Secretos de una fan 3

Capítulo 6 - herencia

SECCIÓN 1: EL PESO DE LAS VOCES

ESCENA 1 INT. SALA DE ESTAR - NOCHE

El silencio en la sala no es vacío; es denso, cargado de una presión atmosférica que hace que el oxígeno se sienta escaso. Irumi, con el corazón martilleando contra sus costillas como un ave enjaulada, da un paso al frente. Sus piernas le pesan, pero la visión de su padre, ese pilar de roble que siempre le enseñó a no rendirse ante nada, ahora doblegado y con la mirada perdida, le otorga una fuerza nacida de la pura desesperación.

Irumi acorta la distancia y rodea a Miguel con sus brazos. Lo abraza con todas sus fuerzas, apretando su rostro contra el hombro de su padre, buscando en ese contacto el rastro del hombre que ella conoce.

IRUMI (Con un hilo de voz, trémula) Papá... sea lo que sea, aquí estoy. Estamos todos juntos. Decímelo, por favor...

Miguel se deja abrazar, pero su cuerpo no responde con la calidez de siempre. Está rígido, como si estuviera sosteniendo un peso de toneladas sobre su espalda. Se aparta apenas lo suficiente para mirarla, y sus ojos, empañados por una bruma de dolor crudo, le devuelven un mensaje que Irumi no quiere descifrar.

MIGUEL (Con la voz quebrada, un siseo áspero) Llamá a tu hermana. Poné el altavoz. Tienen que estar todas... tienen que escucharlo juntas.

Irumi siente que el miedo le entumece los dedos. Saca el celular. Sus manos, que hace apenas unas horas sostenían ropa en casa de Hina con total naturalidad, ahora parecen instrumentos extraños que no le obedecen. Marca a Leila, pero sabe el resultado: el agotamiento extremo de su hermana la ha llevado a un sueño que casi roza el coma. Nada.

Irumi maldice por lo bajo y marca a Noelia. Esta vez, el tono apenas suena una vez antes de que la voz de Gabriel, cargada de una confusión adormilada, responda al otro lado.

GABRIEL ¿Iru? ¿Qué pasa? Es tarde...

IRUMI (Interrumpiéndolo, con una autoridad nacida del terror) Gabriel, escuchame. Despertá a Noelia. Necesito que despiertes a Leila, no me importa que esté muerta de cansancio, ¡levantala ahora mismo! Poné el teléfono en altavoz y asegurate de que los niños sigan dormidos. ¡Hacelo ya!

El tono de Irumi es tan tajante, tan fuera de su carácter habitual, que Gabriel no replica. Se escuchan murmullos, el sonido de sábanas agitándose y voces de Noelia preguntando qué ocurre, seguidas de la voz arrastrada y confusa de una Leila recién despertada.

IRUMI (Con el corazón en la garganta) Están todos... están todos ahí. Papá quiere hablar.

El silencio al otro lado de la línea se vuelve absoluto, roto solo por la respiración agitada de las hermanas. En la sala de Cartago, Amelia se acerca a Miguel y le toma la mano, entrelazando sus dedos con una fuerza desesperada.

Miguel se aclara la garganta. El sonido es gutural, como si estuviera forzando su cuerpo a realizar una tarea contra la que su propia alma se rebela. Se apoya en el respaldo del sofá, toma aire —un aire que parece quemarle los pulmones— y, con una voz que lucha por no quebrarse, sentencia el destino de sus hijas.

Se detiene un segundo, tragando saliva con dificultad. El dolor en su rostro es una herida abierta.

MIGUEL (Con un tono que nunca antes habían escuchado, una mezcla de impotencia y una verdad que no admite vuelta atrás) Hijas... escúchenme bien, porque no sé ni por dónde empezar a decirles esto...

Sección 2: herida familiar

ESCENA 2 INT. SALA DE ESTAR - CONTINUACIÓN

Miguel no necesita terminar la frase. El nombre "Doctor Rojas" grabado en el encabezado del documento oficial actúa como una sentencia que parece succionar la luz de la estancia.

MIGUEL (Con la voz apenas un hilo, cargado de un peso milenario) Es el Tío Rojas... Acaba de enviarnos el aviso oficial. Mauricio... nuestro abuelo, no pudo ganar esta última batalla. Ya no está con nosotros.

El impacto es una onda expansiva. El silencio previo explota en un instante de negación, seguido de un grito colectivo que parece nacer de las entrañas de toda la familia, sin importar la distancia física que los separa. Irumi, al escuchar la noticia, siente que su mundo colapsa hacia adentro. Amelia lanza un gemido desgarrador y se arroja sobre Miguel, aferrándose a sus solapas como si el abrazo pudiera impedir que la realidad se instalara definitivamente. Irumi se lanza con ellos, convirtiéndose en un nudo de extremidades y sollozos, un abrazo desesperado en el que los tres intentan sostenerse mientras el suelo parece hundirse.

Del otro lado del altavoz, el caos es igual de devastador. Se escuchan los lamentos de Noelia, el llanto sordo de Leila —quien siempre mantuvo una fachada de acero y ahora se rompe en pedazos— y la voz entrecortada de Gabriel intentando mantener la compostura mientras sostiene a su esposa. Es un dolor que recorre los kilómetros por la línea telefónica, un llanto compartido que milagrosamente se mantiene en un volumen contenido, protegiendo el sueño de los niños en la habitación contigua.

Miguel, con la voz rota pero buscando la fuerza para sostener a los suyos, habla a través de la línea:

MIGUEL Noelia... Leila... Necesito que regresen. Tienen que estar aquí. Es el abuelo Mauricio. Tienen que venir a despedirse.

El nombre del abuelo resuena en la sala como un eco sagrado. El viejo no solo era el patriarca; era el arquitecto de sus sueños. Fue él quien encendió la llama que llevó a Leila a los escenarios y quien le dio a Irumi la visión estética para entender la vida a través de los textiles y los patrones. Sin el teatro de Mauricio, la sangre de las hermanas Hernández habría corrido por canales distintos, más fríos, menos artísticos.

MIGUEL (Mientras acaricia el cabello de Irumi, con la mirada perdida en el pasado) Él nos dio todo lo que somos. Cada función, cada ensayo, cada sueño que construimos... él fue la base de todo. No podemos dejar que su última función termine sin que estemos todos presentes.



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En el texto hay: secretos, hermandad, fan

Editado: 11.06.2026

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