela? ¿Tenías planta eléctrica? —preguntó ingenuamente uno de los adolescentes.

—¿Planta eléctrica? ¿Yo? —Felicia soltó una carcajada que hizo ruborizar a más de uno—. Mijo, yo tenía algo mejor. Yo tenía imaginación y garganta. Yo salía al balcón y gritaba: ¡Vecinooos! ¡Atiendan acá, que empieza la retransmisión! Y la gente llegaba de todos lados a pararse debajo de mi balcón.

El rostro de Felicia cambió de repente, ya no era el mismo; se le notaba angustiada y melancólica. La linterna del teléfono de Fernandito dejó de apuntarle al rostro, que quedó envuelto en una fría penumbra. Juntó las palmas de su mano contra su pecho, como implorando, y exclamó:

—Rodolfo, no puedes dejarme así—. —Yo llevo en mi vientre el fruto de nuestro pecado —dijo Felicia desesperada, imitando la voz de la humilde criada ultrajada—.

—No me importa, Esmeralda —dijo Felicia, ahora con voz varonil y acento despectivo, imitando al señorito Rodolfo—. Ese niño bien podría ser del jardinero.

El grupo estalló en risas y aplausos. Algunos aplausos aislados y temerosos, porque el lugar y la ocasión no se prestaban para estas representaciones.
Este estallido de júbilo repentino no era lo que se esperaba. Felicia se avergonzó de haberse dejado llevar por su emotividad y, con sus manos y con mucho rubor, fue pidiendo a la gente que bajara el volumen y la emotividad.

Buscó con la mirada a la Soledad para disculparse, pero ella no se veía molesta. Al contrario, estaba conteniendo la risa que le provocaba la actuación de Felicia. Por eso se acercó a ella y al grupo, lentamente como siempre, y les dijo:
—No tienen que disculparse, muchachos. Una de las doce sillas que preparó Mongo fue para Felicia. Él sabía que esto iba a pasar y también lo predijo, así que sigue en tu retransmisión, Fela, que gente como tú siempre hace falta en este mundo.




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