Lo encontraron medio enterrado entre los cuerpos. Al principio pensaron que estaba muerto, como todos los demás, pero uno de los soldados notó el leve movimiento de su pecho. Aún respiraba.
No recordaba la batalla. No recordaba su nombre. Solo el dolor.
Una flecha le atravesaba el hombro, y la sangre seca le tiraba de la piel cada vez que respiraba. El frío se le había metido en los huesos como si quisiera terminar el trabajo que la guerra había dejado incompleto. A su alrededor, el campo de batalla era un mar de barro revuelto con sangre, donde los cuerpos yacían en posturas que ya no eran humanas. El cielo, de un gris plomizo, parecía a punto de desplomarse.
—No sabemos quién es —dijo uno de los soldados, mirándolo con indiferencia mientras se limpiaba las manos en un trapo sucio.
El otro, más joven, dudó. Miró la punta de estrella que colgaba de su cuello, oculta bajo la ropa manchada. Era de plata vieja, gastada por el roce de los años, y a pesar de todo seguía brillando débilmente, como si aún conservara algo de la luz de quien la había llevado antes.
—Pero si no lo ayudamos, muere.
No hubo más discusión. Lo levantaron entre los dos, con las manos resbalando por la sangre seca de su ropa, y lo llevaron al castillo de Flowerfire. Las murallas del castillo se alzaban ante ellos como dientes de piedra, grises y frías, con torres que se perdían en la niebla. Para los soldados no era nadie. Para él, tampoco.
Cuando despertó, el dolor seguía ahí, pero era un dolor distinto. Más sordo. Más íntimo. Como si alguien hubiera metido una brasa debajo de su piel y la hubiera dejado allí.
El techo era desconocido, de piedra blanca con vetas grises que se entrecruzaban como raíces. Las paredes, demasiado limpias, desprendían un olor a cera recién aplicada que le resultaba ajeno, como si perteneciera a una vida que no era la suya. La cama donde yacía era estrecha, de madera oscura, con sábanas de lino que olían a lavanda. A un costado, una mesita de noche sostenía una vela moribunda, cuya llama temblaba con cada corriente de aire que se filtraba por las rendijas de la ventana.
Una enfermera de manos suaves le cambió las vendas. Tenía el pelo canoso recogido en un moño apretado y los dedos manchados de ungüento. Trabajaba en silencio, con la eficacia de quien ha visto cien cuerpos como el suyo.
—¿Cómo te llamas?
Intentó responder. Abrió la boca. Cerró la boca.
No encontró nada.
—No lo sé —dijo, con la voz áspera, como si no hubiera hablado en semanas.
—¿Nada?
Cerró los ojos. Buscó en el vacío de su mente. No había nada. Solo una oscuridad densa, como una habitación vacía donde alguna vez hubo muebles y alguien los había retirado todos. El silencio era tan pesado que podía oír los latidos de su propio corazón.
—Nada.
Los médicos dijeron que la memoria podía volver. O no. Que no había forma de saberlo. Él no dijo nada. Solo esperó.
Cuando sus heridas cicatrizaron, le dieron trabajo en las cocinas del castillo, eran un mundo subterráneo de paredes ahumadas y suelos de piedra gastada por siglos de pisadas. Los hornos parecían cuevas, con bocas negras de las que salía un calor seco que pegaba en la cara. Las ollas de cobre colgaban del techo como frutas gigantes, y el aire olía a pan recién horneado, a hierbas secas y a carne asada, todo mezclado en una neblina densa que se pegaba en la ropa.
Pelaba patatas, encendía los fogones, lavaba los cacharros. Los cocineros le decían "el herido" o "el sin nombre". Él no se quejaba. Llegaba temprano, cuando el sol aún no había salido y los pasillos estaban vacíos, el eco de sus pasos rebotando en las paredes de piedra. Se quedaba hasta tarde, cuando las sombras de la noche ya habían cubierto los patios y los únicos sonidos eran el crepitar del fuego y el cuchicheo de los últimos sirvientes.
Con el tiempo, los cocineros empezaron a confiar en él. Primero le dieron más responsabilidades. Luego le permitieron llevar la comida a las habitaciones de los nobles.
Una tarde, mientras llevaba una bandeja de plata con frutas confitadas y vino especiado al despacho real.
La reina estaba sentada detrás de un escritorio de madera oscura, repasando unos pergaminos con una pluma de ganso entre los dedos.
—Los cocineros hablan bien de ti —dijo, sin levantar la vista— Dicen que eres el único que no roba, que no se queja.
—Hago mi trabajo.
—¿Te gustaría hacer algo más que pelar patatas?
—No lo sé. No sé si sirvo para algo más.
La reina alzó la vista. Tenía el cabello gris y los ojos cansados, pero su mirada era aguda, como si pudiera ver a través de él. El fuego de la chimenea crepitaba a su espalda, lanzando sombras que bailaban en las paredes.
—Eso ya lo veremos —dijo— Por ahora, quédate aquí. Ayuda en lo que te pidan.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses.
Cargaba cajas de madera llenas de mercancías, limpiaba los establos donde los caballos dormían sobre paja húmeda, reparaba muebles rotos con herramientas que aprendió a manejar en silencio. Nunca rechazaba un trabajo.
La reina seguía observándolo. No le hablaba, pero él sentía su mirada en los pasillos, en los patios, en las escaleras de caracol que subían a las torres. A veces, al doblar una esquina, la veía al final del corredor, detenida, mirándolo. Luego se iba, y el eco de sus pasos se perdía en la piedra.
Un día, lo llamó a su despacho.
—Necesito gente de confianza —dijo— Alguien que proteja a mis hijas.
—¿Sus hijas?
—Mikeila y Sarah.
—¿Y quiere que yo...?
—Quiero que seas su guardia —dijo la reina
No supo qué responder. Bajó la cabeza. El suelo de piedra estaba frío bajo sus pies. La vela sobre el escritorio lanzaba una llama temblorosa que hacía bailar las sombras de los pergaminos.
—Haré lo que pueda.
—Con eso basta.
La biblioteca del castillo era un lugar inmenso, con paredes cubiertas de estanterías que se perdían en la penumbra del techo abovedado. El aire olía a papel viejo, a cuero y a cera de vela. Grandes ventanales de arco dejaban entrar la luz del sol, que caía en largos haces dorados donde bailaban partículas de polvo.