A la mañana siguiente descubro que es perfectamente posible asistir a una clase completa sin escuchar una sola palabra.
El profesor llena la pizarra con modelos de regresión lineal mientras yo sigo sentada en la mesa de mi casa, oyendo a mi papá anunciar que la empresa está en problemas y que la solución, aparentemente, consiste en enviar a Jane al sur para que conozca a un desconocido.
No para casarse, según él.
Solo para conocerse.
Como si los hombres de negocios comprometieran millones de dólares porque sus hijos necesitan ampliar el círculo social.
Intento tomar apuntes, pero al cabo de unos minutos descubro que he copiado dos veces la misma fórmula y he escrito Mathias Whitmore en el margen del cuaderno. Tacho el nombre hasta romper un poco la hoja.
Como si no tuviera suficientes cosas en qué pensar.
El sábado tenemos una carrera de clasificación, el próximo mes comienza el circuito universitario y el lunes debo rendir un control para el que todavía no he estudiado. Además, una compañera lleva toda la mañana preguntándome si ya decidí qué asignaturas tomaré el próximo semestre.
Entré a Bachillerato precisamente porque no he decidido qué quiero hacer con mi vida. Me pareció razonable comprarme un año antes de elegir una carrera y descubrir, a los veintisiete, que odio cada decisión que tomé a los dieciocho. Mi papá no se entusiasmó, aunque terminó aceptándolo porque Jane ya había escogido Ingeniería Comercial y, en esta familia, una hija con un plan concreto parece compensar a otra que todavía compara mallas curriculares a las tres de la mañana.
La ironía es que Jane sí tenía un plan.
Ahora su vida depende de uno que diseñaron dos hombres mientras ella no estaba en la habitación.
Me ducho en los camarines, llego tarde a clases y paso el resto de la mañana fingiendo que puedo interesarme por los modelos de regresión lineal. A la una, cuando salgo de la universidad, tengo siete mensajes de Milly.
Papá no fue a la oficina.
Gabriel está en la casa.
Jane tiene cara de que podría cometer un crimen.
No sé si eso te parece importante.
Dos minutos después:
Clara preguntó si tendremos que venderla.
La casa, no a Clara.
Aunque escuchamos ofertas.
Guardo el teléfono y tomo el primer bus que aparece.
El automóvil de Gabriel está estacionado frente a la casa cuando llego. Lo reconozco porque es el único vehículo de menos de diez años que mi papá tolera frente a la entrada y porque Gabriel lo mantiene tan limpio que parece no haber transportado jamás a un ser humano. Desde el pasillo alcanzo a oír voces en el estudio. No gritos, exactamente. En mi familia no gritamos cuando estamos furiosos; bajamos el volumen y pronunciamos cada palabra con tanta claridad que podría usarse como prueba en un juicio.
Dejo la mochila junto a la escalera y entro en la cocina.
Milly está sentada sobre la encimera comiendo cereal directamente desde la caja. Clara hace una tarea en la mesa y Jane permanece de pie frente al refrigerador, mirando su interior como si esperara encontrar una nueva identidad detrás de los yogures.
—Llegó la atleta —dice Milly—. ¿Huiste lo bastante lejos?
—No.
—Falta de compromiso.
Jane cierra el refrigerador sin sacar nada. Lleva el pelo recogido de cualquier manera y todavía está en pijama, algo que en ella equivale a caminar desnuda por la calle. Jane se viste incluso cuando está enferma. Durante la pandemia usaba blusas para conectarse a clases y una vez se puso aros para pedir comida por teléfono.
—¿Qué está pasando? —pregunto.
—Gabriel trajo los documentos de la propuesta canadiense.
—¿La alternativa?
Jane asiente, pero no parece aliviada.
—No es una solución inmediata. Quieren comprar una participación minoritaria y hacer una revisión completa antes de decidir. Eso puede tardar seis semanas, tal vez más.
—¿Y cuánto tiempo tenemos?
—Menos.
Clara levanta la cabeza.
—¿Menos que seis semanas?
Jane le dedica una mirada que intenta decirle que vuelva a su tarea. Clara la interpreta correctamente y hace todo lo contrario.
—Milly dijo que el banco puede quitarnos la casa.
—Milly dice muchas cosas que no entiende —responde Jane.
—Entiendo lo que significa quitar —protesta Milly.
—Nadie va a quitarnos la casa.
Jane lo dice con tanta seguridad que durante un segundo casi le creo. Después veo cómo aprieta los dedos contra la puerta del refrigerador y recuerdo que lleva cinco años diciendo cosas con esa misma voz.
No pasa nada.
Papá estará bien.
Clara no se dio cuenta.
Milly solo necesita tiempo.
Yo puedo hacerlo.
Cuando mamá enfermó, Jane tenía quince años y decidió, sin consultar a nadie, que la familia necesitaba otra adulta. Aprendió a preparar las colaciones de Clara, a revisar las tareas de Milly y a distinguir qué llamadas podían esperar hasta que papá regresara del hospital. A mí no intentó cuidarme porque yo tenía trece y todavía creía que dos años de diferencia me convertían en su igual, pero empezó a dejarme comida en el microondas y a preguntar a qué hora volvería de entrenar.
Después de la muerte de mamá continuó haciéndolo. Nadie le dijo que podía detenerse y ella nunca preguntó.
—¿Tú sabías que la situación era tan grave? —le pregunto.
—Sabía que había problemas. No sabía que papá había garantizado las deudas con propiedades de la familia.
—¿Todas?
—Las importantes.
—¿Esta?
Jane mira a Clara antes de responder.
—No lo sé.
La puerta del estudio se abre al otro lado del pasillo. Gabriel aparece primero, con una carpeta bajo el brazo y la expresión cansada. Tiene veinte años, igual que Jane, aunque junto a mi papá siempre parece mayor. Entró a trabajar en la empresa mientras estudiaba, primero ordenando informes que nadie quería revisar y después encontrando errores que personas con el doble de su edad habían pasado por alto. Mi papá comenzó a llamarlo para todo. Gabriel comenzó a contestar siempre. En algún momento entre ambas cosas, él y Jane se enamoraron y decidieron ocultarlo con la discreción de dos personas que se miran como si el resto de nosotros no tuviera ojos.
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comedia romantica, compromiso arreglado, él se enamora primero
Editado: 01.08.2026