Isobel no gritó. A diferencia de las crisis que tuvo en la clínica, esta vez el miedo se transformó en algo frío, como el hielo. Miró su propia firma en el sobre blanco. No era un recuerdo perdido; era una evidencia de que su cuerpo hacía cosas mientras su mente estaba "en pausa". O peor: alguien le estaba robando la identidad dentro de su propia casa.
En lugar de quedarse mirando el papel, lo guardó en el bolsillo junto al trozo de tela. Si sus padres regresaban y la veían así, la sedarían. O la internarían de nuevo.
—No me van a encerrar otra vez —susurró para las paredes vacías.
Se dirigió al estudio de su padre, un lugar que siempre había respetado como territorio prohibido. Sabía que allí guardaban las cajas con las pertenencias que la policía rescató del coche de Julián. Sus padres decían que era "para no recordarle el trauma", pero ahora Isobel lo veía como lo que era: una confiscación de su pasado.
Encontró la caja bajo un montón de archivos viejos. Al abrirla, el olor a tabaco y colonia de Julián la golpeó, casi haciéndola perder el equilibrio. Pero no se detuvo. Buscó en los bolsillos de la chaqueta que él llevaba esa noche. Nada. Buscó en su billetera quemada. Nada.
Entonces, recordó algo. Julián siempre decía que "un buen secreto solo se guarda detrás de una costura".
Tomó un abrecartas del escritorio y rasgó el forro interior de la manga izquierda de la chaqueta de Julián. Un pequeño objeto metálico cayó sobre la alfombra.
No era una llave de casa. Era una llave de caja de seguridad de un banco, pequeña y pesada, con un número grabado: 402.
En ese momento, el teléfono de la casa sonó. No era el móvil. Era el fijo, ese que casi nadie usaba.
Isobel contestó, el corazón latiendo contra sus costillas. —¿Diga?
—La llave no abre una caja de banco, Isobel —la voz estaba distorsionada, mecánica, como si viniera de debajo del agua—. Abre el diario que Julián dejó en el apartamento de la calle 12. El que tú no sabías que él alquilaba.
—¿Quién eres? —exigió ella, apretando la llave hasta que le dolió la palma—. ¿Por qué me haces esto?
—Porque tú eres la única que puede terminar lo que él empezó. Pero date prisa. Tu padre no fue a recoger a nadie al aeropuerto. Está regresando del bosque.
La llamada se cortó.
Segundos después, el sonido de un motor se escuchó en la entrada. Las luces de un coche barrieron las paredes del estudio. Isobel cerró la caja a toda prisa, la escondió bajo el escritorio y salió al pasillo justo cuando la puerta principal se abría.
Entraron su madre y su padre. Ambos se detuvieron en seco al verla de pie, en la oscuridad del corredor.
—¿Izzy? ¿Qué haces despierta, cariño? —preguntó su madre con esa voz demasiado dulce que usaba para tratar a los enfermos.
—No podía dormir —dijo Isobel, manteniendo las manos en los bolsillos para ocultar el temblor.
Su padre se quitó la chaqueta. Al hacerlo, la manga de su camisa se subió un poco. Isobel se quedó sin respiración.
En el antebrazo de su padre había tres rasguños frescos, rojos y paralelos. Exactamente el tipo de marca que deja una rama de espino cuando alguien corre desesperado por un bosque oscuro.
Su padre notó su mirada. Bajó la manga de inmediato, con un gesto brusco, y le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—El aire de la noche es peligroso, Izzy. Deberías irte a la cama. Mañana tenemos que hablar de tu tratamiento.
Isobel asintió, pero por dentro, el mundo se había dado la vuelta. Sus padres no la estaban protegiendo del mundo. Estaban protegiendo al mundo —o a ellos mismos— de lo que ella pudiera descubrir.
Tenía una llave. Tenía una dirección: Calle 12. Y ahora sabía que su padre era el hombre que la vigilaba entre las sombras