Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 14: La otra estrella 

El salón del trono estaba en penumbra. Las velas se habían consumido casi por completo y solo quedaba el resplandor de la luna entrando por los ventanales. La armadura seguía junto al trono, sobre el estrado de mármol. La espada de Elena brillaba débilmente entre sus manos enguantadas.

Tres guardias vigilaban la sala. Dos estaban junto a la puerta principal, al fondo, con las lanzas apoyadas contra el hombro. Hablaban en voz baja, las cabezas juntas. El tercero estaba de pie junto al trono, al lado mismo de la armadura. Con la espalda recta y la mano en la empuñadura. Ese era el problema.

Lan y Nicolás observaban desde detrás de un tapiz, al otro extremo del salón. La puerta del pasadizo estaba oculta allí, disimulada entre los pliegues de tela polvorienta.

Avanzaron por el túnel en silencio. La antorcha de Nicolás iluminaba apenas las paredes de piedra. De repente, se detuvo.

—Espera —dijo.

—¿Qué pasa?

—Ahí fuera. ¿Lo oyes?

Lan aguzó el oído. Al otro lado de la pared del pasadizo, unos pasos. Pasos solitarios. Un guardia haciendo la ronda nocturna.

—Es un guardia —susurró Nicolás— Va solo.

—¿Y?

—Que necesitas su uniforme. Si vas vestido de guardia, podremos entrar al salón del trono sin problemas. Yo me encargo.

Nicolás buscó con los dedos el mecanismo oculto de la pared. Una puerta diminuta se abrió sin ruido. Al otro lado, un pasillo secundario, débilmente iluminado por una antorcha. El guardia caminaba de espaldas a ellos, con la lanza al hombro.

Nicolás salió sin hacer ruido. Dos pasos largos y ya estaba detrás de él. En un solo movimiento, le rodeó el cuello con el brazo y le tapó la boca. El guardia forcejeó, pataleó, pero Nicolás ya lo tenía bien sujeto. Le aplicó presión en el cuello, justo en el punto que corta la respiración sin matar. El guardia se debatió unos segundos, cada vez más débil, hasta que se le cerraron los ojos.

—Ayúdame —dijo Nicolás.

Entre los dos arrastraron al guardia al interior del pasadizo. Nicolás le quitó la armadura, la cota de malla, el casco. Lan se despojó de la chaqueta azul y se puso el uniforme. Le quedaba un poco grande, pero en la penumbra del salón nadie lo notaría.

—¿Y él? —preguntó Lan, señalando al guardia inconsciente.

—Déjalo aquí. Cuando despierte, no sabrá qué pasó.

Apoyaron al guardia contra la pared del pasadizo. Lan se colocó el casco. La visera le cubría media cara.

—¿Qué tal estoy?

—Como un guardia de verdad.

—Eso espero. Vamos.

Salieron del pasadizo al pasillo principal. Nicolás iba delante, con paso firme. Lan lo seguía, con la lanza en la mano y el casco cubriéndole el rostro.

—Tú no digas nada —murmuró Nicolás— Si alguien te habla, asiente.

—¿Y si me preguntan algo?

—Eres el nuevo. Los nuevos no hablan.

Llegaron al salón del trono. La puerta principal estaba entreabierta. En el interior, tres guardias. Dos junto a la entrada, uno junto al trono.

—Relevo —anunció Nicolás— La reina ordena que refuercen el ala norte.

Los dos guardias de la puerta asintieron y salieron. El guardia del trono se quedó donde estaba, con la espalda recta y la mano en la empuñadura.

Entonces Lan derribó una armadura decorativa.

La armadura se estrelló contra el suelo de mármol. El yelmo salió rodando hasta los pies del guardia. Las piezas metálicas se desparramaron por todas partes.

Nicolás cerró los ojos un instante. Apretó la mandíbula. «No llames la atención», le había dicho. «Eres el nuevo, los nuevos no hablan». Y el novato acababa de tirar al suelo una armadura de dos metros.

—¡Lo siento! —exclamó Lan— ¡Lo siento mucho! No la vi, iba caminando y me tropecé, es que soy nuevo, solo llevo dos días y todavía no conozco el castillo, y hay tantas armaduras que no sé cuáles son de verdad y cuáles de mentira, y...

El guardia del trono se giró. Miró a Nicolás con una ceja alzada.

—¿De dónde has sacado a este?

—No lo sé —murmuró Nicolás— Me lo asignaron esta mañana

—Pues menuda joya.

El guardia se acercó a Lan, que seguía de pie entre los restos de la armadura, con los brazos abiertos y el casco torcido.

—Tranquilo, muchacho. No es para tanto.

—Es que la he roto. ¿Esto se puede arreglar?

—Luego la recogemos. Vamos, ayúdame a levantarla.

—Sí, señor. Gracias, señor.

El guardia se agachó para sujetar la armadura por el torso. Lan hizo lo mismo, pero en lugar de levantar, levantó la vista hacia Nicolás.

Nicolás se acercó por la espalda, le rodeó el cuello con el brazo y le tapó la boca. El guardia forcejeó, pero ya era tarde. Unos segundos después, cayó inconsciente.

—«No llames la atención» —dijo Nicolás, mientras depositaba al guardia en el suelo— «Eres el nuevo, los nuevos no hablan». Y tú vas y tiras una armadura.

—Se me ha caído de verdad.

—No sé si creerte.

—¿Tú crees que yo puedo fingir algo así?

Nicolás lo miró. Lan le sostuvo la mirada, con el casco todavía torcido.

—No —admitió Nicolás— No puedes. Vamos a por la espada.

Lan corrió hacia el estrado, rodeó la armadura y deslizó los dedos por la empuñadura de la espada. La hoja salió sin hacer ruido. La triqueta brilló bajo la luna.

—La tengo.

—Vámonos.

Corrieron hacia el pasadizo. Cerraron la puerta tras ellos. Mientras se internaban en los túneles, oyeron los primeros gritos a su espalda.

—¡Atrápenlos!

—¡La espada! ¡Se llevan la espada!

Pero ellos ya estaban lejos. La espada de Elena iba en la mano de Lan, la triqueta brillando a cada paso. Los gritos se fueron apagando hasta que solo quedó el silencio de los pasadizos y la respiración agitada de los dos hermanos.

Cuando llegaron a las cocinas, Celeste y Mikeila aún no habían vuelto.

—¿Dónde están? —preguntó Lan, jadeando.

—No lo sé. Dijeron que esperarían aquí.

—Esperaron demasiado. Debieron oír los gritos.




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