¿Dónde acaba la inocencia?
Cuentan que en algunos valles el silencio recuerda. En ese pueblo, aprisionado por montañas que parecen ser guardianes cansados de la humanidad, los residentes confunden la justicia con el miedo. Y cuando el miedo se presenta como virtud, se convierte en un monstruo.
La noche en que los padres de Esmeralda y Ethan fueron llevados a la hoguera, el aire tenía un olor a resina y traición. No los mató un crimen. Los mató la envidia de otras familias, hartas de verlos prosperar. El fuego, que antes había ahuyentado la oscuridad, ahora era la misma oscuridad. Los gemelos no recibieron atención de nadie, como si ignorarlos pudiera borrar lo ocurrido.
Ethan temblaba contra la pared de madera podrida. Las voces del pueblo aún resonaban afuera, entre el crepitar de las llamas.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó, con la voz rota y los ojos empapados. Tenía ocho años y acababa de ver arder a sus padres.
Esmeralda no respondió de inmediato. Lo envolvió con sus brazos, apretándolo contra su pecho como si pudiera escudarlo del mundo entero.
—No llores —susurró, aunque ella tampoco podía contener las lágrimas—Te protegeré. Siempre.
Luego miró hacia la puerta entreabierta, hacia las llamas que aún iluminaban el cielo.
—Pero van a pagar —añadió, y su voz ya no temblaba.
Esa fue la primera vez que Ethan sintió miedo de ella.
El silencio que sobrevino parecía ser una promesa. Esa noche hicieron el compromiso de no dejarse atrapar otra vez, y a través de la grieta del juramento penetró algo que los hombres temen nombrar. Aprendieron a convocar sombras llamadas poder, a interpretar pergaminos ilegales y a manipular la voluntad de otros con la misma facilidad con que se dobla una rama seca. Cuando una mañana el pueblo que los había condenado se vio en su propio infierno, nadie supo si eso era justicia o venganza. Quizás las dos. Quizás ninguna.
Pero los gemelos maduraron, y como con cualquier otra herencia, la oscuridad no se distribuye equitativamente. En Esmeralda había una llama de ambición pura, un ardor que consumía incluso la luz que le proporcionaba alimento. No obstante, en Ethan permaneció un temblor, una hendidura donde se plantó la culpa. Mientras su hermana gobernaba entre cenizas, él oía todas las noches los lamentos de aquellos que en algún momento fueron seres humanos.
No huyó por ser cobarde, sino porque amaba lo poco que le quedaba. El pasado recuerda más que los dioses, pese a que viajó lejos y buscó la redención entre templos y fantasmas. Lejos de su hermana, lejos de la guerra, Ethan encontró algo que nunca creyó merecer: una familia. Calló su nombre, enterró su pasado y amó en silencio, sabiendo que algún día tendría que volver.
Era consciente de que ese día llegaría, pero no como hermano, sino como sentencia.
Y cuando finalmente lo hizo, el valle volvió a temblar.
La encontró en medio de un campo de batalla, rodeada de cadáveres, con los brazos alzados hacia un cielo negro. Esmeralda estaba realizando su ritual de destrucción total. Las sombras se retorcían a su alrededor como serpientes hambrientas. Miles de almas gritaban sin voz.
Ethan la vio y supo que ya no quedaba rastro de la hermana que una vez lo abrazó para protegerlo.
Dejó la espada clavada en el suelo y caminó hacia ella con las manos vacías.
—Vuelve conmigo —dijo, y su voz temblaba como la de aquel niño de ocho años— Déjalo todo. Podemos ser hermanos otra vez.
Esmeralda rió, no con crueldad, sino con una tristeza antigua.
—¿Hermanos? Tú te fuiste, Ethan. Me abandonaste.
—Sé que aún puedes elegir —insistió él— Yo elegí. Formé una familia. Tengo hijos.
Por primera vez, Esmeralda dudó. Sus ojos se abrieron ligeramente, como si aquello fuera un golpe que no esperaba.
—¿Hijos? —repitió, y su voz perdió por un instante toda su fiereza.
—Podrían conocerte —dijo Ethan, dando un paso más— Si vuelves. Si dejas todo esto.
Ella bajó la mirada. Por un segundo, Ethan creyó que funcionaría.
Pero cuando Esmeralda alzó la cabeza otra vez, sus ojos ardían como la hoguera que había consumido a sus padres.
—Ya es tarde, hermano. El poder no se abandona. Y no deseo dejarlo.
—Entonces no me ofreces otra opción.
Ethan volvió sobre sus pasos, desclavó la espada del suelo y la empuñó con ambas manos. Esmeralda no se movió.
—Siempre tuviste opciones —susurró ella— Solo que nunca te gustaron.
Ethan dudó. Un segundo que pareció un siglo. Cerró los ojos, apretó la mandíbula y empujó la espada.
—Lo siento.
La hoja entró en el corazón de Esmeralda. Ella sonrió antes de caer.
—No lo sientes —alcanzó a decir, con sangre en los labios.
El ritual, que quedó inconcluso debido a su fallecimiento, se volvió en su contra. Las sombras que había convocado la apresaron como si fueran garras. El terreno se partió.
Las profundidades del averno se la tragaron. El ritual incompleto la reclamó como suya.