Sé Que Sigues AquÍ

1. MISA DE VIERNES

Dos sacerdotes oficiaban la ceremonia: uno era ya anciano, mientras el otro, un joven recién ordenado. Lisa y Agnes los miraban limpiar los cálices tras distribuir la comunión.

—¿Y a este de dónde lo conoces? —preguntó Agnes en voz baja.

—Es el hijo de mi vecina —explicó Lisa—. No nos vemos desde hace años, pero su mamá y la mía siempre nos mantienen actualizados.

Lisa se sentía protegida en aquel lugar, aunque el temor no había desaparecido por completo, sus sentidos seguían alerta a cualquier sonido o movimiento. Finalmente el anciano sacerdote dijo:

—El Señor esté con ustedes.

—Y con tu espíritu —respondieron todos en coro.

—La bendición de Dios todopoderoso —continuó levantando la mano derecha para trazar una cruz en el aire—: Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y los acompañe siempre.

Lisa tocó su frente, su pecho y ambos hombros mientras susurraba un "amén". Agnes suspiró, aliviada. Por fin, la ceremonia había terminado.

—Pueden ir en paz —concluyó el padre.

—Demos gracias al Señor —repitieron los presentes, mientras comenzaba a sonar la música de una alabanza.

Los dos oficiantes se arrodillaron frente al altar y luego desaparecieron por la puerta lateral. Los pocos feligreses que habían asistido a aquella misa de viernes comenzaron a retirarse. Eran cerca de las ocho de la noche.

Las dos amigas caminaron hacia el altar bajo las miradas desaprobatorias de un grupo de ancianas, claramente ofendidas por la apariencia Agnes. Vestía de manera formal, pero provocativa: blusa de seda blanca con un escote en V por donde asomaba un tatuaje negro, pantalón ancho y tacones altísimos. Lisa le sonrió como diciéndole "te lo advertí", pero su amiga siguió caminando igual de altiva.

Llegaron a la sacristía. La puerta estaba entreabierta, así que Lisa se asomó lentamente y saludó:

—Buenas noches.

Los dos curas ya se habían despojado de las vestiduras ceremoniales. Junto al clóset de madera, solo quedaba el más joven, guardando las sotanas.

El lugar olía a madera, velas, aceites y libros; una mezcla de aromas verdaderamente celestial. Lisa dio un par de pasos hacia adentro y entonces los oscuros ojos del religioso la miraron, ligeramente sorprendido.

—¿Puedo ayudarte en algo? —preguntó con amabilidad.

Lisa se aproximó un poco más.

—¿Se acuerda de mí, "padre"?

—¡Lisa! —exclamó él, sinceramente emocionado.

La abrazó de inmediato, pero luego retrocedió algo avergonzado por su efusividad.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Bien, ¿y tú? ¡Vaya, no has cambiado nada! —dijo Lisa, observándolo con una sonrisa.

—Si tú lo dices —respondió él con modestia.

Una anciana se asomó por el pasillo y, disimulando su curiosidad, avisó:

—Padre Tadeo, la cena está lista.

—Gracias, Mary. ¿Podría guardármela, por favor? Solo voy a atender a la señorita.

—Con gusto, padre. Con permiso.

La mujer se alejó sin dejar de mirar a Lisa.

—¿Quieres que vayamos a la oficina para platicar más tranquilos?

—Está bien, solo le aviso a mi amiga que me está esperando afuera —respondió Lisa.

Tadeo salió detrás de ella y no pudo evitar mirar con curiosidad a la amiga en cuestión. Era una mujer de unos treinta y tantos años, quizá un poco menos. Algo en ella era intimidante y ligeramente hostil.

A Agnes le pareció que él la juzgaba, y por un instante se sintió incómoda por no haberse vestido "más apropiadamente". Le resultaba curioso cómo menos de una hora en una iglesia, bastaba para llenarla de pensamientos de culpa y vergüenza. Aun así, sonrió cortésmente y estrechó la mano del hombre mientras Lisa hacía las presentaciones. Luego se sentó en la primera banca a esperar.

Tadeo y Lisa entraron en una de las oficinas. Él evitó sentarse detrás del escritorio; no quería parecer tan formal con su vieja amiga, así que acercó dos sillas para hablar frente a frente.

—¿Vives cerca de aquí? —preguntó Tadeo.

—No, para nada —respondió Lisa—. Tu mamá le contó a la mía que habías regresado, y quise pasar a saludarte.

—¡Me alegro! Sí, acabo de instalarme. Esta es mi primer parroquia. Pero, quiero saber de ti, cuéntame ¿qué haces ahora?

—Sigo viviendo con mi mamá, trabajo. Mi hija ya va a cumplir dieciocho.

—Qué bien. ¿Y de qué trabajas?

—Soy psicóloga. Tengo mi propia clínica.

—Qué interesante

Lisa empezaba a impacientarse. Nunca le habían gustado las conversaciones triviales, y menos con alguien como Tadeo, que parecía tan, positivo. Así que decidió ir directo al punto.

—Teddy, no quiero ser grosera, pero la verdad es que vine porque necesito tu ayuda.

—Claro, dime.

—A ver, primero que nada, necesito que mantengas la mente abierta con lo que voy a contarte.




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