La niebla se disipó tan de repente como había llegado.
Celeste abrió los ojos. Estaba tendida sobre un lecho de musgo suave, con las manos vacías y el corazón aún acelerado. El silencio era absoluto. No había rastro de la oscuridad, ni del frío, ni de aquella presencia antigua que la había envuelto.
Se incorporó con cuidado. A su alrededor, el bosque era distinto. No el gris mustio del camino por donde habían entrado. Esto era otra cosa.
—¿Celeste? —la voz de Lan sonó cerca, ronca, como si también acabara de despertar.
Estaba a unos pocos metros, recostado contra el tronco de un árbol, con los ojos entornados y el pelo lleno de hojas secas.
—¿Dónde estamos? —preguntó él, incorporándose con lentitud.
—No lo sé —respondió ella, mirando a su alrededor.
Los árboles eran altísimos, de troncos gruesos y copas que se tocaban entre sí, dejando pasar rayos de luz dorada que caían como cortinas de seda. Flores silvestres cubrían el suelo en alfombras de colores: amarillas, moradas, rojas como pequeñas llamas. El aire olía a tierra húmeda y a algo dulce, como a miel recién cosechada.
Lan se puso de pie, se sacudió las hojas de la ropa y se acercó a ella. Su mirada recorrió el paisaje con desconfianza.
—Esto no es el bosque por donde entramos —dijo.
—¿Estás seguro?
—Sí. Los árboles eran grises. El suelo, seco. No había flores, ni mariposas, ni este olor.
Celeste sintió un escalofrío que no era de frío.
—¿Entonces la niebla…?
—Nos transportó a alguna parte —respondió Lan, con la voz más baja— La pregunta es: ¿dónde?
Caminaron en silencio por el sendero de tierra blanda, esquivando raíces que sobresalían del suelo como dedos retorcidos. Mariposas de alas transparentes volaban entre las flores, y pájaros de colores que Celeste no sabía nombrar cantaban desde las ramas altas.
—Parece sacado de un sueño —dijo ella.
—O de un cuento —respondió Lan.
Ella lo miró, y por un instante, sonrió.
Caminaron en silencio por un sendero de tierra blanda. Mariposas de alas transparentes volaban entre las flores, y pájaros de colores cantaban desde las ramas.
Después de un rato, llegaron a un claro. En el centro, un lago pequeño rodeado de flores de pétalos blancos y azules. El agua era tan transparente que reflejaba el cielo.
—Podemos descansar aquí —dijo Lan— Llenar las cantimploras.
Celeste se arrodilló en la orilla. El agua estaba fresca, limpia. Desenroscó la tapa de su cantimplora de cuero y la sumergió.
—Es hermoso —dijo, mirando a su alrededor.
—Para nosotros es solo bosque —respondió Lan.
Se sentaron sobre el pasto, cerca del agua. Las flores se mecían con el viento.
—Lan —dijo Celeste, después de un rato— La estatua de la plaza. La de la fuente. ¿Quiénes eran?
Lan guardó silencio un momento. Luego se recostó sobre el pasto, con los brazos cruzados detrás de la cabeza.
—Eran los padres de Esmeralda y Ethan —dijo— Los Godric. Los ejecutaron en la hoguera, hace mucho. La estatua la hicieron después, para recordarlos. Pero alguien la rompió.
—¿Quién?
—Dicen que los mismos que los acusaron. Envidia. Eran prósperos. Construyeron mercados, fuentes, caminos. La gente se volvió en su contra.
—¿Y los hermanos?
—Huyeron. Aprendieron magia negra. Cuando regresaron, el pueblo amaneció en llamas.
Celeste miró el agua del lago.
—Qué triste —dijo— Todo por envidia.
—Sí —respondió Lan
Hubo un silencio. El viento movió las flores blancas de la orilla.
Entonces Lan giró el rostro hacia ella.
—¿Y tú? —preguntó— ¿Cómo es tu mundo?
Celeste lo miró, sorprendida.
—¿Quieres saber?
—Claro. Tú ves el nuestro y te maravillas. Yo quiero entender por qué.
Ella sonrió.
—Es diferente —dijo— No hay magia. O al menos, no como aquí.
—¿Y entonces cómo viven?
—Con electricidad. Es como un rayo, pero domesticado. Hace que las luces se enciendan, que las máquinas funcionen.
Lan frunció el ceño.
—¿Un rayo domesticado?
—Es difícil de explicar —se rió Celeste— Lo genera una planta.
—¿Una planta? ¿Una flor? ¿Un árbol?
—No, no es una planta así. Es un edificio enorme con máquinas adentro. También se llama planta, pero no es lo mismo.
—¿Entonces no es una planta?
—No. Bueno, sí, pero no.
Lan la miró con una mezcla de confusión y diversión.
—Tu mundo es raro —dijo.
—El tuyo también —respondió Celeste, sonriendo.
El sol ya no pegaba tan fuerte. Una brisa suave movía las flores de la orilla. Celeste sintió que los párpados le pesaban.
—Me voy a dormir un rato —dijo recostándose sobre el pasto.
—¿Aquí? —preguntó Lan.
—Estoy cansada —respondió ella, con los ojos ya cerrados.
Lan la miro un momento, luego se incorporó un poco.
—Yo no voy a dormir —dijo— voy a vigilar, no quiero que te pase nada.
Celeste quiso decir algo, pero el sueño la venció.
Soñó que estaba en un claro del bosque, pero no era el mismo. Los árboles eran altísimos, de cortezas plateadas que reflejaban una luz sin origen. No había sol, no había cielo, solo una luz blanca que palpitaba como un corazón.
En el centro del claro flotaba una esfera de luz titilante, suspendida en el aire como una estrella caída. Oscilaba entre un ámbar suave y un blanco cegador.
Celeste se acercó, temerosa… y la tocó.
La luz la invadió; por un instante, Celeste dejó de ser solo un cuerpo. Fue energía, pulso, el eco mismo del universo.
Y entonces el sueño cambió En un momento, el escenario se transformó por una ráfaga de aire helado que atravesó el vacío.
Estaba en una vereda. Una calle cualquiera, de esas que se ven en las películas de los noventa. Olía a pasto recién cortado y a asfalto caliente. El sol pegaba en la nuca y los autos pasaban lentos, como en cámara lenta.
Sabía dónde estaba.
Reconoció la casa de la esquina, el árbol de la vereda, la puerta de su infancia. Todo estaba igual. Todo estaba a punto de romperse.