Capítulo 10: No lo llames egoísmo
SECCIÓN 1: EN EL UMBRAL DE UN DESEO
ESCENA 1 EXT. CASA DE NOELIA - NOCHE
El aire en Tegucigalpa tiene un peso distinto al de Cartago; es espeso, saturado de una humedad que se pega a la ropa y a la piel. Thomas está allí, plantado sobre el concreto del porche, con el peso de la maleta como un ancla a sus pies. Sus nudillos, todavía entumecidos por el golpe que dio hace apenas unos segundos, se cierran con fuerza.
La cerradura gira con un chasquido metálico. La puerta cede, revelando una luz cálida, casi amarillenta, que se derrama sobre el rostro de Thomas, resaltando sus ojeras y la palidez de su piel tras el largo viaje.
Quien abre no es Leila. Es un hombre de unos treinta años, corpulento y de facciones tranquilas. Gabriel.
GABRIEL (Con un marcado acento hondureño, curioso pero amable) Buenas noches. ¿En qué te puedo ayudar?
Thomas siente que el pulso se le acelera, un golpeteo rítmico que le retumba en los oídos. La precisión con la que ha planificado cada paso hasta este umbral parece tambalearse ante la presencia de un extraño.
THOMAS (Con la voz seca, apenas un hilo) Disculpe... ¿es usted Gabriel Castillo?
La pregunta, lanzada con una frialdad quirúrgica, hace que Gabriel frunza el ceño. Hay una nota de sorpresa genuina en sus ojos. Antes de que pueda responder, una figura se desliza desde el pasillo interior y se coloca al lado de Gabriel. Es Noelia. Sus ojos recorren a Thomas de arriba abajo, deteniéndose en su maleta y en el aspecto desaliñado de quien ha dormido poco y planeado demasiado.
NOELIA (Su voz es cortante, pero no malintencionada) Hey, ¿qué haces acá? Tú eres Thomas, ¿no?
Thomas asiente con un movimiento brusco, casi mecánico. No hay explicaciones en su boca, ni disculpas por aparecer a deshoras, ni excusas por el viaje improvisado. Dentro de su mente, el engranaje sigue girando: todo está saliendo bien. Ha llegado. Ha superado las barreras logísticas. A quien debe rendir cuentas, a quien debe explicarle el porqué de este salto al vacío, no es a ellos. Es a Leila.
NOELIA (Cruzándose de brazos, con una expresión de sospecha creciente) ¿Has venido a buscar a Leila? Porque me temo que ella ahorita está durmiendo.
El efecto de las palabras es inmediato. El rostro de Thomas, que había mantenido una máscara de determinación, se transforma. La sangre parece abandonar sus facciones, dejándolo con un tono ceniciento. El frío, que antes era una sensación externa, se le mete por los poros, invadiéndolo desde adentro. Sus manos, ocultas por la oscuridad, comienzan a experimentar un espasmo incontrolable.
GABRIEL (Observándolo con una mezcla de lástima y desconcierto) No sé qué intentas hacer, muchacho. No te conozco de nada. Pero si hiciste un viaje hasta aquí solo por verla, debes tener una gran razón.... es una lástima, pero si gustas, podemos decirle mañana que viniste a verla.
Thomas no responde. Se queda callado. Sus labios están sellados, apretados en una línea blanca de contención. Lo que antes era una "fatuidad" invencible, ahora se siente como un disfraz de papel que se deshace bajo la lluvia.
Sus manos tiemblan con violencia. Intenta apretar los puños, clavar las uñas en las palmas para obligarse a detener el temblor, para recuperar el control que siempre ha presumido poseer. Detente. Solo respira. Mantén la compostura. Pero su cuerpo lo traiciona. Había logrado lo imposible: cruzar fronteras, burlar la lógica, llegar al fin del camino. Y, sin embargo, la puerta está abierta, pero lo que él más anhela —la pieza que completa su proyecto, la razón de su existencia— es un espejismo que duerme tras una pared, inalcanzable.
El vacío que siente en el pecho no es tristeza. Es el terror absoluto de quien descubre que ha quemado su vida entera por un deseo que ya no le pertenece.
Sección 2: egoísmo disfrazado de intención
El silencio que siguió a la súplica de Thomas fue un abismo que ninguno de los tres supo cómo cruzar. Thomas, con los nudillos blancos de tanto apretarlos contra la tela de su maleta, sentía que su mente era un motor sobrecalentado. Cada segundo que pasaba sin ver a Leila era un fallo en su sistema, una variable que no había contemplado.
THOMAS (Con la voz quebrada, pero manteniendo un hilo de urgencia) Por favor, Noelia... despiértala. Necesito hablar con ella. Es... es vital. Solo necesito diez minutos.
Noelia frunció el entrecejo, sus brazos cruzados apretando su propio torso en un gesto defensivo. La fatiga de Leila era evidente, un hecho que ella misma había custodiado todo el día.
NOELIA Thomas, ¿me estás escuchando? El viaje de regreso desde Costa Rica la dejó deshecha. Ha pasado todo el día intentando ponerse al día con sus estudios, está agotada. No la voy a despertar a estas horas por un capricho.
THOMAS (Insistiendo con una calma que, en realidad, era una coraza para su frustración creciente) No es un capricho. No tienen idea de lo importante que es para mí. Es... es una cuestión de urgencia extrema. Por favor, solo un momento.
Gabriel, que hasta entonces se había mantenido como un observador prudente, dio un paso al frente, interponiéndose sutilmente entre Thomas y el interior de la casa. Su voz bajó de tono, cargándose de una autoridad protectora.
GABRIEL Mira, muchacho, no insistas. Valora la hora que es. Estamos a medianoche. Si tan importante era hablar con ella, debiste buscar el momento en Costa Rica, hace unos días. No podés caer aquí y pretender que todo gire en torno a tu urgencia.
La lógica de Gabriel golpeó a Thomas como una bofetada. Esa "fatuidad" que lo había traído hasta Tegucigalpa, la convicción de que su necesidad estaba por encima de cualquier otra circunstancia, se vio desafiada por una realidad que no podía manipular. La frustración, contenida tras horas de vuelo y planes, se escapó de sus labios.