Secreto anonimo

CALLE 12

Isobel cerró la puerta de su habitación con un clic casi imperceptible. Se quedó inmóvil, apoyando la espalda contra la madera, escuchando el eco de los pasos de su padre en el piso de abajo. Cada crujido de la casa se sentía como un dedo acusador.

No tenía tiempo. Si su padre realmente había estado en el bosque, si él era quien la vigilaba, no tardaría en notar que la caja de Julián había sido movida.

Se cambió los zapatos por unos más silenciosos y guardó la llave 402 en el fondo de su bota. Miró la ventana. Estaba a una altura considerable, pero el viejo roble del jardín extendía sus ramas como una escalera natural. Lo había hecho de adolescente para escapar a fiestas; ahora lo hacía para escapar de una pesadilla que vestía pijama y le daba las buenas noches.

El descenso fue lento. El aire frío le cortaba la cara y la corteza del árbol le raspó las palmas, pero no se detuvo hasta que sus pies tocaron el césped. Se escabulló por el lateral de la propiedad, evitando las luces con sensor de movimiento, y caminó tres calles antes de pedir un taxi desde una aplicación con un nombre falso que había configurado meses atrás, en uno de sus momentos de "paranoia" que ahora resultaban ser puro instinto de supervivencia.

—Calle 12 con la 45 —le dijo al conductor sin mirarlo a los ojos.

El trayecto fue un borrón de luces de neón y calles desiertas. Su mente no dejaba de repetir la imagen de la nota: era su letra. ¿Cómo podía haber escrito algo y no recordarlo? ¿Era posible que su "disociación", como decían los médicos, fuera en realidad una puerta abierta para alguien más? ¿O era ella misma, intentando enviarse mensajes desde el otro lado de su propia fractura mental?

El edificio en la Calle 12 era una construcción de ladrillo visto, desgastada por el tiempo y la humedad. No había portero, solo un teclado numérico viejo y una puerta de seguridad que crujió al abrirse. El apartamento estaba en el cuarto piso.

El pasillo olía a encierro y a productos de limpieza baratos. Cuando llegó a la puerta 4B, sacó la llave. Sus manos temblaban tanto que falló el primer intento.

—Vamos, Isobel... —susurró—. Concéntrate.

La llave giró. El sonido del cerrojo abriéndose fue como un disparo en el silencio del pasillo.

Entró y buscó el interruptor. La luz parpadeó antes de inundar un estudio pequeño pero pulcro. No parecía el nido de amor de un hombre infiel; parecía la oficina de un detective. Las paredes no tenían cuadros, sino mapas y recortes de periódicos sobre licitaciones públicas y accidentes de tránsito en la zona norte.

En el centro de la habitación, sobre un escritorio de metal, había un pequeño cofre de madera oscura.

Isobel se acercó, con el corazón martilleando en sus oídos. Introdujo la llave y la tapa se abrió con un gemido metálico. Dentro, envuelto en una tela negra, estaba el diario.

Pero no era un diario personal. Al abrir la primera página, Isobel sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No eran pensamientos de Julián. Eran registros de pagos, fechas y nombres. Y el primer nombre en la lista, subrayado en rojo, era el de su padre.

Debajo del nombre, una anotación con la letra firme de Julián decía: “Él sabe lo de la carga. Si me pasa algo, ella es la siguiente. No dejes que la mediquen. La medicación es para que olvide.”

Un ruido a sus espaldas la hizo girar de golpe. La puerta del apartamento, que ella estaba segura de haber cerrado, estaba entornada.

Una sombra se proyectó sobre el suelo del pasillo.

—Sabía que vendrías aquí, Izzy —dijo una voz.

No era la voz mecánica del teléfono. Era una voz que conocía de toda la vida. Pero no era su padre.

Era su madre, parada en el umbral, con una jeringuilla en la mano y una expresión de absoluta tristeza.

—Es hora de volver a casa, cariño. Estás empezando a imaginar cosas otra vez.

Isobel retrocedió hasta que sus pantorrillas chocaron contra el escritorio de metal. El frío del acero parecía filtrarse a través de sus jeans, pero no era nada comparado con el hielo que sentía en las venas.

Su madre, Elena, no se movía. Llevaba puesto su abrigo de lana impecable, el mismo que usaba para ir a misa o a las cenas de beneficencia. Pero bajo la luz amarillenta y parpadeante del apartamento, su rostro parecía una máscara de porcelana agrietada.

—No te acerques —advirtió Isobel, apretando el diario contra su pecho. Sus dedos se hundieron en la tela negra que lo envolvía—. Lo sé todo, mamá. Julián lo dejó escrito. Papá estaba allí esa noche.

Elena soltó un suspiro largo, casi cansado, como si estuviera lidiando con un berrinche infantil en lugar de una acusación de asesinato.

—Tu padre te ama, Izzy. Todo lo que hemos hecho, cada pastilla, cada sesión con el doctor Arango... ha sido para protegerte de ti misma. ¿No lo entiendes? El trauma te ha fragmentado. Estás viendo conspiraciones en los recibos de la luz y monstruos en los armarios.

—¡Él tiene los rasguños en el brazo! —gritó Isobel, su voz quebrándose—. ¡Y tú tienes una jeringuilla! ¿Eso también es parte de mi "fragmentación"?

Elena bajó la mirada hacia el objeto en su mano. La luz se reflejó en la aguja de acero inoxidable. —Es un sedante suave. Estás teniendo un episodio maníaco, cariño. Viniste a este lugar... a este nido de mentiras que Julián construyó para extorsionarnos. Él no era quien tú creías. Él nos estaba destruyendo, Isobel. Estaba usando lo que sabía de la empresa para desangrar a tu padre.

—Mientes —susurró Isobel, aunque una semilla de duda, pequeña y venenosa, se plantó en su mente.

—¿Por qué crees que el coche se salió de la carretera? —Elena dio un paso al frente, su voz bajando a un tono confesional y aterrador—. Julián sabía que lo habíamos descubierto. Esa noche, él no intentaba salvarte. Intentaba huir contigo como rehén. Tu padre solo intentó detenerlo.

De repente, el teléfono de Isobel vibró en su bolsillo. Un zumbido violento que la hizo saltar. Elena se detuvo, sus ojos clavados en el bolsillo de su hija.




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