2 de Febrero de 1964
El aire en la cabaña de Hope, cercana al misterioso Pantano Ross, era denso y húmedo, cargado con el presagio de algo inminente. El chirrido del viento a través de las rendijas de madera se mezclaba con el eco distante de la vida salvaje del pantano. Lourdes Queen se encontraba recostada en la cama, su cuerpo adolorido, mientras la enfermera, con una eficiencia casi mecánica, terminaba de tomar sus lecturas. Últimamente, no se sentía para nada bien, una constante letargia y malestar se habían apoderado de ella. Lourdes se aferraba a la esperanza de que estos cambios fueran por una buena razón, una que validara su sufrimiento. A sus veinticuatro años, se sentía joven y bella; había cosas que no había hecho en la vida, sueños que esperaba cumplir muy pronto.
Cuando la mujer de uniforme blanco terminó su trabajo, Lourdes se incorporó con dificultad. La incomodidad de estar postrada la impulsaba a moverse, a pesar de la tensión que oprimía su cuerpo, una sensación de agobio que se aferraba a ella como la neblina al pantano. La falta de respuestas de la enfermera solo aumentaba su inquietud. Lourdes necesitaba una explicación concreta para lo que le estaba sucediendo.
Cada día sentía que su cuerpo mutaba, transformándose de formas que no comprendía. El despertar era una tortura de malestar. Recordaba con una extraña mezcla de alivio y confusión la vez que Nora Queen, la madre de su esposo Harry, le había "curado el empacho", y hacía solo unas semanas había estado internada en el hospital más cercano por una fuerte y dolorosa gastritis. Para su fortuna, había salido del hospital mucho más rápido de lo que los médicos habían previsto, casi como si una fuerza invisible la hubiera impulsado hacia afuera.
La enfermera se quitó los guantes de látex con un chasquido seco y la observó fijamente a los ojos. Su mirada, de un azul gélido, le transmitió a Lourdes un punzante dolor de cabeza. No comprendió por qué, pero aún así, decidió que lo mejor sería ceder y tomar asiento sobre el mullido edredón de la cama, buscando alivio en la suavidad.
—¿Qué es lo que estás sintiendo? —La mujer se acercó, su voz plana y sin inflexiones, y tomó asiento junto a Lourdes.
Lourdes abrió los ojos y la observó, intentando descifrar algo en su expresión impasible.
—No lo sé. Ahora me siento muy mareada —comentó, llevando una mano a su sien, intentando calmar el tamborileo en su cabeza.
—Ya sé lo que estás sufriendo, es un simple golpe de calor —afirmó la enfermera, con una certeza que a Lourdes le pareció forzada.
Una pequeña sonrisa se dibujó sobre los labios de Lourdes, pero no era una sonrisa genuina, sino una mueca de desilusión. Por unos instantes, la absurda idea de que la enfermera le diría que estaba embarazada había cruzado su mente, una chispa de esperanza en la oscuridad de su malestar. Pero había sido una tonta sospecha, nada más.
—¿Un simple golpe de calor? —Le preguntó, la duda tiñendo sus palabras.
La verdadera razón de sus malestares se sentía mucho más profunda, más ominosa.
La enfermera simplemente asintió con la cabeza, sin ofrecer más explicaciones.
—Si te sigues sintiendo mal, llama y regresaré a revisarte.
Antes de irse, sacó de su gran bolso de cuero lo que parecía ser un remedio, un pequeño frasco con pastillas oscuras. Se lo entregó a Lourdes, quien lo tomó sin dudar y lo colocó sobre la mesita de noche. Observó a la mujer por última vez, su ceño completamente fruncido ante la situación incomprensible en la que se encontraba.
La mujer salió por la puerta y al ver a Harry, su esposo, que esperaba afuera, se detuvo para intercambiar unas pocas palabras. La puerta se cerró suavemente, sellando la conversación. Lourdes no logró oír lo que hablaban, solo murmullos ininteligibles que aumentaban su ansiedad.
Estiró el brazo y tomó el pequeño frasco de vidrio templado. Sin pensarlo demasiado, sacó tan solo una de aquellas pastillas oscuras, bebiéndola con el poco de agua que había quedado de la noche anterior. La amargura del medicamento se extendió por su lengua.
Un gran sueño, pesado y profundo, se incrustó en ella, como una losa sobre su mente. Apoyó la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos, esperando que el descanso le trajera alguna mejora.
La puerta de la habitación se abrió de nuevo, y Lourdes logró visualizar la silueta de Harry. Una pequeña sonrisa se dibujó sobre sus labios al verlo, un brillo especial en su rostro cansado. Lo observó fijamente cuando tomó asiento a su lado, extendiendo su mano para tomar la de él, con la esperanza de transmitirle que se sentía mejor. Pero al parecer, aquella intención no funcionó como ella lo esperaba.
—Sabes que esa bella sonrisa no me demuestra que mejoraste, ¿verdad? —La voz de Harry era suave, pero cargada de preocupación.
Lourdes alzó una ceja, observándolo fijamente, y negó con una pequeña risita que se desprendió de sus labios.
—Duerme bien... —Susurró, girando su cuerpo, dándole la espalda, buscando evadir las preguntas de sus propios malestares.
Supuso que muy pronto lograría una mejora con las pastillas que aquella enfermera le había ofrecido. Ese medicamento era demasiado caro, pero de igual manera, la familia de Harry se había ofrecido a pagarlo. "Todo sea por mi bienestar y el de su hijo", le habían dicho, una frase que ahora resonaba con una extraña doble intención en su mente confusa.
No tardó mucho en conciliar el sueño. En tan solo unos pocos segundos, ya estaba profundamente dormida. Podía oír que la puerta de la habitación se abrió de nuevo. Trató de no abrir los ojos, de mantenerse inmóvil, para que creyeran que seguía dormida. Esperaba que aquello fuera suficiente para pasar desapercibida.
Cuando Harry salió por la puerta de la habitación, Lourdes oyó con detenimiento que la otra persona con la que hablaba era su padre, el patriarca de los Queen. No podía oír nada, simplemente murmullos que se arrastraban por la casa.
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Editado: 10.07.2025