Secreto anonimo

LO QUE FALTA

El aire nocturno golpeó a Isobel en cuanto salió de la casa. No era frío, pero la hizo estremecerse igual. Quizá era la adrenalina; quizá era el miedo que llevaba semanas intentando contener bajo capas de calma fingida. Caminó rápido hacia su coche estacionado frente a la acera, aunque dudó antes de tocar la manija.

Había pasado meses evitando manejar. El simple acto de sentarse frente a un volante le evocaba el instante exacto en que su vida se partió en dos. Pero necesitaba salir, ver algo con sus propios ojos. Algo que el mensaje había despertado. Algo que la inquietaba desde el fondo más oscuro de su memoria.

Respiró hondo y se obligó a entrar.

Las manos le temblaron al meter la llave. La radio, que su madre había puesto antes para “levantar el ánimo de la casa”, encendió con un volumen demasiado alto. Isobel la apagó de inmediato. El silencio fue un alivio.

—Solo conduce —se dijo a sí misma.

Y lo hizo.

El camino hacia el lugar del accidente seguía grabado en su cuerpo, aunque había intentado olvidarlo. Cada curva le parecía conocida, cada sombra de los árboles le provocaba un escalofrío. No había tráfico; apenas unas luces lejanas de casas bien dormidas. La noche olía a tierra húmeda.

Cuando llegó al tramo donde la carretera se estrechaba, algo en su pecho se encogió.

Allí.

Ese era el punto.

Detuvo el coche y apagó el motor. Todo quedó envuelto en una quietud inquietante, como si el mundo contuviera la respiración.

Isobel bajó y caminó lentamente hacia el borde del asfalto. Allí, entre la maleza, aún quedaban rastros que no habían logrado desaparecer: un poste torcido, marcas casi borradas de frenado, un pedazo de vidrio que reflejaba la luz de la luna.

Pero no era eso lo que buscaba.

Buscaba lo que faltaba.

Encendió la linterna del teléfono y apuntó hacia la cuneta. Su corazón latía con fuerza, demasiado rápido. ¿Qué esperaba encontrar? ¿Una señal? ¿Un recuerdo que la ayudara a recomponer la secuencia de aquella noche? ¿O una confirmación de que el mensaje no era fruto de su mente agotada?

Dio un paso más… y entonces lo vio.

Una huella.

No de zapatos recientes; estaba marcada en el barro seco, parcialmente cubierta por hojas. Pero era humana. Del tamaño aproximado de un hombre.

Isobel tragó saliva.

Podía ser de cualquiera, se dijo. Caminantes. Curiosos. Policías. No significaba nada.

Pero había algo extraño. La huella no estaba orientada hacia la carretera, sino hacia el bosque, como si alguien hubiese estado de pie observando… no el accidente, sino escapando de él.

—No… —susurró, sintiendo que el aire se volvía más pesado—. No puede ser.

Su cerebro buscó una explicación lógica, pero la lógica se le estaba desmoronando igual que su vida antes del internamiento.

Sacó su teléfono y enfocó mejor. Entonces, entre la maleza, distinguió algo más.

Un trozo de tela.

Pequeño, oscuro, y atrapado en una rama baja, como arrancado con violencia.

Se agachó, lo tomó con cuidado. Era grueso, áspero. Parte de una chaqueta, quizás. La luz de su linterna tembló sobre el hilo rasgado.

Un zumbido repentino la hizo saltar.

Su teléfono.

Otro mensaje.

La pantalla se iluminó, cortando la oscuridad con un brillo brusco.

“Nunca buscaste lo suficiente.”

Isobel sintió que se le erizaba la piel.

Miró alrededor, con un miedo antiguo e instintivo. No había nada. No había nadie. Solo árboles y sombras y el eco de su propia respiración acelerada.

Pero entonces… algo crujió entre las hojas.

Una rama.

Rompiéndose.

Demasiado cercana.

Isobel giró de golpe, levantando la linterna, pero el haz de luz solo reveló más bosque, más oscuridad, más silencio. Un silencio tan profundo que dolía.

—¿Hola? —su voz salió débil, quebrada.

Nada.

La razón le gritaba que se fuera. Su terapeuta estaría orgulloso si lo hacía. Su madre también. Incluso la policía, que llevaba meses insistiendo en que “vivir en el pasado no le hacía bien”.

Pero la chispa dentro de ella —esa que había despertado con el primer mensaje— ardía demasiado fuerte ahora.

No estaba imaginando cosas.

No esta vez.

Se guardó el trozo de tela en el bolsillo, retrocedió lentamente hacia su coche y apenas cerró la puerta, bloqueó los seguros.

Respiró, tratando de estabilizar su mente, pero otro mensaje llegó antes de que pudiera hacerlo.

“Tienes razón en no confiar en nadie.”

Isobel apretó el celular con fuerza.

Ella no había dicho nada. No había hablado con nadie. No había hecho ninguna llamada. ¿Cómo lo sabían?

¿La seguían?

La carretera estaba vacía, pero la sensación de ser observada era tan intensa que le oprimía el pecho.

Con un movimiento casi automático, encendió el coche y arrancó, alejándose del lugar con un miedo que no sintió ni siquiera la noche del accidente.

Porque, por primera vez, no tenía miedo del pasado.

Tenía miedo del presente.

Y de quienquiera que estuviera enviando esos mensajes.

Cuando llegó a casa, encontró las luces encendidas.

Su madre solía dejarlas apagadas para “ahorrar energía” y porque “la oscuridad ayuda a dormir mejor”.

Isobel sintió un escalofrío.

Entró despacio, dejando el abrigo en el perchero.

—¿Mamá? —preguntó en voz baja.

Silencio.

—¿Papá?

Nada.

Avanzó por el pasillo. La casa estaba demasiado quieta. Demasiado ordenada. Como si hubiera sido puesta en pausa. Cuando llegó a la cocina, se detuvo en seco.

Sobre la mesa, había un sobre blanco.

Con su nombre escrito a mano.

Su letra.

No recordaba haberlo escrito. No recordaba haber dejado nada allí.

No recordaba nada.

Sus dedos temblaron mientras lo abría.

Dentro había una sola hoja, doblada en tres.

La desplegó lentamente.

Y su corazón se detuvo.

Era una nota.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.