El sol se ocultó detrás de los árboles, y la noche comenzó a caer. Caminaron en silencio hasta encontrar un claro donde pasar la noche. Lan juntó ramas secas e hizo una pequeña hoguera. Celeste se sentó cerca del fuego, mirando la pulsera de raíces en su muñeca. Seguía latiendo. Suavemente. Como si estuviera viva.
—¿Duele? —preguntó Lan.
—No —respondió ella— Es cálida.
Lan asintió. Abrió su mochila y sacó el pan, el queso, el tarro de miel y las manzanas.
—No hemos comido en todo el día —dijo— Tengo hambre.
Celeste también. No lo había notado hasta ese momento, pero el estómago le rugió.
—¿Qué más tenemos? —preguntó.
Lan revisó la mochila. Unas hierbas. El ungüento. Las cantimploras.
—Nada más —dijo— Esto es todo.
Celeste miró alrededor. El claro estaba lleno de arbustos. Algunos tenían pequeñas bayas rojas, casi negras en la penumbra.
—Espera —dijo.
Se levantó, se acercó a uno de los arbustos y arrancó un puñado de bayas. Las olió. Olían a fruta, a bosque, a algo agridulce.
—¿Son venenosas? —preguntó Lan, alarmado.
—No lo sé —respondió Celeste— Pero las frutas del bosque suelen ser comestibles. Las de colores vivos, no. Estas son oscuras.
Probó una.
—¿¡Celeste!? —gritó Lan.
—Están buenas —dijo ella, sonriendo— Un poco ácidas. Pero buenas.
Lan negó con la cabeza, pero se acercó y también tomó un puñado. Las probó. Frunció el ceño.
—Ácidas —dijo.
—Por eso tenemos miel.
Volvieron a la hoguera. Celeste partió el pan en dos mitades. Lan iba a ponerlo directo sobre las llamas, pero ella lo detuvo.
—No lo pongas así —dijo— Se va a quemar.
Buscó una piedra plana, la limpió con pasto y la colocó cerca de las brasas, no sobre el fuego.
—Así —dijo— La piedra se calienta, pero no quema el pan.
Lan la miró, extrañado.
—¿En tu mundo cocinan así?
—A veces. En los campamentos.
Lan no preguntó más. Colocó el pan sobre la piedra caliente. El queso lo pusieron en una hoja grande, cerca del fuego, para que se derritiera sin ensuciar.
Cuando el queso estuvo blando y burbujeante, Lan lo untó sobre el pan tostado. Celeste tomó el tarro de miel y dibujó un hilo dorado sobre el queso caliente. Luego agregaron las bayas ácidas por encima.
No era una cena de reyes. Era algo improvisado, casi salvaje. Pero sabía increíble.
—Esto está muy bueno —dijo Celeste, con la boca llena.
—Lo sé —respondió Lan, sonriendo.
Comieron en silencio, compartiendo las manzanas. Cuando terminaron, Lan guardó los restos en la mochila. Celeste vio que no tiraba el tarro de miel. Lo limpió con un poco de pasto y lo guardó vacío.
—¿Para qué guardas eso? —preguntó.
—Nunca se sabe —respondió Lan— Un tarro puede servir para muchas cosas.
—¿Cómo qué?
—No lo sé todavía. Pero ya se me ocurrirá.
Celeste sonrió. No dijo nada más.
El fuego crepitaba. Las sombras bailaban en los árboles. Entonces, un ruido. No era el viento. No era una rama que caía. Era algo más pesado. Algo que se movía entre los arbustos despacio, con cuidado.
Lan puso una mano sobre el brazo de Celeste.
—No te muevas —susurró.
El silencio se volvió denso, casi sólido. Celeste podía oír su propio corazón latiendo en los oídos. Lan no se movía. Su mano seguía sobre el brazo de ella, firme, como una advertencia.
Ambos miraron hacia la oscuridad. Los ojos de Celeste se acostumbraron a la penumbra. Vieron una sombra más oscura que las otras. Una forma delgada, de hombros estrechos. No era grande. No parecía un animal. Alguien que se movía con una calma antinatural, como si tuviera toda la noche para observarlos.
La sombra se movió otra vez. Más cerca.
Celeste contuvo la respiración. Lan soltó el brazo de Celeste y, muy despacio, metió la mano en su mochila. Sacó el cuchillo que usaba para cortar el pan. No hizo ruido.
La sombra se detuvo.
Pasó un minuto. O una hora.
Luego, un crujido de hojas. La sombra se retiró, rápida, silenciosa.
Lan exhaló. Celeste se dio cuenta de que él también había estado conteniendo la respiración.
—¿Qué era? —susurró.
—No lo sé —respondió él— Pero no era un animal.
—¿Entonces por qué?
—No lo sé
Lan guardó el cuchillo. Sus dedos temblaban un poco.
—Lan —dijo Celeste, después de un rato— El collar de tu padre. Las puntas de estrella.
—¿Qué pasa con ellas?
—Tu padre tiene dos. Tú tienes una. Dijiste que tu hermano Nicolás tenía otra.
—Sí.
—¿Y la quinta?
Lan no respondió. El fuego crepitaba.
—No lo sé —dijo al fin— Mi padre nunca quiso hablar de eso.
—¿Nunca le preguntaste?
—Una vez— respondió Lan— Pero dejé de preguntar
Celeste lo miró, esperando
—Hace mucho vino un visitante a casa —dijo Lan, después de un rato— Habló con mi padre a solas. Yo no debía escuchar, pero me acerqué a la puerta.
—¿Qué escuchaste?
—No mucho. Solo una frase. Algo como: "Tu hija… la que se llevaron… sigue viva".
Celeste sintió un escalofrío.
—¿Tu padre tiene otra hija?
—No lo sé —respondió Lan— Nunca me lo confirmó. Pero esa noche lo encontré llorando en el taller. Nunca lo había visto llorar antes.
—¿Y nunca volvieron a hablar del tema?
—No. Mi padre dice que hay cosas que es mejor no saber.
—¿Y tú qué crees?
Lan guardó silencio. Miró el fuego.
—Creo que tengo una hermana —dijo al fin— En algún lugar.
Celeste no dijo nada. Lo miró, esperando.
Lan se quedó callado un momento, mirando el fuego.
—Cuando era niño —dijo, después de un rato— le pregunté a mi padre por qué no tenía madre. Me dijo que había muerto. Y yo le pregunté si la había matado yo.
Celeste lo miró.
—¿Por qué pensabas eso?
—Porque ella murió al nacer yo. Es lo que todos decían. Así que pensé que era mi culpa.
—¿Y qué te dijo tu padre?