Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 13: La sangre del rey

Nicolás los guio por el pasillo en silencio, pegado a las sombras. Ya no era el guardia de mirada vacía. Caminaba con determinación, con la espalda recta, con los ojos alerta. Como si catorce años de niebla se hubieran disipado de golpe.

—Por aquí —dijo.

Giró hacia un corredor estrecho que Celeste no había visto antes. Estaba oculto tras un tapiz polvoriento, detrás de una armadura que nadie limpiaba desde hacía años. Una puerta diminuta, de madera oscura, cedió con un leve chirrido al empujarla.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Celeste.

—Los pasadizos. Recorren todo el castillo. Solo los conoce la familia real.

—¿Cómo los conoces tú?

Nicolás no respondió. Ya estaba dentro del túnel, donde la luz de la luna no llegaba y solo el polvo flotaba en el aire. Tomó una antorcha del pasillo y la encendió con un gesto rápido.

—No lo sé —dijo al fin— Pero mis pies sí lo saben.

Siguieron avanzando. El túnel era estrecho, húmedo. Las paredes de piedra estaban frías al tacto y el suelo irregular les obligaba a caminar con cuidado. Celeste se recogió el vestido. Lan iba detrás, pendiente de cada sombra. La antorcha de Nicolás iluminaba apenas unos metros por delante.

—Más adelante hay una bifurcación —dijo Nicolás sin girarse— Dos caminos. El de la izquierda va a las celdas. El de la derecha, al salón del trono.

—Entonces vamos a la derecha —dijo Lan.

—Sí. Al llegar, doblamos a la derecha.

Siguieron caminando. El polvo flotaba en el aire. Las sombras bailaban sobre las paredes.

Y entonces Nicolás la vio.

Al fondo del pasillo, una muchacha de cabello castaño caminaba descalza. Llevaba un vestido azul que le rozaba los tobillos. Estaba de espaldas.

Nicolás se detuvo en seco.

—¿Quién es esa? —dijo.

Lan miró.

—¿Quién?

—Esa. La muchacha del vestido azul. Ahí delante.

Lan entrecerró los ojos.

—No hay nadie.

—Sí hay. —Nicolás alzó la voz— ¡Eh!

La muchacha no se giró. Siguió caminando. Nicolás echó a andar tras ella.

—¡Nicolás! —Celeste y Lan corrieron detrás de él.

La muchacha dobló una esquina. Nicolás la siguió. Doblaron otra. La muchacha iba delante, flotando más que caminando, sin hacer ruido.

Llegaron a la bifurcación. Dos túneles. La muchacha se detuvo en el centro. Se giró.

Nicolás se quedó sin aliento.

Era joven. No tendría más de diecisiete o dieciocho años. Tenía el cabello castaño recogido en una trenza suelta y los ojos marrones. Su vestido azul estaba impecable. Tenía las manos manchadas de tinta.

—Quiere que la siga —dijo Nicolás.

—No hay nadie —insistió Lan— Estás hablando solo. Y tenemos que ir a la derecha. Tú lo dijiste.

La muchacha dio un paso hacia la izquierda. Nicolás la siguió.

—Nicolás —Lan le sujetó del brazo— La espada está en el salón del trono. A la derecha.

—Lo sé.

—Entonces, ¿qué haces?

Nicolás se soltó.

—Ella quiere que vaya.

—¿Quién?

—No lo sé todavía. Pero voy a averiguarlo.

—No puedes seguir a alguien que no está ahí.

—Está ahí. Yo la veo.

—Nosotros no.

Nicolás miró a su hermano, a Celeste. Luego otra vez a la muchacha, que seguía esperándolo en el túnel de la izquierda.

—Confía en mí —dijo.

Lan apretó la mandíbula. No dijo nada. Pero lo soltó.

Nicolás se internó en el túnel de la izquierda. La muchacha iba delante, flotando, sin hacer ruido. Las paredes se estrecharon. El aire se volvió más frío. La antorcha empezó a consumirse.

—Nicolás —dijo Lan, a su espalda— Si esto no lleva a ninguna parte...

—Lleva.

Al final del pasillo, la muchacha se detuvo frente a una puerta de hierro. La abrió sin hacer ruido. Nicolás la vio entrar y la puerta se cerró tras ella.

—Ha entrado ahí —dijo.

—No había nadie —dijo Celeste.

—La he visto. Ha abierto la puerta y ha entrado.

Llegó a la puerta de hierro. La empujó.

La sala era grande y abovedada, con las paredes cubiertas de humedad. Una hilera de celdas con barrotes de hierro se alineaba en la pared del fondo. La mayoría estaban vacías.

—¿Dónde está? —Nicolás alzó la antorcha— La he visto entrar. Tiene que estar aquí.

Recorrió la sala con la mirada. Las celdas vacías. El suelo de piedra. Las sombras.

Y entonces la vio.

No era la muchacha del vestido azul. Era otra cosa.

En la última celda, una mujer estaba sentada contra la pared, con las rodillas pegadas al pecho. Llevaba un vestido que alguna vez fue azul, con bordados de hilo de plata. Pero la tela estaba sucia, raída, descolorida. Le quedaba corto de brazos y piernas, como si lo hubiera usado durante años. Los bordados colgaban en hilachas.

Sus mejillas estaban hundidas. Los pómulos marcados. Los labios agrietados. El pelo sucio y apelmazado.

Nicolás se acercó. La antorcha iluminó su rostro.

La mujer levantó la cabeza. Sus ojos marrones, apagados por años de encierro, lo miraron fijamente. Parpadeó una vez. Dos veces. Y entonces su rostro se iluminó.

—¿Nicolás? —dijo, con una voz ronca, apenas un susurro.

Nicolás se quedó clavado.

—¿Me conoces?

—Claro que te conozco. —La mujer se incorporó con dificultad, aferrándose a los barrotes. Le temblaban las piernas, pero su mirada era firme— Eres Nicolás. El guardia que no recordaba nada. El que me miraba como si yo fuera lo único importante en el mundo.

—Te vi —dijo Nicolás— En los pasadizos. Eras joven. Llevabas el vestido limpio. Ibas descalza. Me guiaste hasta aquí.

—Hace años que no salgo de esta celda. —La mujer negó con la cabeza— No sé qué has visto. Pero lo que sea que te haya traído... —Lo miró a los ojos— Me alegro de que lo hiciera.

—¿Quién eres? —preguntó Celeste, en voz baja.

—Me llamo Mikeila —dijo la mujer.

Celeste se adelantó. No quería ser brusca, pero necesitaba entender.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí?

Mikeila se pasó la lengua por los labios agrietados.




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