Secretos de una fan 3

Capítulo 4 - Silencios

ESCENA 1 EXT. CALLE / CASA DE IVÁN - ATARDECER

El aire en el patio se siente viciado, cargado con el eco de la discusión. Raúl sigue ahí, estático, con la púa de plata apretada en el puño hasta que los bordes del corazón de notas musicales se le clavan en la palma de la mano. Mira hacia la puerta por la que Irumi acaba de salir, pero su cuerpo no responde; el orgullo y la culpa se han vuelto dos muros imposibles de escalar.

Irumi no mira atrás. Sale de la propiedad a paso rápido, con las manos temblando y los ojos nublados por las lágrimas. No le importa que los vecinos la vean; solo siente una opresión en el pecho que apenas le deja respirar. Saca el teléfono del bolsillo con torpeza y marca el número de Leila.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos. Nada. El silencio del otro lado de la línea se siente como un abandono total. Irumi termina la llamada y se apoya contra un poste de luz, dejando que el llanto se convierta en un sollozo profundo y sin consuelo.

CORTE A: INT. HABITACIÓN DE LEILA - NOCHE (TEGUCIGALPA)

En la penumbra de la habitación, el celular de Leila descansa sobre la mesita de noche. La pantalla se ilumina con la llamada entrante de Irumi, vibrando sobre la madera con un sonido sordo y urgente. Sin embargo, Leila está sumida en un sueño profundo, ajena al mundo y a la crisis que atraviesa su hermana. El teléfono deja de vibrar y la habitación vuelve a quedar en absoluto silencio.

ESCENA 2 INT. HABITACIÓN DE IRUMI - NOCHE

Irumi llega finalmente a su casa. El trayecto se siente como una pesadilla de la que no puede despertar. Entra a su habitación y, en lugar de encender la luz, se deja caer sobre la alfombra, en medio de los retazos de tela y los patrones que hace apenas unas horas eran su orgullo.

Ahora todo le parece vacío. Se lleva las manos al cuello, sintiendo el vacío donde debería estar la púa de plata. El pensamiento la golpea con la fuerza de un martillo: Raúl la conoce. Sabe cómo piensa. Y, aun así, decidió creer lo peor de ella.

Se abraza a sí misma, intentando calmar el temblor de su cuerpo. La decepción es mucho más amarga que el enojo. No puede procesar cómo alguien que decía amarla pudo haberla hecho sentir tan pequeña en cuestión de segundos.

IRUMI (Susurrando al vacío de la habitación, con la voz rota) ¿Eso es lo que soy para vos? ¿Algo que se puede cambiar y tirar a la basura tan fácil?

Se queda ahí, en la oscuridad, dejando que las horas pasen. La idea de buscarlo desaparece; se siente traicionada en su propia esencia. Necesita distancia, necesita entender si la persona que ella creía conocer realmente existe.

Sección 2: el peso de una egoísta inseguridad

ESCENA 2 EXT. PATIO DE LA CASA DE IVÁN - CONTINUACIÓN

El silencio que quedó tras la partida de Irumi era denso, casi irrespirable. Irene, aún con la palma de la mano ardiendo por el impacto contra la mejilla de su amigo, observaba a Raúl con una mezcla de lástima y una furia que le hervía en la sangre. Raúl, por su parte, seguía mirando fijamente la púa de plata en su palma, como si el objeto pudiera darle una respuesta que no fuera su propia culpa.

IRENE (Con voz gélida, cada palabra marcada como un latigazo) ¿Te das cuenta, Raúl? ¿O tu ego es tan grande que todavía no ves el desastre que provocaste?

Raúl levantó la vista. Tenía los ojos rojos, no por el llanto, sino por la humillación que sentía al verse reflejado en la mirada de Irene.

RAÚL (En un murmullo roto) Yo... no quería que terminara así. Solo... sentí que me estaba dejando atrás. Que todo lo que estábamos construyendo no significaba nada para ella porque estaba muy ocupada con sus telas.

IRENE (Dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal) Eso es un problema de comunicación, un problema de pareja, ¡algo que se habla sentado y con café! Lo que vos hiciste hoy no fue defender tu lugar, fue escupirle en la cara su confianza. Cuestionar su fidelidad basándote en un maldito collar... ¿en serio ese es el hombre que ella merece? ¿Un tipo que necesita un objeto para validar que ella lo quiere? Sos un idiota, Raúl. Un idiota que acaba de romper lo único que realmente valía la pena en su vida por puro miedo a no ser suficiente.

Raúl sintió que la rodilla le flaqueaba. Quiso defenderse, decir que Irumi también tuvo la culpa por no abrirse, pero las palabras se le quedaron atoradas. Irene tenía razón; el fondo de todo no era Irumi, era su propio reflejo en el espejo.

IRENE (Dándose la vuelta, buscando su casco con desdén) No me busques. No busques a Iván. No busques a nadie para que te dé la razón, porque no la tienes. Arregla este desastre vos solo, si es que todavía tienes la capacidad de pedir perdón sin victimizarte.

Irene se colocó el casco con un movimiento brusco, arrancó su motocicleta y, en cuestión de segundos, el estruendo del motor se perdió en la distancia, dejando a Raúl en el patio vacío. El silencio que quedó era más aterrador que los gritos.

Raúl se sentó en el suelo, sobre el mismo polvo donde ella había estado parada. Abrió la mano y observó la púa de plata. El corazón de notas musicales le devolvió un brillo frío bajo la luz artificial del patio. Entonces, la verdad le cayó encima con toda su brutalidad: no fue el enojo lo que lo hizo actuar, ni la falta de atención de Irumi.

Fue el terror.

Un terror visceral, primitivo, a ser olvidado. El miedo a que, mientras él se quedaba estancado en la misma rutina, ella estuviera volando hacia un futuro donde él simplemente no encajaba. Se dio cuenta, con un nudo en la garganta que le impedía tragar, que había usado su inseguridad como un arma para herirla primero, antes de que ella tuviera la oportunidad de dejarlo.

Había intentado controlar el miedo a perderla, y al hacerlo, la había empujado exactamente al lugar que más temía: fuera de su vida. Se cubrió el rostro con las manos, y en la soledad del patio, la realidad pesó tanto como el metal de la púa que sostenía contra su pecho.



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En el texto hay: secretos, hermandad, fan

Editado: 11.06.2026

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