Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 10: Baila por ella

Capítulo 10: Baila por ella

El amanecer llegó sin ganas, como si al sol le pesara trepar por encima de las montañas. La luz se coló por la ventana de la posada y dibujó líneas doradas sobre las sábanas revueltas.

Celeste despertó primero. Por un instante no supo dónde estaba. Luego sintió el escozor en las muñecas y lo recordó todo: las ataduras, el trapo en la boca, los dedos de Leah arrancando la flor de su piel.

Se incorporó despacio. A su lado, Lan dormía con el ceño fruncido, como si ni siquiera dormido pudiera encontrar paz. Tenía una mano extendida hacia ella, los dedos apenas rozándole el brazo. No se habían separado en toda la noche.

Celeste se miró las muñecas. Las marcas de las cuerdas seguían allí, rojas e inflamadas. Las marcas de las raíces de la pulsera también, aunque más pálidas, como cicatrices viejas que aún no se habían formado del todo. La flor ya no estaba. El hueco que había dejado en su muñeca latía con un dolor sordo, profundo, que no se iba ni apretando.

Se levantó con cuidado. La madera del suelo crujió bajo sus pies descalzos.

Se acercó a la ventana. El pueblo se extendía al otro lado del cristal, envuelto en una neblina baja que lo volvía todo borroso. Las calles de tierra estaban todavía vacías, pero ya se veía a alguna mujer barriendo el umbral de su casa sin levantar la cabeza, a un hombre mayor acarreando leña con la mirada fija en el suelo. Las fachadas eran de piedra gris, sin flores en las ventanas, sin ropa tendida al sol. Todo estaba limpio, pero era una limpieza triste, como la de una habitación donde ya no vive nadie.

A lo lejos, recargándose contra el cielo rosado, el castillo de Flowerfire dominaba el horizonte. Sus torres negras parecían vigilar el pueblo, recordando a cada habitante quién mandaba allí.

Oyó un movimiento a su espalda. Lan se había despertado.

—¿Estás bien? —fue lo primero que preguntó.

—Sí —respondió ella, aunque no era del todo cierto— He estado peor.

Lan se incorporó. Tenía los ojos hinchados y el pelo revuelto. Parecía un niño. Un niño que había llorado sin que ella se diera cuenta.

—Anoche… —Empezó a decir.

—No hace falta —le interrumpió Celeste— Ya hablamos. Ya me pediste perdón. No voy a hacerte repetirlo cada mañana.

—Pero…

—Dijiste que no me dejarías sola. Lo estás cumpliendo. Con eso basta.

Lan apretó los labios. Asintió. No dijo nada más.

Bajaron a la cocina. La posadera, una mujer de edad indefinida con las manos siempre ocupadas y la mirada siempre atenta, les sirvió dos tazones de gachas con un poco de miel. No preguntó nada. No sonrió al servir. Simplemente dejó los tazones sobre la mesa, los miró un instante con esos ojos que lo habían visto todo, y volvió a sus cacharros.

—Hoy hay mercado en la plaza —dijo, sin darse la vuelta— Si buscan algo barato, es el mejor día.

—Gracias —respondió Lan, sin levantar la vista.

Comieron en silencio. Las gachas estaban calientes y la miel las endulzaba lo justo. Celeste sintió que el calor le devolvía un poco de vida. Un poco de fuerza.

Cuando terminaron, Lan abrió la bolsa de cuero que le había dado su padre. Las monedas que quedaban apenas llenaban el hueco de su palma. Las contó dos veces. No cambiaron.

—No tenemos suficiente para llegar al castillo —dijo— Y mucho menos para comprar algo con lo que entrar.

Celeste apuró el último sorbo de su tazón.

—Entonces necesitamos otra manera. Algo que nos permita entrar sin levantar sospechas.

—¿Cómo qué?

— Ayer, cuando bajamos al pueblo, vi un cartel en la plaza. Anunciaba un baile de máscaras en el castillo. Para celebrar el cumpleaños de la reina.

Lan la miró con incredulidad.

—¿Quieres que entremos durante un baile? Con la reina presente, con la corte llena de nobles…

—Sí.

—Es una locura.

—Lo sé. Pero dime una idea mejor.

Lan guardó silencio. No tenía una mejor idea.

—Está bien —dijo al fin— Vamos al mercado.

Salieron de la posada. El pueblo ya estaba despierto, pero despierto no significaba vivo. Las mujeres barrían las puertas con movimientos mecánicos, sin hablar entre ellas. Los hombres cargaban cestas y herramientas con la mirada fija en el suelo. Un grupo de ancianos estaba sentado en un banco de piedra, inmóviles, como si llevaran allí desde el invierno anterior. Nadie se reía. Nadie cantaba. Incluso los perros callejeros caminaban más despacio, con el rabo caído y las orejas gachas.

—Este pueblo está triste —dijo Celeste, en voz baja.

—Todos los pueblos cerca del castillo son así —respondió Lan— La reina no quiere súbditos felices. Quiere súbditos obedientes. La felicidad es ruidosa. La obediencia es silenciosa.

Celeste pensó en Fairwyn, el pueblo de Lan. Allí también había miedo, pero era un miedo antiguo que se había convertido en costumbre. Aquí el miedo era fresco, reciente, como una herida que aún no había cicatrizado.

—Cuéntame otra vez lo de las monedas —dijo ella, para cambiar de tema.

Lan abrió la bolsa de cuero. Cinco monedas. Contadas y recontadas.

—Cinco —dijo él— Con suerte compramos un pan y medio.

—Necesitamos más.

—No tenemos más.

Celeste miró a su alrededor. Las calles estaban limpias, demasiado limpias para un pueblo de mercado. No había monedas perdidas en el suelo, ni objetos olvidados en los rincones. La gente aquí era pobre, y los pobres no pierden nada.

Pero entonces vio algo.

En la esquina de la plaza, junto a la entrada de un callejón, un grupo de niños jugaba a algo. No era un juego alegre. No había risas, solo concentración y algún grito ocasional. Estaban tirando piedras a una pared, intentando que rebotaran y cayeran dentro de un círculo dibujado con tiza en el suelo. Y en el centro del círculo había monedas.

Eran monedas de cobre, pequeñas, sucias. Probablemente las habían recogido de las sobras del mercado, o las habían ganado haciendo recados. Se apostaban entre ellos, serios, casi solemnes, como si aquel juego fuera lo más importante que tenían. Quizás lo era.




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