Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 1: Un libro extraordinario

A veces, cuando el viento hacía ondear las cortinas como si quisiera intervenir en la conversación, Celeste juraba que oía a su madre leyéndole otra vez.

No era un recuerdo, sino una resonancia: esa vibración íntima que perdura después de haber experimentado una pérdida, como el perfume que se queda en un abrigo viejo.

Cuando eran pequeñas, las dos pasaban las tardes juntas, con aroma a papel nuevo y polvo de sol. Su madre, en aquel sillón azul que parecía más un reino que un mueble, le había revelado el secreto más hermoso y peligroso a la vez: "Cada libro es una puerta; quien la abre tiene el riesgo de no volver igual". Celeste nunca lo dejó de recordar. Para ella, leer era una manera delicada de renacer.

Con la esperanza de volver a oírla, cruzó el umbral de la biblioteca del pueblo esa tarde. El lugar tenía un ambiente solemne, similar al de una catedral fatigada: aire denso, silencio vigilante y ese aroma inconfundible de hojas que han envejecido con dignidad.

Mientras caminaba sin rumbo, dejaba que sus dedos rozaran los lomos de los libros como si estuviera acariciando la piel de antiguos amigos. Algunos parecían estar durmiendo, y otros respiraban. Sin embargo, cada uno parecía ansioso por ser escuchado, como si le susurrara su secreto personal.

Y así, en medio de ese murmullo de papel, oyó algo más.

Su nombre.

Pronunciado con un ritmo que solo su madre sabía.

Su corazón se contrajo, no por miedo, sino por la esperanza antigua que aparece precisamente cuando creíamos haberla enterrado. Después de mover la cabeza, vio al fondo del pasillo una figura translúcida, compuesta por luz y melancolía. La misma expresión de sonrisa. Los mismos ojos. La imposibilidad que se había vuelto forma.

Sin titubear, la persiguió.

Como una aguja en un disco de vinilo, el sonido de sus pasos rompía el silencio. La figura se movía entre las estanterías sin peso, mientras el murmullo de los libros se transformaba en un clamor, como si las historias quisieran liberarse de su tinta.

Se detuvo frente a un sector olvidado, donde el polvo era una representación del tiempo. Extendió la mano hacia un libro de cuero curtido y oscuro, y lo contempló con una ternura que dolía antes de tocarlo.

—Encuéntralo —susurró ella.

La figura se desvaneció al igual que la palabra en el aire. Solo quedó el aroma de lavanda, que ella solía usar para perfumar los pañuelos de su mamá. El silencio regresó, pero ya no era igual. Algo había cambiado: en la luz, en el aire, en ella.

Celeste tocó el libro con un temblor que no sabía si era miedo o deseo.

Cuando lo abrió, sintió que una brisa invisible le rozaba la cara. Las páginas estaban en blanco, pero algo en el aire cambió. Un peso, una presencia. Por un instante, le pareció ver sombras moviéndose entre las líneas, como figuras que no alcanzaba a distinguir. Entonces, sin que ella lo tocara, el libro se cerró. El ruido resonó en la habitación como una piedra que se deja caer en un pozo sin fondo. Después llegó el silencio, denso y reverente, el tipo de silencio que antecede a los errores o a las revelaciones.

Sin dudarlo, abrazó el libro y lo metió bajo su abrigo. Miró a su alrededor. Los estantes parecían inclinarse levemente hacia ella, como si fueran ramas que se doblan por el peso del viento. Los libros, miles de ellos, emitían un murmullo tenue, una respiración en común.

No fue una fantasía. Algo la miraba.

Entonces lo vio: un movimiento al fondo del pasillo.

La bibliotecaria descendía lentamente de una escalera. Su imagen parecía provenir de otra época: moño gris sin imperfecciones, blusa color marfil y una mirada que perforaba la penumbra con un fulgor metálico. Cada uno de sus pasos sonaba preciso, como si estuviera marcando el compás de un reloj que solo funcionaba allí.

Celeste no sabía cuál era la acción a tomar. La mujer la observó sin apuro, y esa tranquilidad fue más amenazante que cualquier grito.

—¿Hallaste lo que buscas? —preguntó, sonriendo sin que sus ojos se iluminaran.

Celeste se acurrucó el abrigo contra su pecho.

—No... solo miraba —contestó, consciente de que su voz temblaba.

La bibliotecaria dirigió su mirada hacia el bulto que trataba de esconder.

—Querida, aquí no hay nada que "mirar" —dijo con una voz suave y rasposa— Todo lo que es tocado deja una impresión.

Celeste sintió que el libro palpitaba, débil pero persistente, justo debajo de su corazón. Tragó saliva. Quiso dar un paso atrás, pero la mujer se acercó a él, tan cerca que el aire olía a polvo antiguo y a páginas sin abrir.

—Hay ciertos volúmenes —susurró— que no deben salir de aquí.

Un momento de pausa. Y después esa sonrisa, tranquila, perfecta, un poco cruel.

—Y otros... una vez que se abren, no te permiten marcharte.

La bibliotecaria sacó el libro de su abrigo con una dulzura casi hipnótica, con los dedos manchados de tinta y sin desviar la vista de Celeste.

—Este volumen no puede salir de aquí —dijo, acurrucándolo contra su pecho con una firmeza que no admitía réplica.

Se dio la vuelta sobre sus talones y se alejó hacia su escritorio; su figura se recortaba en la penumbra como una sombra que había aprendido a caminar erguida.

Celeste la miró, con el pulso acelerado. Tenía la sensación de que algo en su interior la instaba a volver a conseguirlo. No era simple curiosidad, sino una necesidad.

—Espere un momento... —murmuró, casi sin voz.

La bibliotecaria no se paró. El eco de sus pasos sonó con un compás exacto, como si un reloj marcara algo más que solo el tiempo.

—Por favor —insistió Celeste— déjemelo un momento más. No he concluido.

La mujer se dio la vuelta casi de inmediato. Sus ojos, grises y tranquilos, mostraban un fulgor helado.

—Nadie acaba con ese libro, querida —dijo— Es él quien determina cuándo lo has leído lo suficiente.

Y continuó su trayecto.




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