Lan pasó la primera página. La luz de las velas del pasillo se filtraba bajo la puerta, apenas suficiente para leer, pero sus ojos ya se estaban acostumbrando a la penumbra. Celeste seguía a su lado, en silencio, sin tocarlo.
La letra de Clara era temblorosa pero cuidada, como si hubiera luchado por mantener el pulso firme mientras escribía.
Marcus, amor mío, no sé si algún día leerás esto. Ni siquiera sé si estás vivo. Pero necesito escribir. Necesito que alguien sepa lo que me han hecho. Lo que me han robado.
Me tienen encerrada en una torre del castillo de Flowerfire. Dicen que es para mi protección, pero es una cárcel. El rey viene cada noche. No me toca siempre, pero cuando lo hace, preferiría que me matara. Me ha dejado claro que no saldré de aquí. Que soy suya. Que mi vida ya no me pertenece.
Lo peor no es el dolor. Lo peor es la soledad. Las horas muertas mirando por la ventana, viendo el cielo y pensando en ti. En Nicolás. En lo que pudimos ser y no seremos.
A veces me pregunto si Nicolás se acuerda de mí. Sí me espera. Si le has contado lo que pasó aquella noche, cuando los guardias del rey irrumpieron en casa y me arrastraron fuera mientras él dormía. ¿Se despertó con el ruido? ¿Lloró? ¿Preguntó por su madre? No quiero saberlo. Y a la vez necesito saberlo. Necesito que alguien le diga que no lo abandone por voluntad. Que me arrancaron de su lado. Que cada noche, cuando cierro los ojos, lo único que veo es su cara de niño confiado, el día que me fui, sin entender nada.
Las manos de Lan temblaban. Celeste le puso una mano en la rodilla. Él siguió leyendo.
Anoche nacieron. Dos. Un niño y una niña. No paré de llorar en todo el parto, pero no era de dolor. Era de rabia. Da asco. De una tristeza tan honda que pensé que me ahogaba. La partera los puso sobre mi pecho y yo no quise mirarlos. Cerré los ojos. No quería verlos. No quería que existieran.
El rey vino a verlos esta mañana. Entró en la habitación sin llamar, como hace siempre, con ese aire de dueño que tiene sobre todo lo que hay en este castillo. La partera le mostró primero a la niña. Él la miró apenas un segundo. Frunció el ceño. «Es mujer», dijo, y su voz sonó como si acabaran de servirle un plato que no había pedido. «No me sirve. Llévensela.»
Luego la partera le mostró al niño. El rey lo tomó en brazos, lo examinó como quien examina una herramienta nueva. El bebé se movió, incómodo. El rey sonrió. «Este sí», dijo. «Este me sirve». Y me lo devolvió sin mirarme, como si yo fuera solo el recipiente, el envoltorio, la nada que había parido lo que él necesitaba.
No son mis hijos. No puedo sentirlos así. Son suyos. De él. La niña fue un descarte. El niño, un trofeo. Los dos, él, el recordatorio viviente de lo que me hizo. De lo que me robó. De las noches que lloré mientras él me aplastaba contra el colchón y me decía que me estuviera quieta. Son la prueba de que mi cuerpo ya no es mío. Hace tiempo que dejó de serlo.
Lan se detuvo. Cerró los ojos un momento. Su pecho subía y bajaba con fuerza.
—No tienes que seguir —dijo Celeste.
—Sí tengo.
Pasó la página.
A la niña se la llevaron esta mañana. Vinieron dos mujeres con velo y la sacaron de la habitación sin decirme nada. Ni siquiera me dejaron despedirme. No es que quisiera hacerlo. No es que me importara. Pero era mía, ¿entiendes? Era mi hija, aunque no la quisiera. Era mi sangre, aunque estuviera manchada. Y me la arrebataron como me han arrebatado todo lo demás.
Sé por qué se la llevaron. El rey lo dejó claro cuando vino a verlos. «Es mujer», dijo, como si la palabra le quemara la boca. «No me sirve». A él solo le sirven los varones. Un bastardo varón puede ser útil. Una bastarda mujer es un estorbo. Así que a la niña la entregaron a cualquiera, lejos de aquí, donde nadie pregunte. Y el niño se quedó. No porque él lo quisiera. No porque yo lo quisiera. Se quedó porque es varón. Porque tiene ojos de su padre. Porque algún día, quizás, podría servirle para algo.
Lo miro a veces, cuando duerme en la cuna junto a la ventana. Tiene mis cejas. Mis dedos. Pero sus ojos… sus ojos son los de su padre. Los del rey. Y cada vez que los veo, me muero un poco más.
Quise quererlo, Marcus. Quise quererlo con toda mi alma. Me obligué a abrazarlo, a cantarle, a darle el pecho aunque me doliera, aunque me quemara. Pero el amor no se obliga. No se fuerza. No se inventa. Y yo no pude. No pude amarlo. Lo siento. Perdóname. Perdóname por no ser la mujer que merecías. Perdóname por traer hijos a este mundo que nunca debieron nacer.
Lan dejó el diario sobre sus rodillas. El silencio en la habitación era absoluto.
—No me quería —dijo, con una voz que no era más que un susurro— Mi madre no me quería.
—Lan...
—Me rechazó desde el primer día. Y yo... yo me pasé toda mi infancia pensando que la había matado al nacer. Que mi nacimiento la había matado. Y ahora resulta que no. Resulta que vivió. Que me vio. Y que no pudo amarme.
—Tu madre no te rechazó a ti —dijo Celeste— Rechazó lo que el rey le hizo. Tú eras un bebé. No tenías culpa de nada.
—Eso no cambia lo que ella sintió.
—No. No lo cambia. Pero cambia lo que tú eres. No eres el hijo de un monstruo. Eres el hijo de una mujer que te llevó dentro, que te dio a luz, que te alimentó aunque le doliera, aunque no pudiera quererte. Eso no es falta de amor, Lan. Eso es hacer lo correcto cuando todo lo demás te lo impide. Eso es más valiente que querer.
Lan guardó silencio. Sus dedos rozaron las páginas del diario.
—Leah —dijo de repente— La niña que se llevaron. Es Leah.
—Eso parece.
—Mi hermana. Mi hermana melliza. —Alzó la vista hacia Celeste— La que nos robó la flor. La que te ató a la cama. La que trabaja para la mujer que destruyó a nuestra familia. Esa es mi hermana.
—No lo sabe. Leah no sabe quién es. Igual que Nicolás no te recuerda. Sarah se lo robó todo a los dos.