Aysel
Apoyo los codos en la mesa y llevo las manos a la cabeza. La resaca me está matando. Beber todos esos cócteles con nombres extravagantes y alcohol disfrazado de frutas fue una mala idea. Me arde la garganta, me punza la sien, y la memoria es un agujero negro.
No recuerdo nada después de bailar con ese hombre…
—Toma, Aysel. Bebe esto —Michel deja una sopa caliente frente a mí—. Mamá lo preparó.
—Gracias —susurro, cerrando los ojos. El aroma de la sopa sube con el vapor. Tal vez, si me concentro lo suficiente, logre recuperar alguna imagen que no sea tan confusa.
—Así que las dos jovencitas de esta casa llegaron a las dos de la mañana —mamá aparece, cruzada de brazos, y se sienta a mi lado como una estatua—. Una llegó casi inconsciente de lo borracha que estaba. La otra, con la ropa manchada.
—Ay, mamá, está muy temprano para eso —Michel intenta evitar el sermón, caminando con disimulo hacia la cocina. Yo me obligo a levantar la vista.
—Por favor —le digo, sosteniéndole la mirada. No tengo fuerzas para discutir, pero menos para soportar su juicio ahora.
Ella suspira. Sus ojos se ablandan un segundo... luego se encoge de hombros y se pone de pie.
—Bien. Desayunen. Me tengo que ir a trabajar —se encamina hacia la puerta, pero antes de salir, se detiene. Gira la cabeza apenas, lo justo para vernos por encima del hombro.
—Más les vale que no hayan hecho algo de lo que puedan arrepentirse… algo como—
—No pasó nada malo, mamá. No hicimos nada de lo que arrepentirnos —interrumpo. Lanzo una mirada rápida a Michel, buscando apoyo.
—Así es, mamá —responde ella con una sonrisa tensa—. Puedes irte tranquila.
—Nos vemos luego —dice, y se marcha.
El silencio se instala como un segundo techo encima de nosotras. Pongo la atención en la sopa, aunque ya esté fría. Sabe a jengibre, a cuidado, a advertencia.
Lo único que recuerdo con claridad es bailar. Él. El hombre del café. Su mirada. Después... imágenes borrosas. Luces de neón, risas apagadas, manos que no sé si eran suyas o mías, y esos ojos.
Ojos que parecían leerme.
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Caelan
—Buenos días, señor Caelan —mi secretaria entra, apenas asomándose detrás de una pila de documentos.
Giro mi silla. Estoy agotado. Dormí cuatro horas. El mundo entero se siente más lento.
—¿Qué tienes hoy para mí?
—Todavía no ha elegido a las dos modelos. El equipo necesita confirmación hoy —deja las carpetas sobre el escritorio.
—Cierto. Gracias.
Reviso los documentos. Fotografías. Nombres. Cuerpos posando frente a fondos falsos. Todo se ve igual.
—Dile al equipo que mañana tendrán la selección. Puedes retirarte.
Ella asiente. Me quedo solo.
La oficina huele a madera barnizada. No es como la de la empresa principal, pero el aire aquí pesa más. Tal vez sea la culpa.
Peino mi cabello hacia atrás. Me esfuerzo por concentrarme en las temáticas de la campaña, pero el zumbido del teléfono me arrastra.
Papá.
—Buenos días —respondo sin entusiasmo.
—Hola, hijo. Quiero que vengas a la mansión. Cenaremos todos en familia.
—No puedo. Tengo trabajo —cuelgo.
Él sabe por qué no voy. Y yo sé que no necesito justificarme.
Tomo aire. Me enderezo y marco desde el interno.
—Tráeme un café turco —mi voz suena más grave de lo habitual. Hoy será largo.
Aysel
—Lia, sabes que hoy no puedo —digo, apagando la hornilla. La sopa de anoche aún me revuelve el estómago.
—Por favor, Aysel. Es un gato lindo y tranquilo —su tono es el de siempre: una mezcla de súplica y manipulación dulce.
—Te dije que no. Mamá es alérgica y yo... simplemente no puedo —mi voz tiembla un poco. No es por el gato.
—Está bien. Ya no insistiré.
—Gracias. Hablamos luego.
Cuelgo. Me sirvo una taza de té de jazmín y me dejo caer en el sofá, con el control remoto en una mano y el celular en la otra. Prendo el televisor. Las noticias repiten lo mismo de siempre: mentiras bien peinadas y tragedias disfrazadas de estadísticas.
Michel aparece y me bloquea la vista.
—La señora Lucía dijo que su hija necesita un vestido para un evento. Dijo que vayas a su departamento a la una.
—Está bien —respondo. Agradezco la distracción.
Pongo mi película favorita. Michel bufa.
—¿Otra vez esa? ¿No te cansas?
—No me importa. Es mi escape —abrazo el cojín. El té humea en mi mano, frágil como mi control.
—¿Por qué te gusta tanto?
—Porque Will ama a Stella con el alma. No hay nada más real que eso.
Ella ríe.
—La primera vez que la viste, lloraste como una bebé .
—¡Cállate! —le lanzo un cojín mientras me río.
Los recuerdos vuelven, primero como destellos. Sacudo la cabeza para ignorarlos y volver a concentrarme en la película. No quiero recordar todo lo de anoche porque me moriría de vergüenza.
Caelan
—Lo de siempre —digo al mesero, sin mirar la carta.
Son las dos. El celular vibra, lo dejo en la mesa. Lo ignoro.
Mi mirada se pierde en las personas que pasan por la acera a través del enorme ventanal , el clima cálido, el bullicio de la ciudad . Sin querer los recuerdos de anoche vienen sin permiso, como una marea lenta y densa.
—Hey, deja esa copa. Estás muy borracha —me acerqué a ella, tomándola suavemente por la cintura antes de que tropezara con una mesa.
Su piel estaba fría por el aire acondicionado, pero su rostro... ardía. Sus mejillas rojas, su risa suelta y sus ojos, enormes y desorientados, me miraban como si yo fuera un espejismo.
—Déjame tranquila —dijo entre hipos, llevándose otra copa a los labios. Se tambaleó. La sujeté con firmeza.
—Ya fue suficiente. Vamos a buscar a tu hermana —le quité la copa de la mano y la deslicé en la barra. Ella rió y se aferró a mi cuello como si me conociera de toda la vida.
Editado: 01.03.2026