Secret book la luz de la verdad 1

Capítulo 16: El camino a Fairwyn

El bosque estaba en calma. Demasiado en calma. Las ramas no se movían. Los pájaros no cantaban. Solo el sonido de sus pasos sobre las hojas secas y la respiración débil de Lan.

Nicolás lo cargaba sobre los hombros. Leah iba delante, con la espada desenvainada. Celeste caminaba al lado de Lan, atenta a su respiración. Mikeila iba detrás, envuelta en la manta que Nicolás le había dado, apoyándose en un bastón que encontró junto a la puerta de la cabaña.

Nadie hablaba.

El humo de la herida de Lan seguía saliendo. Débil, constante.

Llevaban un par de horas caminando cuando escucharon un ruido de ruedas. Nicolás hizo una seña y todos se detuvieron. Detrás de unos arbustos apareció una carreta tirada por un caballo flaco. El conductor era un campesino mayor, de barba gris y manos encallecidas. Los miró con desconfianza.

—¿Qué les pasó? —preguntó.

—Nos atacaron —respondió Nicolás— Necesitamos llegar a Fairwyn.

El hombre dudó. Miró la herida de Lan.

—Eso no es una herida normal.

—Lo sabemos.

—Si me ven con un herido así, la guardia me va a...

—Por favor —dijo Celeste, adelantándose— Se va a morir.

El hombre la miró. Suspiró.

—Suban. Pero si alguien pregunta, no me conocen.

La carreta iba cargada de sacos de harina y verduras. Hicieron espacio como pudieron. Tumbaron a Lan sobre los sacos, con la cabeza apoyada en el regazo de Celeste. Mikeila se acurrucó entre los sacos, envuelta en su manta. Nicolás se sentó junto al campesino, en la parte delantera. Leah iba atrás, con la espada apoyada en la rodilla, vigilando el bosque.

El traqueteo de la carreta era un recordatorio constante de la fragilidad de sus vidas. El campesino no hablaba; azuzaba al caballo flaco con un nerviosismo palpable, como si temiera que el humo negro que brotaba del pecho de Lan fuera a contagiar la madera del carro.

Mikeila miraba pasar los árboles con una expresión de absoluto asombro. El verde de las hojas parecía herirle los ojos, demasiado brillantes, demasiado reales tras más de una década de gris.

—Llegaremos pronto —susurró Nicolás, aunque sus ojos no se apartaban del horizonte, buscando las patrullas de Sarah que Leah aseguraba que estarían al acecho.

—Fairwyn está a unas horas de aquí —dijo el hombre— Si hubieran seguido a pie, habrían tardado dos días.

—Se lo agradecemos —dijo Nicolás.

—No me lo agradezcan. Solo quiero que se vayan rápido de mi carreta.

Nadie habló durante el viaje. Solo el ruido de las ruedas y el respirar débil de Lan.

Cuando el sol estuvo alto, el pueblo apareció entre los árboles. Las calles de tierra. Los techos de paja. El olor a pan y a cuero. Celeste reconoció el pozo, la fuente seca con la estatua decapitada. Todo igual. Pero ahora ella llevaba una pulsera de plata en la muñeca, Lan estaba herido, y habían traído a dos hermanos perdidos y a una princesa olvidada.

El campesino los dejó en las afueras, cerca del taller de Marcus.

—Aquí bajan —dijo— No puedo entrar al pueblo. Me conocerían.

—Gracias —dijo Nicolás— De verdad.

—Cuiden al herido. —El hombre miró a Mikeila —Y a la muchacha esa. Parece que ha visto cosas peores que la guerra.

Se fue.

Marcus estaba en la puerta del taller, barriendo el umbral con una escoba de ramas secas. Tenía el delantal de cuero puesto, las manos manchadas de grasa y polvo.

Nicolás se detuvo. El corazón le golpeó el pecho con una fuerza que no esperaba.

—Papá —dijo.

La palabra salió sola, sin pensarlo. Era la voz de un niño que hacía mucho tiempo que quería decirla.

Marcus levantó la vista.

La escoba se le resbaló de las manos y golpeó el suelo con un golpe seco.

—Nicolás... —dijo, y la voz le quebró.

Dio un paso. Luego otro. Sus manos, grandes y callosas, temblaban.

—Estás vivo —susurró— Estás vivo.

—Sí —dijo Nicolás. Tenía los ojos brillantes, pero no dejó caer ninguna lágrima. —Estoy aquí.

Marcus levantó una mano, como si fuera a tocarle el rostro, pero se detuvo a medio camino. Como si tuviera miedo de que Nicolás fuera un fantasma que desaparecería al contacto.

—Lo siento —dijo Nicolás—Lo siento por no haber vuelto.

—No —dijo Marcus, y su voz se volvió firme— No te disculpes. Tú no tienes nada que perdonar.

Entonces su mirada se desvió hacia atrás, hacia el grupo. Vio a Lan, apoyado en Leah, el humo negro saliendo de su pecho.

—¿Qué pasó?

—Sarah —alcanzó a decir Lan, con voz débil.

Marcus apretó los labios. No preguntó más. No era momento.

—Entren —dijo— Rápido.

Y entonces miró a Leah. La que sostenía a Lan. La que llevaba una armadura de cuero negro y una espada a la espalda.

La examinó un instante. Los ojos. La forma de la mandíbula. Algo en su rostro cambió.

—¿Quién eres? —preguntó.

Leah abrió la boca para responder, pero Lan tosió. Un poco de sangre le manchó los labios.

—Adentro —dijo Marcus, sin esperar respuesta— Ahora no. Después.

Tumbaron a Lan sobre la mesa del comedor. La madera crujió bajo su peso. Lan cerró los ojos. El humo seguía saliendo de su pecho, lento, constante.

Marcus se inclinó sobre Lan. Con un trapo limpio, limpió el borde de la herida. El humo negro se retorció al contacto con la tela, como si la rechazara. Marcus observó cómo el humo volvía a formarse, más espeso que antes.

—Esto no es suficiente —dijo, dejando el trapo a un lado— Una limpieza no va a detenerlo.

—¿Qué necesitas? —preguntó Celeste.

—El libro. El de las recetas. Está en mi habitación. Segundo cajón de la cómoda. Tráelo, Nicolás.

Nicolás asintió y subió las escaleras. Volvió con un libro grueso, de tapas de cuero oscuro, gastado por los años. Se lo tendió a Marcus.

Marcus lo abrió sobre la mesa, pasando páginas amarillentas con letra apretada. Buscaba algo. Leah se acercó, mirando por encima de su hombro.

Entonces lo vio.




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