Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 9: La que nadie recuerda

El verano se fue sin que él lo notara.

Un día, las hojas de los árboles del jardín empezaron a ponerse amarillas. El sol ya no calentaba igual, y el aire se volvía cortante al atardecer. Las tardes se volvieron grises, y el olor a tierra mojada empezó a filtrarse por las ventanas, mezclándose con el aroma a incienso de los pasillos.

Sarah seguía cortando rosas, pero ya no eran rojas. Eran del color del barro. Pétalos marrones, mustios, que se deshacían entre sus dedos como ceniza. Sus dedos seguían sangrando. Las espinas no se lo perdonaban.

Un rumor empezó a correr por el castillo: la reina estaba enferma.

Una tarde, Sarah mandó llamar a Nadir a sus habitaciones.

Era la primera vez que lo hacía. Las habitaciones de Sarah estaban en el ala este, las más grandes después de las de la reina. Tenían cortinas de terciopelo negro que apenas dejaban pasar la luz, y el aire olía a rosas marchitas, un aroma dulzón que se pegaba en la ropa. Los muebles eran oscuros, de madera tallada, y en las paredes colgaban cuadros de paisajes grises.

—Cierra la puerta —dijo.

Él obedeció. La puerta se cerró con un golpe sordo.

Estaban solos. Las cortinas estaban corridas. La única luz venía de una vela sobre la mesa de noche, cuya llama apenas iluminaba el rostro de Sarah.

—¿Sabes por qué te llamé?

—No, princesa.

—No me llames princesa.

—Sarah.

Ella se acercó. Sus pies descalzos no hacían ruido sobre la alfombra de lana gruesa. Llevaba un vestido blanco, demasiado fino para el frío de la tarde, y su pelo caía suelto sobre sus hombros.

—¿Sabes lo que he pensado todas estas noches? —dijo, mientras se acercaba un paso más— En ti. En cómo me miras cuando no te das cuenta. En cómo cortas las rosas.

—Hago mi trabajo.

—No es solo trabajo.

Se detuvo frente a él. Alzó una mano. Le tocó la mejilla. Sus dedos estaban fríos, como si acabara de sacarlos del agua helada.

—Sarah —dijo él, con voz de alerta.

—No digas nada.

Y lo besó.

Fue un beso frío, impersonal, como si ella estuviera tratando de convencerse de algo más que a él. Los labios de Sarah sabían a hierro y a podrido. Él no se movió al principio. Luego, apartó la cara.

—No —dijo.

—¿No?

—No es correcto. Usted es la princesa. Yo soy un guardia.

—No me importa.

—A mí sí.

Sarah se quedó mirándolo. No lloró. No gritó. Solo asintió, como si ya lo supiera.

—Vas a arrepentirte —dijo.

—No voy a arrepentirme.

Abrió la puerta. Él salió. El pasillo estaba vacío, y el eco de sus pasos se perdía en la piedra. No miró atrás.

Sarah cerró la puerta con llave. Se sentó en el borde de la cama. No encendió ninguna vela. La oscuridad la envolvió.

No lloró. No era de las que lloran.

Pero esa noche, algo se quebró dentro de ella. Algo que no iba a poder reparar.

Los días pasaron. El otoño llegó. Las hojas cayeron y se pudrieron en el suelo.

Una noche, Nadir no pudo dormir.

Se quedó mirando el techo de su habitación, una pequeña celda en la planta baja con una cama de hierro y una mesa de madera. La punta de estrella descansaba sobre su pecho. La tomó entre sus dedos. La plata estaba tibia, como si hubiera absorbido el calor de su piel.

Y entonces, algo le llegó.

No fue un recuerdo. Fue una certeza. Como si alguien hubiera abierto una puerta en su mente y hubiera dejado entrar la luz. Sintió un latido en la sien, una presión detrás de los ojos.

—Nicolás —susurró, probando el sonido— Me llamo Nicolás.

No supo de dónde había salido. Pero lo sabía. Era suyo.

A la mañana siguiente, encontró a Mikeila en la biblioteca.

Ella estaba sentada en el sillón de siempre, con un libro abierto en las rodillas. La luz de la mañana entraba por la ventana y le dibujaba sombras en el rostro. El polvo bailaba en los rayos de sol.

—Mikeila —dijo— Me llamo Nicolás.

Ella levantó la vista. El libro se cerró solo.

—¿Lo recordaste?

—Creo que sí.

—Nicolás —repitió—Te queda bien —dijo.

La noticia llegó al anochecer.

Estaban juntos en la biblioteca. Nicolás estaba de pie junto a la ventana, mirando el jardín. Mikeila hojeaba un libro sin leerlo, sus dedos pasando las páginas sin rumbo.

Escucharon pasos apresurados en el pasillo. Puertas que se abrían y se cerraban. Un grito ahogado. Después, silencio. Un silencio denso, pesado, como una losa.

Un sirviente apareció en la puerta. Tenía el rostro pálido, los ojos vidriosos. Las manos le temblaban.

—La reina —dijo, con la voz quebrada— Ha muerto.

Las dos hermanas velaron el cuerpo de su madre en la cámara real.

Mikeila lloraba en silencio. Las lágrimas le corrían por las mejillas sin hacer ruido. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, los nudillos blancos.

Sarah no. Sarah estaba de pie, al pie de la cama, con las manos quietas a los costados. No lloraba. No temblaba. Tenía el rostro sereno, como una estatua de mármol.

El invierno llegó. La nieve cubrió el jardín, y el hielo colgó de los árboles como dagas. Las rosas murieron, sus tallos negros asomando entre la nieve como dedos esqueléticos. Sarah dejó de cortarlas.

Mikeila y Nicolás se veían a escondidas. No en la biblioteca, no en lugares donde pudieran ser vistos. Se encontraban en rincones olvidados del castillo, en escaleras que nadie usaba, en pasillos cubiertos de polvo donde las telarañas colgaban del techo como velos antiguos.

Una noche, el cielo se despejó. Las estrellas brillaron como no lo habían hecho en meses, pequeñas luces titilantes en un manto negro. El frío era intenso, pero el aire estaba quieto y el viento no soplaba.

Nicolás encontró a Mikeila en el balcón del ala oeste. Llevaba el mismo vestido fino de siempre, como si el frío no la afectara. Tenía los brazos apoyados en la baranda de piedra, y los copos de nieve se derretían al tocar su piel.




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