Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 15: El precio de la traición

Las ventanas estaban ya tapiadas. El viento había dejado de colarse. Solo quedaba el resplandor del fuego que Nicolás había encendido en la chimenea.

Mikeila descansaba en el camastro, con los ojos cerrados pero sin dormir del todo. Nicolás se sentó con la espalda apoyada contra la pared, cerca de la puerta, y se apoyó la espada sobre las rodillas. Leah se hallaba junto a la ventana tapiada, escuchando el silencio del bosque.

Lan abrió la mochila y sacó una de las cantimploras. La agitó. Quedaba poca agua.

—Tenemos esto —dijo, mostrándoselo a Celeste— Y algo de pan duro. No es suficiente para todos.

—Sobre todo para Mikeila —dijo Celeste, mirando a la princesa que estaba en el camastro. Sus labios estaban agrietados, y sus mejillas hundidas. —Le hace falta agua y comer. Se encuentra muy débil.

—No podemos estar mucho tiempo aquí —dijo Leah— Sarah nos va a buscar.

—Lo sé —respondió Nicolás— Pero Mikeila no puede caminar. Necesita descansar y comer algo antes de moverla.

Mikeila abrió los ojos.

—No voy a morirme por un poco de hambre —dijo, con voz débil pero firme— Pero agua... agua sí necesito.

—Hay un arroyo cerca —dijo Leah— El que cruzamos. Puedo ir yo sola. Ya vuelvo.

—Te acompaño —dijo Lan.

Leah lo miró. No preguntó el porqué.

—Como quieras.

Lan metió en la mochila la cantimplora vacía y se la echó al hombro.

Nicolás asintió con la cabeza.

—Nosotros nos quedamos. Protegemos la cabaña.

Lan y Leah salieron al bosque. La puerta se cerró tras ellos.

El silencio invadió de nuevo la cabaña. Solo el fuego crujía y la respiración débil de Mikeila.

Celeste se sentó al lado del camastro. Tenía el diario de su padre en las manos. Lo había sacado del bolsillo del vestido sin pensar.

—¿Puedo leerlo en voz alta? —preguntó— Me ayuda a pensar.

—Como quieras —respondió Mikeila, con los ojos cerrados.

Celeste abrió el diario por la primera página, y leyó en voz baja. La letra de su padre era pequeña, apretada.

“No sé cómo llegué hasta aquí. Una luz. Un libro. Y de pronto ya no estaba en mi habitación. Estaba en un bosque que olía a tierra húmeda y a algo que no podía nombrar. Al principio creí que estaba soñando. Los árboles, sin embargo, se sentían verdaderos bajo mis dedos. El miedo era real.”

Mikeila escuchaba en silencio.

"Hoy conocí a una chica. Su nombre es Elena. Me encontró perdido en el bosque y en vez de matarme, me ofreció pan. Tiene los ojos más verdes que he visto en mi vida. Y una mirada que te atraviesa. No sé si debería confiar en ella. Pero no tengo a nadie más."

Celeste pasó la página. Continuó leyendo.

"Elena me enseñó a pescar hoy. Me reí. Ella también. Nunca la había visto reír. Tiene una sonrisa que ilumina todo el bosque. Quiero quedarme aquí para siempre."

"Me pidió que no me fuera. Le dije que tenía que volver. Me preguntó por qué. No supe responderle. Solo sé que no pertenezco a este mundo. Pero cada noche que paso aquí, me pregunto si mi mundo es realmente el mío."

Llegaron a la mitad del diario. Celeste pasó una página. Y se detuvo.

—¿Qué pasa? —preguntó Mikeila, abriendo los ojos.

—Falta una mitad.

Mikeila se incorporó con esfuerzo y miró el libro. El borde irregular, las palabras cortadas.

"...la puerta no está en el lugar..."

"...se abre solo cuando..."

"...el precio que pagué..."

—Siempre estuvo así —dijo Mikeila, recostándose otra vez.

—¿Siempre?

—Cuando lo leí de niña, ya faltaba esa parte. No le di importancia. Creí que se había roto con el uso.

Celeste pasó los dedos por el borde arrancado. Miró las palabras sueltas.

—Alguien la arrancó —dijo— A propósito.

—Puede ser.

—¿Quién?

—No lo sé. —Mikeila cerró los ojos— Pero si tu padre escribió cómo volver a su mundo, quizás alguien no quería que ese secreto se supiera.

—O quería guardarlo para sí mismo.

—También.

Celeste cerró el diario y lo apretó contra su pecho.

—Voy a buscar esa página —dijo.

—¿Cómo?

—No lo sé. Pero alguien la tiene. Y la voy a encontrar.

Mikeila se quedó callada. El fuego crepitaba.

Afuera, en el bosque, Lan y Leah caminaban en silencio entre los árboles. Lan seguía a Leah con los puños apretados. Ella caminaba delante, sin mirar.

Llegaron hasta el arroyo. Bajo la luna, el agua corría y brillaba rápidamente.

—Llena las cantimploras —dijo Leah, sin ofrecer su ayuda.

Lan no hizo movimiento alguno.

—No voy a llenar nada hasta que me digas una cosa.

Leah se giró. Lo miró.

—¿Qué?

—Cuando entraste en aquel cuarto. Cuando la ataste. ¿Sentiste algo?

Leah le sostuvo la mirada.

—No.

—¿Nada?

—Yo solo hice lo que me mandaron hacer.

Lan soltó una risa amarga.

—Eso es peor.

–Ya lo sé.

—¿Sabes cómo la encontré? Atada a la cama. Con un trapo en la boca. Sangrando. Sus ojos me miraron como si el mundo se hubiera roto.

Leah bajó la vista.

—No voy a disculparme.

—¿Por qué no?

—Era mi misión en ese momento. Y yo la cumplí.

Lan apretó los puños.

—¿Y ahora?

—Ahora es diferente.

—¿Por qué? ¿Por qué sabes que somos hermanos? ¿Eso cambia lo que hiciste?

Leah levantó la vista.

—No. No cambia nada. Sigo siendo quien hizo todo eso. Pero ahora sé que estuve del lado equivocado.

—Y quieres cambiarte de bando.

—Quiero intentarlo.

—Eso no es suficiente.

—Lo sé.

Lan lo miró unos instantes más. Se dio la vuelta, se arrodilló al lado del pequeño río y llenó las cantimploras. El agua estaba helada. No dijo nada más.

Terminó de llenarlas y abrió la mochila para guardarlas. Luego miró el paño de lino que estaba en el fondo. Lo sacó. Dentro, envuelta con cuidado, estaba la pulsera de plata con la triqueta.




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