Secretos compartidos

capítulo 3

Aysel

Hermana - Michel toca la puerta del baño

No hay disfraz que pueda ocultar el amor mucho tiempo donde lo hay, ni fingirlo donde no lo hay." — François de La Rochefoucauld

— Hermana — Michel toca la puerta del baño.

Abro la puerta y salgo, envuelta en el vapor de la ducha.

—Se te está haciendo costumbre eso de estar interrumpiéndome cuando me estoy bañando —esto ha sucedido más de lo que puedo tolerar.

—Ya, solo quiero decirte que tenemos que ir al casting del que te hablé, entonces date prisa —me lanza un beso y luego se va.

¡Ahg, se me olvidó que tengo que acompañarla al casting de modelaje!

Hace unos días Michel me lo comentó, pero se me olvidó. Entro al baño y me doy una ducha rápida.

Me visto con una blusa blanca, mi favorita.

—Vámonos, Michel —llamo a mi hermana, quien me espera sentada en el sofá.

—Vamos, hermana. La fama nos espera.

Suelto una risa ante su comentario. Aunque no lo diga en serio, Michel siempre ha sido una soñadora.

—¿Estás segura de que es aquí? —me volteo a verla.

—Claro, un casting de una empresa tan famosa en un hotel de cinco estrellas —me dice ella, acercándose y tomándome de la mano.

—Vamos a entrar.

He ido a hoteles antes, pero nunca a uno de cinco estrellas como este. Me encanta. El lobby es inmenso, la decoración ostentosa: blancos, plateado, negro… las plantas y flores le dan un aire de sofisticación y tranquilidad al lugar.

—Hola, ¿me puede decir dónde está el casting de la compañía Osmanoglu? —le pregunto a la recepcionista.

—Él las llevará —responde ella, señalando al botones.

—Por aquí, señoritas —nos dice el botones con amabilidad.

—Guau, mira cuántas chicas hay, hermana —Michel tira de mi mano y nos sentamos a esperar.

—Espera aquí —ella se levanta y me pone su bolso en el regazo—. Iré a anotarme, vuelvo enseguida.

La veo anotarse en unos papeles.

—Señorita número 39 y número 40, pasen por aquí.

—Vamos, nos están llamando —dice Michel emocionada, y me arrastra hasta la plataforma donde se toman las fotos.

—Bien, oye hermana. Te traje aquí porque es una audición para dos modelos, entonces tú serás mi acompañante.

—¿Qué?

—Solo deja los bolsos a un lado, chica. Rápido, que el tiempo corre —dice el asistente del fotógrafo. Dejo los bolsos en una silla y me coloco junto a mi hermana.

—Bien, quiero que tengan una hermosa sonrisa —nos dice el fotógrafo.

—¿Por qué no me avisaste que pensabas audicionar conmigo? —le pregunto a Michel después de bajar de la plataforma.

—Porque sabía que si te lo decía con tiempo lo ibas a pensar demasiado y luego me dirías que no —dice con naturalidad.

—Bien, es hora de irnos.

Tiene razón. Definitivamente no aceptaría si me lo hubiera contado antes.

Agarro mi bolso y empiezo a caminar por donde vinimos.

—¡Espérame! —escucho a mis espaldas.

Me volteo un momento para ver a Michel sin dejar de caminar, pero al girar al frente, choco con alguien.

—¡¡Ah!! —exclamo al sentir un chorro caliente en mi blusa blanca. Levanto la vista y me topo con un hombre alto y de aspecto imponente, su traje azul ahora manchado por el café. Apenas puedo evitar ruborizarme cuando sus ojos ámbar, intensos y penetrantes, se detienen en la mancha de mi blusa. Es como si el mundo se detuviera por un segundo.

—Lo siento. ¿Estás bien? —su voz es grave, profunda y envolvente, provocando un escalofrío inesperado.

—Estoy bien… ¿y usted…?

—Señor Caelan, ¿se encuentra bien? —una mujer de mediana edad se acerca apresurada.

—Sí, no se preocupe, señora Rosalía. No es para tanto —responde con serenidad. Miro su costoso traje azul marino manchado por el café.

—¡Usted! ¿Cómo se atreve a derramar café sobre el señor Caelan? —me señala con desprecio.

Me quedo estática al escucharla.

—Con todo respeto, señora —digo enfatizando la palabra "señora" mientras la examino de arriba abajo—, no puede venir a hablarme como le plazca. Después de todo, a los huéspedes y al cliente en general no se les debe tratar así —la fulmino con la mirada.

—Señora Rosalía, ha sido bastante descortés con esta señorita. Fui yo quien cometió el error de chocar con ella, y eso fue lo que ocasionó esto —interviene el señor Caelan, colocándose a mi lado. Su cercanía me hace contener el aliento.

—Señorita, discñlpeme nuevamente. ¿Se encuentra bien? —su mirada vuelve a atraparme. Sus ojos ámbar combinan con el tono castaño de su cabello, creando una armonía que me resulta perturbadora.

Evito su mirada, como si temiera que pudiera leer mis pensamientos.

—Sí… sí, claro —tartamudeo.

—Discúpeme, señorita —dice la señora con una falsa amabilidad. La miro con suspicacia.

Tiene una actitud de bruja y una cara de plástico, perfecta combinación.

—Señora Linda, por favor ayude a esta señorita a conseguir una blusa nueva —ordena Caelan.

—No es necesario, solo pueden lavarla y traérmela.

—Claro. Acompáñeme, señorita —dice la mujer, ignorando mis palabras y arrastrándome hacia una zona del hotel que no conocía. Giro la cabeza apenas lo suficiente para ver de reojo cómo el hombre de ojos ámbar se aleja del lobby. Su imagen permanece grabada en mi mente.

—Tenga —una mucama me entrega dos bolsas: una con una blusa nueva y otra con la manchada.

—Gracias —le digo con una sonrisa forzada.

Entro al cubículo, me quito la blusa manchada y me paso un poco de papel húmedo por el abdomen, pegajoso por el café.



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Editado: 01.03.2026

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