Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 6: La mensajera de la reina 

El sol ya estaba alto cuando llegaron a un cruce de caminos. A la izquierda, el sendero se perdía entre árboles de copas altas y delgadas, como dedos que señalaban el cielo. Las ramas se entrelazaban formando un techo oscuro que apenas dejaba pasar la luz. El aire que venía de allí olía a humedad y a algo podrido, a hojas muertas y a tierra que no había visto el sol en años.

A la derecha, un camino más ancho, de tierra apisonada, llevaba hacia una colina donde se divisaban techos de paja y una columna de humo. Se escuchaban ladridos de perros, el golpe de un martillo contra el metal, y de vez en cuando, una risa infantil.

—¿Por dónde vamos? —preguntó Celeste.

Lan sacó el mapa de su mochila y lo desplegó sobre una roca plana. Tenía marcas borrosas, nombres escritos con letra apretada y una mancha de grasa en una esquina. Era un mapa viejo, de bordes gastados, como si hubiera pasado por muchas manos antes de llegar a las suyas.

—El castillo está al norte —dijo, trazando el camino con el dedo— Pero pasar por el pueblo nos llevaría un día más.

—¿Y si vamos directo por el bosque?

—Es más corto, pero más peligroso. Hay criaturas que no salen de día, pero de noche… — Lan no terminó la frase. Se quedó mirando el sendero oscuro, como si recordara algo que prefería olvidar.

Celeste miró el sendero de la izquierda. La sombra de los árboles lo cubría por completo. No se veía el final. Solo una pared de troncos y raíces que parecía respirar.

—Vamos por el pueblo —dijo.

Lan asintió. Guardó el mapa y echaron a andar.

El pueblo se llamaba Tistar. No era grande: unas pocas casas de piedra con techos de paja, un establo, una herrería y una plaza con una fuente seca. En el centro de la plaza, una estatua de piedra representaba a un guerrero sin rostro, la espada rota y el escudo mellado.

La gente los miraba pasar con desconfianza. Una mujer que lavaba ropa en un balde levantó la vista y frunció el ceño. Un viejo sentado en una silla de madera dejó de tallar una pieza de madera y los siguió con la mirada. Nadie les dijo nada. Solo los observaban, como si supieran que no eran de allí.

—Necesitamos provisiones —dijo Lan— Se nos acabó el pan.

—¿Y la miel? —preguntó Celeste.

—Todavía queda un poco. Pero hay que comprar más.

Caminaron hacia una tienda de alimentos. La fachada era de madera oscura, con un cartel pintado a mano que decía

"El Granero". Una campanita de metal sonó cuando abrieron la puerta.

Adentro olía a harina, a queso añejo y a algo dulce que no podían identificar. Una mujer mayor, de brazos gruesos y delantal manchado de harina, los atendió desde detrás de un mostrador. Tenía el pelo gris recogido en un moño apretado y los ojos pequeños, de un color marrón tan oscuro que parecían negros.

—¿Qué desean? —preguntó, sin sonreír.

—Pan, queso y miel —respondió Lan.

La mujer asintió. Se dio la vuelta y comenzó a envolver los productos en paños de lino. Mientras lo hacía, los miraba de reojo.

—¿Van al castillo? —preguntó, mientras envolvía el queso.

—Sí —respondió Lan.

La mujer dejó de mover las manos. Los miró a ambos con el ceño fruncido.

—¿Y por qué querrían ir ustedes al castillo? La reina no recibe a cualquiera.

—Tenemos un encargo —respondió Lan, con voz firme— Algo que entregar.

La mujer los miró en silencio durante unos segundos. Sus ojos pequeños y oscuros parecían querer perforarlos.

—Hace años que no veo a nadie de este pueblo ir al castillo —dijo, lentamente— La última vez que alguien fue, no volvió.

—Nosotros volveremos —dijo Celeste.

La mujer soltó una risa seca.

—Eso decían ellos.

—¿Qué pasó con esa persona? —preguntó Celeste.

La mujer encogió los hombros.

—Nadie lo sabe. Desapareció. Como tantos otros.

Terminó de envolver los productos, los deslizó sobre el mostrador y tomó las monedas que Lan le tendió.

—Cuídense —dijo, pero esta vez la palabra sonó más como una advertencia que como un deseo— Y no confíen en nadie que no conozcan. Especialmente si vienen del castillo.

—¿Por qué dice eso? —preguntó Lan.

La mujer no respondió. Solo los miró con una expresión grave, y luego se dio la vuelta para atender a otro cliente.

Salieron de la tienda. La campanita sonó otra vez. Celeste sintió la mirada de la mujer clavada en su espalda hasta que doblaron la esquina.

El sol empezaba a bajar cuando llegaron a un puente de madera. El río de abajo corría rápido, casi violento, y el agua tenía un color verde oscuro que parecía sólido. En el otro lado, el camino se bifurcaba otra vez: uno seguía hacia el norte, el otro se perdía entre los árboles.

—El castillo está a un día de camino —dijo Lan, consultando el mapa— Si no nos desviamos.

—¿Y si nos desviamos? —preguntó Celeste

—No quiero saberlo.

Cruzaron el puente. Las maderas crujían bajo sus pies, y el agua rugía abajo. Celeste se agarró a la baranda de cuerda, sintiendo cómo vibraba con la fuerza del río.

Del otro lado, sentada en una roca, había una figura.

Era una chica joven, de cabello oscuro y piel pálida. Vestía una armadura de cuero negro, gastada en los bordes, y una capa gris que le llegaba hasta los tobillos. A su espalda colgaba una espada de hoja ancha, envainada en cuero. Tenía los brazos cruzados sobre las rodillas y parecía estar esperando algo. O a alguien.

—Buenas tardes —dijo ella, levantando la vista.

Celeste y Lan se detuvieron. Instintivamente, Lan puso una mano sobre el brazo de Celeste, como si quisiera protegerla.

—Buenas tardes —respondió él, con desconfianza.

La chica se puso de pie. Era alta, de hombros anchos y mirada directa. Sus ojos eran de un color gris tan claro que parecían casi transparentes. Sonrió, pero la sonrisa no le llegaba a los ojos.

—Me llamo Leah. Soy mensajera de la reina.

Lan frunció el ceño.

—¿Tiene algún documento que lo pruebe?




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