Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 2: Encarcelada entre páginas

Cuando abrió los ojos, se encontró rodeada de silencio. Lo primero que vio fue un leve rayo de luz que penetraba a través de una ventana diminuta y el olor a cera derretida y madera. Se tocó la cabeza con una mano. Le dolía, como si algo la hubiera golpeado.

La última imagen que cruzó su mente fue el bosque, el miedo, el lobo detrás de ella y una figura humana acercándose justo antes de que todo se oscureciera.

Se incorporó de manera progresiva. El cuarto donde se encontraba era diferente a los demás que conocía: la cama tenía una mesita con una vela derretida al lado, los muebles estaban hechos de madera sin pulir y las paredes eran de piedra.

Sobre la cabecera de la cama había un retrato familiar. Cuatro personas: los padres sonreían con las manos apoyadas en los hombros de sus hijos. El niño mostraba una expresión alegre, pero su hermana gemela parecía distante y seria.

Celeste no supo por qué, pero aquella niña le resultó inquietante.

El chirrido de la puerta la sobresaltó. Un muchacho de cabello castaño, mirada amable y gran estatura se aproximó con un plato de comida. Al verla despierta, le sonrió.

—Ah, por fin despertaste —dijo él, con un suspiro de alivio— Dormiste todo el día. ¿Tienes hambre?

Ella lo observó con silenciosa tensión. Retrocedió hasta que se topó con la pared.

—¿Quién eres? ¿Dónde estoy? —preguntó, con un ligero temblor en la voz.

—Tranquila, no voy a hacerte daño —dijo él, y retrocedió un paso, dejando el tazón sobre la mesita para que ella pudiera ver que no tenía nada que esconder— Me llamo Lan. Estás en Fairwyn. ¿Te suena de algo?

Ella negó con la cabeza, sin soltar la mirada.

—No me sorprende —dijo él, encogiéndose de hombros— Aquí no vienen muchos forasteros.

Ella observó el tazón que él había dejado sobre la mesita, con las manos temblorosas. Parpadeó varias veces, intentando convencerse de que aquello era real. Esto no puede estar pasando. Debe ser un sueño.

Lan la observaba con calma, sin presionarla.

—No tienes que comer si no quieres —dijo con suavidad— Pero te haría bien. Después de lo que pasaste...

Aún batallando con el hambre, ella respiró profundamente y se acercó un paso más.

—Está… caliente —susurró, más para ella misma que para él.

—Sí —confirmó Lan— Lo hice para ti. Tranquila, no muerdo.

Ella finalmente se inclinó y tomó el tazón, notando el peso y el calor que confirmaban que era real. A pesar de que sentía que algo no encajaba del todo, cada pequeño detalle le brindaba un extraño consuelo.

Lan la miraba con una sonrisa tranquila, como si supiera exactamente lo que pasaba por su mente.

—Come despacio —dijo— No hay prisa. Voy a dejarte sola un rato, para que estés más cómoda.

Ella lo miró con algo de duda.

—¿Sol… sola?

—Sí —respondió él, levantándose— Termina de comer tranquila. Después hablamos.

Lan salió del cuarto en silencio, cerrando la puerta detrás de sí. Ella respiró hondo, todavía con cierta incredulidad, mientras empezaba a probar la comida. El calor del tazón y el aroma del alimento eran lo único que la anclaban al presente.

Cuando terminó de comer, la curiosidad pudo más que la precaución. Se levantó con cuidado y se acercó a la puerta. Con las manos temblorosas, la abrió lentamente, asegurándose de que el chirrido no hiciera demasiado ruido.

El pasillo se extendía ante ella, y desde allí podía ver la escalera en espiral que descendía hacia la planta baja. Cada peldaño crujía ligeramente bajo sus pies mientras bajaba, recordándole que debía moverse despacio.

A través del giro de la escalera alcanzó a ver parte del primer piso: un almacén lleno de objetos extraños y, cerca del mostrador, un hombre mayor que parecía ocupado en sus cosas. Lan estaba junto a él, y la forma en que el hombre lo miraba y hablaba mostraba una autoridad tranquila que la hizo estremecerse.

Sus pasos eran silenciosos, pero cada crujido le hacía contener la respiración. Se detuvo un momento en el rellano, observando la escena con cuidado.

Entonces escuchó voces: una era de Lan, suave y tranquila, y otra más grave, firme y profunda… claramente masculina.

—¿Está despierta? —preguntó la voz grave— ¿Cómo se encuentra?

—Por ahora tranquila —dijo Lan— Pero no ha dejado de mirar a su alrededor, como si todo esto fuera un sueño.

Ella permaneció inmóvil, respirando apenas, mientras escuchaba la conversación. La curiosidad la atraía, y lentamente descendió un par de escalones más, apoyándose con precaución en la barandilla.

Pero en su nerviosismo, pisó mal un peldaño y un crujido recorrió la escalera.

Lan, asombrado, alzó la mirada. El hombre mayor, en cambio, se volvió despacio hacia el ruido, con los ojos puestos en la escalera. Ambos la observaron en silencio.

Celeste se quedó inmóvil, con el corazón latiendo rápidamente. No podía retroceder sin hacer ruido, y su intención de observar en secreto se había desvanecido por completo.

El hombre mayor permaneció callado, mirándola con una combinación de atención y autoridad.

—Baja —dijo, con una voz que no admitía réplica— No te escondas en las sombras como una ladrona.

Celeste tragó saliva y descendió los últimos escalones. Sus pies descalzos tocaron el suelo de piedra fría. El almacén olía a polvo, a metal oxidado y a algo que no podía identificar.

—Siéntate —indicó el hombre, señalando una silla de madera cerca del mostrador.

Ella obedeció. Lan se mantuvo a un lado, observando con una mezcla de curiosidad y quietud.

—Me llamo Marcus —dijo el hombre, cruzando los brazos— Y tú eres Celeste.

No era una pregunta. Ella frunció el ceño.

—¿Cómo sabe mi nombre?

Marcus no respondió de inmediato. Se acercó a uno de los estantes, corrió el polvo de un frasco pequeño y lo examinó con atención antes de volver a dejarlo en su lugar.

—Tu madre —dijo al fin— era igual a ti.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.