El otro lado del muro de espinas no era lo que esperaban.
Celeste había imaginado un lugar oscuro, hostil, lleno de amenazas. Pero el jardín prohibido era hermoso. Demasiado hermoso.
Flores de todos los colores cubrían el suelo como una alfombra viva. Fuentes de agua cristalina brotaban en cada claro, y sus gotas brillaban como diamantes al sol. Mariposas de alas transparentes volaban entre los arbustos, y el aire olía a jazmín y a miel.
—Es increíble —susurró Celeste.
—Demasiado increíble —dijo Lan, desconfiado.
Caminaron en silencio. El jardín los rodeaba con su belleza falsa. Llegaron a un lago de aguas tan claras que parecían un espejo.
Celeste se detuvo. Se arrodilló en la orilla para ver su reflejo.
El agua no le devolvió su imagen.
Le devolvió la de su madre.
—¿Celeste? —dijo Lan, notando su quietud.
Ella no respondió.
Del agua surgió una mano. Transparente, hecha de líquido, pero con dedos largos y fríos. Le cerró la muñeca con una fuerza imposible y la arrastró al fondo.
—¡Celeste! —gritó Lan.
El agua no era profunda, pero la mano no la soltaba. Otra mano apareció. Luego otra. Lo arrastraron hacia el centro del lago.
Lan se tiró tras ella sin pensarlo.
Forcejearon en el agua turbia. Las manos de agua los golpeaban, los hundían, los separaban. Las coronas de flores se desprendieron de sus cabezas. Una quedó flotando en la superficie. La otra se hundió entre las piedras.
Lan logró agarrar a Celeste del brazo y la sacó a la orilla. Las manos se disolvieron en la superficie, como si nunca hubieran existido.
Tosiendo, empapados, jadeando.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí —respondió ella— Pero las coronas…
Se llevaron las manos a la cabeza. Vacías.
—Las perdimos —dijo Lan.
Antes de que pudieran buscar, Lan sintió un tirón en los pies. Bajó la mirada. Raíces delgadas como hilos le rodeaban los tobillos, subiendo lentamente por sus piernas.
—El bosque te está reclamando —dijo Celeste, recordando las palabras de la elfa.
Las raíces trepaban rápidamente. La piel de Lan comenzó a volverse gris, rugosa, como la corteza de un árbol.
Celeste miró el agua. Una de las coronas flotaba en la superficie, a pocos metros de la orilla. Se metió al agua, la agarró y volvió a salir.
—No —dijo Lan, con la voz ya ronca. La corteza le cubría la mitad del rostro. —No hagas eso.
—No voy a dejarte morir —respondió Celeste.
—Si me das la corona, te quedas sin protección.
—Lo sé.
—¡Celeste!
Ella no le hizo caso. Se acercó a él, que ya apenas podía moverse, y le colocó la corona en la cabeza.
Lan quiso apartarla, pero sus brazos ya eran ramas, sus dedos no respondían.
—Perdón —susurró Celeste.
—No —dijo él, con el poco aliento que le quedaba— No te perdono nada.
Ella sonrió, con lágrimas en los ojos.
—No importa.
Las raíces se desprendieron de Lan. Cayó de rodillas, tosiendo, respirando. Su piel recuperó el color. Miró a Celeste con una mezcla de furia y gratitud que no sabía cómo expresar.
Pero entonces ella sintió el frío.
Bajó la mirada. Las raíces la estaban envolviendo a ella ahora. No como a él. No con lentitud. Con violencia.
—¡Celeste! —gritó Lan.
Las raíces la arrastraron hacia el fondo del jardín, hacia un claro donde los árboles crecían torcidos, donde la luz del sol no llegaba. Las ramas se cerraban a su paso, los arbustos se enredaban en sus pies.
Lan intentó seguirla, pero el bosque se lo impedía.
—¡Busca la corona! —alcanzó a gritar Celeste, antes de que la oscuridad se la tragara.
Lan dudó. Un segundo. Una eternidad.
Luego se tiró al agua.
El frío le quemaba los pulmones, pero no le importó. Buscó a ciegas entre las piedras, entre el barro, entre las sombras del fondo.
Arriba, en el claro, Celeste ya no podía moverse. La madera le subía por el vientre, por el pecho. Sus brazos se volvían ramas. Su rostro se estaba petrificando. Podía sentir cómo el bosque la llamaba, cómo sus recuerdos empezaban a desdibujarse.
No quiero morir, pensó. No quiero morir aquí.
Lan volvió a sumergirse. Sus manos tropezaron con algo blando, con algo duro, con algo que no era. El agua se volvía más oscura, más fría. Los segundos se alargaban como horas.
Y entonces, sus dedos encontraron las flores trenzadas.
Salió del agua con la corona apretada contra el pecho. Corrió hacia el claro, apartando ramas, esquivando raíces.
Celeste ya casi no tenía rostro. Solo dos ojos vidriosos, asustados, que lo miraban desde una máscara de madera.
—No te duermas —dijo Lan, con la voz quebrada— No te duermas.
Le colocó la corona en la cabeza.
Por un momento, nada.
El jardín entero pareció contener la respiración.
Luego, lentamente, la madera comenzó a resquebrajarse. La piel de Celeste recuperó su color, primero en las mejillas, luego en el cuello, luego en las manos. Las raíces se desprendieron de su cuerpo como serpientes heridas, retorciéndose en el suelo antes de desaparecer.
Celeste cayó de rodillas, tosiendo, respirando. Lan la sostuvo.
—No vuelvas a hacer eso —dijo él, con la voz rota.
—Tú tampoco —respondió ella, llorando.
No eran lágrimas de tristeza. Eran de alivio. De terror que se iba. De vida que volvía.
Se abrazaron como si el mundo se fuera a acabar en el siguiente segundo.
Se pusieron de pie, aún temblorosos. Las coronas de flores blancas brillaban sobre sus cabezas, pequeñas, frágiles, pero firmes.
Siguieron caminando; el jardín ya no era tan hermoso, las flores empezaban a marchitarse, el cielo se volvía gris.
Llegaron a una cascada de agua cristalina. En el centro, solo un pedestal de piedra blanca flotaba la flor de loto. Blanca, brillante, pequeña y perfecta.
—Allí está —dijo Celeste.
—Espera —dijo Lan— Puede ser una trampa.