Secreto anonimo

LA NOTA

El sonido del tráfico se filtraba por la ventana entreabierta, un murmullo distante que Isobel apenas registraba. Llevaba horas sentada en el sofá, mirando un punto fijo en la pared, como si allí hubiera algo que los demás no alcanzaban a ver. Desde el accidente, su mente se había vuelto así: atrapada entre el presente y un pasado que insistía en morderla desde atrás.

El teléfono vibró sobre la mesa. Un solo mensaje. Un solo número desconocido.

Ella no quiso tocarlo al principio. Desde su internación, sus padres habían insistido en que evitara cualquier cosa que pudiera alterarla. Pero la vibración se repitió, insistente, como si el aparato respirara.

Con un temblor leve en los dedos, desbloqueó la pantalla.

Había solo una línea.

“Tú sabes que no fue un accidente.”

Isobel se quedó inmóvil, el corazón latiéndole en la garganta. Por un instante, el aire pareció desaparecer de la habitación.

No, no… No podía ser. Ella había pasado meses tratando de convencer a todos —y a sí misma— de que la culpa que llevaba clavada en el pecho era solo producto del duelo. Los médicos la habían mirado con esa expresión clínica, fría, que decía imaginación, ansiedad, trauma.

Pero leer esas palabras… así, sin contexto… sin explicación…

El teléfono resbaló de sus manos y cayó al piso.

—No —susurró—. No otra vez…

La imagen del coche destrozado le atravesó la mente como un relámpago. El metal retorcido. El olor a gasolina. El silencio. Él…

Cerró los ojos con fuerza, queriendo expulsar el recuerdo, pero el pasado se aferraba a ella como manos heladas alrededor de su cuello.

Inspiró hondo. Tenía que ser una broma macabra. Internet estaba lleno de gente cruel. Quizá alguien sabía de su historia. Su familia era discreta, sí, pero no lo suficiente. Cualquier persona podía haber visto las noticias, los artículos sensacionalistas, los susurros en redes sociales.

Y sin embargo… algo dentro de ella, una parte que nunca había logrado silenciar del todo, le dijo que esto era diferente.

Cuando al fin se levantó para recoger el teléfono, una sombra cruzó por el pasillo. Isobel se sobresaltó.

—¿Mamá?

No hubo respuesta.

—¿Papá?

Silencio.

Cerró los ojos un segundo. Estás cansada. Solo eso. No empieces otra vez.

Camino hacia el corredor, encendió la luz. Nada. La casa estaba tal como la había dejado: ordenada, silenciosa, casi demasiado limpia. Su madre había insistido en que volver a vivir con ellos era lo mejor, al menos por ahora. Un entorno controlado. Seguro. Tranquilo.

Pero para Isobel, esa casa se había convertido en una jaula de cristal donde cada pensamiento se escuchaba demasiado fuerte.

De regreso al salón, abrió nuevamente el mensaje. Esta vez notó un archivo adjunto, una fotografía borrosa. Su pulso se aceleró mientras la imagen cargaba.

Lo que vio la paralizó.

Era la escena del accidente. La misma posición del auto. El mismo ángulo. Pero esta fotografía… esta no era la que la policía había mostrado. No tenía marca de tiempo, ni sello oficial. Y había algo más.

En la esquina inferior, casi oculto en la oscuridad, se veía la silueta de una persona. Un hombre, o eso parecía, de pie… mirando fijamente hacia el coche destrozado.

Un testigo.

Un testigo del que nunca le habían hablado.

Isobel sintió el estómago caerle como un peso muerto.

—¿Quién eres? —musitó—. ¿Por qué me envías esto?

Como si el teléfono la escuchara, vibró de nuevo.

“La verdad está más cerca de lo que crees.”

Su respiración se hizo rápida, irregular.

Su terapeuta le había dicho que no confiara en impulsos, que su mente podía jugarle trucos, que debía mantener distancia. Pero esto… esto no podía ignorarlo.

Miró alrededor y se sintió observada dentro de su propia casa.

Y, por primera vez en meses, una chispa que parecía extinta dentro de ella se encendió.

No sabía quién estaba detrás de esos mensajes.

No sabía si querían ayudarla… o destruirla.

Pero sí sabía una cosa:

No había terminado con ese pasado. Y ese pasado tampoco había terminado con ella.

Isobel tomó su abrigo.

Saldría. Tenía que comprobar algo.

Antes de cerrar la puerta, miró su reflejo en el espejo del pasillo. Ojos cansados, ojeras profundas, cabello revuelto. Una mujer sostenida más por voluntad que por equilibrio.

—No estoy loca —se dijo en voz baja—. No lo estoy.

Aunque, por primera vez, no estaba segura de que alguien fuera a creerle.




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