El sol se ocultaba detrás de las torres del castillo de Flowerfire. En el bosquecillo cercano, Celeste se cambió detrás de un roble. El vestido gris perla se deslizó sobre sus hombros como si llevara años esperándolo. El bordado plateado del escote captaba la última luz del día. Se recogió el pelo en un moño improvisado y se miró las muñecas. Las marcas de las cuerdas seguían allí. Las cubrió con las mangas largas y salió de detrás del árbol.
Lan estaba ajustándose la chaqueta azul junto a una roca. Levantó la vista y se quedó quieto.
—¿Qué? ¿Me queda mal?
—No. Te queda... —Busco la palabra y no la encontró. —Como si siempre hubiera sido tuyo. Como si Liria lo hubiera cosido para ti sin conocerte.
Celeste sintió que las mejillas le ardían.
—Es solo un vestido.
—No. Es el vestido de una muchacha que soñaba con bailar en un castillo. Y ahora tú vas a llevarlo por ella. —Lan dio un paso hacia ella— Cuando entres en ese salón, no va a haber nadie que pueda apartar la mirada de ti.
—Eso sería un problema. Se supone que tenemos que pasar desapercibidos.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me miras así?
Lan levantó una mano y apartó un mechón que se le escapaba del moño. Sus dedos rozaron su mejilla.
—Porque no puedo no mirarte. Desde que entraste en mi vida, no puedo no mirarte.
El silencio se instaló entre ellos. A lo lejos, las ruedas de un carruaje crujían sobre el camino de piedra.
—Cuando todo esto termine —dijo Celeste— cuando tengamos la espada y hayamos encontrado la forma de salir de aquí...
—No quiero que te vayas.
—Lan...
—Lo sé. Es egoísta. Pero no quiero que esto termine.
Celeste le apretó la mano. Notó el tacto del cuero de la pulsera contra sus dedos.
—No me voy a ir todavía. Y cuando me vaya, no va a ser un adiós.
Lan se ajustó la máscara de cuero. Celeste se colocó la plateada.
—¿Lista? —preguntó él.
—No. Pero vamos.
Las puertas del castillo estaban abiertas de par en par. Los invitados subían las escalinatas de mármol entre antorchas encendidas. Celeste y Lan se mezclaron entre ellos. Ella apoyó la mano en el brazo de él. Lan caminaba erguido, con la postura de un escolta militar. Nadie los detuvo.
El salón de baile era una explosión de luz y color. Cientos de velas ardían en candelabros de hierro forjado. Las paredes estaban cubiertas de espejos con marcos dorados que multiplicaban la luz hasta el infinito. Columnas de mármol blanco sostenían arcos decorados con guirnaldas de flores frescas. Las mesas rebosaban de frutas confitadas, carnes asadas y vino especiado. Un quinteto de cuerdas tocaba desde un balcón elevado.
—Demasiada gente —murmuró Lan.
Se abrieron paso entre la multitud. Y al fondo del salón, sobre tres escalones de mármol, estaba el trono.
Era de hierro forjado, oscuro y austero. A su derecha, una armadura completa montaba guardia eterna. Las manos enguantadas sostenían una espada de hoja larga y recta. En el pomo brillaba un símbolo grabado.
La triqueta. La espada de Elena.
—Está ahí —susurró Celeste— Justo al lado del trono.
—Demasiado expuesta. Si intentamos tomarla ahora, nos verán.
Celeste no podía apartar los ojos de la espada. Estaba allí, a plena vista, como una pieza más de la decoración. Ni mazmorras, ni torres, ni guardianes. Solo una armadura vacía.
Algo se le encogió en el estómago. No sabía qué había esperado. Una cripta oscura. Un cofre sellado. Algo que se pareciera a las historias que conocía. Pero la reina Sarah no necesitaba esconder nada. Exhibía la espada de su madre como un trofeo de caza. Y en esa arrogancia residía la verdadera trampa.
—Es imposible robarla sin que nos vean —murmuró.
—Nada es imposible —respondió Lan— Pero esto se le parece mucho.
A ambos lados del trono, dos figuras permanecían inmóviles. Una mujer joven de armadura de cuero negro. Un hombre de hombros anchos y barba descuidada. Leah y un guardia al que Celeste no conocía.
La música cambió. Un vals lento empezó a sonar.
—Tenemos que acercarnos —dijo Lan— Y la mejor forma de hacerlo sin llamar la atención es bailando.
—No sabes bailar.
—No. Pero puedo fingir.
Lan le tendió la mano. Celeste la tomó y se dejó guiar hacia la pista. Él le puso la mano en la cintura. Ella apoyó la mano en su hombro. Empezaron a moverse.
—Me estás pisando.
—Lo sé. Lo siento.
—Solo gira hacia la izquierda. Hacia el trono.
Giraron con torpeza, pero con la suficiente gracia para no llamar la atención. Las parejas a su alrededor los ignoraban. Poco a poco, fueron acercándose al fondo del salón.
—Ahí está —susurró Celeste— A diez metros.
—Leah nos mira.
—No nos mira a nosotros. Mira la pista. Sigue bailando.
—No sé si puedo.
—Claro que puedes. No pienses en Leah. No pienses en el guardia. No pienses en la espada.
—¿En qué pienso, entonces?
—En mí.
Lan la miró a los ojos. La máscara de cuero le ocultaba media cara, pero sus pupilas brillaban con la luz de las velas.
—Eso no es difícil. Últimamente no pienso en otra cosa.
Siguieron girando. La mano de Lan en su cintura se apretó apenas. La de Celeste en su hombro se deslizó sin querer hacia su cuello. La música se volvió más lenta, más íntima. Dejaron de hablar. Solo bailaban.
La mano de él subió hasta la curva de su espalda. La de ella se deslizó hasta su nuca. Estaban más cerca ahora. Lo suficiente para que sus respiraciones se mezclaran.
La música se desvaneció en un último acorde. Las parejas aplaudieron. Pero ellos no se movieron.
Lan se inclinó. Fue lento, muy lento. Celeste cerró los ojos.
El beso fue suave. Contenido. Los labios de Lan sabían a menta. La punta de sus narices chocó apenas con el borde de las máscaras. A él se le escapó una risa muda. A ella también.
Y entonces la música volvió a sonar.
Se separaron despacio. Los ojos de Lan estaban más brillantes que antes.