Milán 12/10/2000
El sol iluminaba los pasillos de la universidad mientras Samantha Rossi caminaba con prisa, su carpeta de apuntes firmemente abrazada contra su pecho.
—Samantha, ¡espera! —la llamó su mejor amiga, Valeria, corriendo detrás de ella.
—¿Qué pasa? —preguntó Samantha, ajustándose la mochila.
—Llegaste tarde otra vez —rió Valeria—. Y hoy tenemos que hablar del proyecto.
Samantha suspiró y sonrió.—Ya sé, pero prefiero estar preparada antes de clase.
Ya dentro del aquel aula, la puerta se abrió de golpe. Un chico alto, de cabello oscuro y expresión despreocupada, caminó hacia un asiento vacío al lado de Samantha.
—Llegas tarde otra vez, Daniel —dijo el profesor con tono severo.
El chico levantó los hombros y sonrió con naturalidad.—El tráfico, profesor.
Samantha lo miró con curiosidad. Nunca lo había visto antes, pero había algo en su mirada que la hacía sentir incómoda y curiosa al mismo tiempo.
Durante la clase, Daniel parecía distraído, golpeando el lápiz contra la mesa y dibujando garabatos en su cuaderno. Samantha frunció el ceño.
—¿Por qué siempre los chicos creen que todo es un juego? —susurró para sí misma.
El profesor habló nuevamente:—Hay algunos estudiantes necesitan ayuda si quieren aprobar el curso.
Daniel la miró con interés.—¿Podrías ayudarme? —preguntó con esa sonrisa confiada que ya empezaba a molestarla.
Samantha negó con la cabeza.—Primero aprende a llegar a temprano.
Una pequeña risa escapó de Daniel.—Eso puede ser más difícil que aprobar este examen.
Valeria, detrás de ellos, soltó una carcajada. Samantha volvió a sus apuntes, convencida de que ese chico iba a causarle muchos problemas.
Ya en hora libre, Samanthase encontraba sentada en una de las mesas de la biblioteca, rodeada de libros y apuntes. El silencio del lugar siempre la ayudaba a concentrarse, aunque ese día su mente no dejaba de recordar al chico que se había sentado a su lado en clase.
Daniel Moretti.Había algo en él que le resultaba extraño. Su forma de hablar, su seguridad, incluso la manera en que parecía no preocuparse por nada.
—¿Pensando en tu nuevo estudiante? —preguntó Valeria, sentándose frente a ella con una sonrisa divertida.
Samantha levantó la vista del libro.—No es mi estudiante —respondió—. Y tampoco voy a ayudarlo.
Valeria soltó una pequeña risa.—Claro… eso dices ahora.
Antes de que Samantha pudiera responder, alguien se detuvo frente a la mesa.—Entonces supongo que tendré que convencerte.
Samantha levantó la mirada y se encontró nuevamente con Daniel, apoyado contra la mesa con una expresión tranquila.
—¿Tú otra vez? —dijo ella, cruzándose de brazos.
—No sabía que la biblioteca tenía reglas contra volver a ver a alguien —respondió él con una ligera sonrisa.
Valeria miró a Samantha con una expresión divertida y luego se levantó.
—Creo que voy a dejarlos hablar solos —dijo, guiñándole un ojo a su amiga antes de alejarse.
Samantha la miró irse con incredulidad.
—¿Qué quieres? —preguntó finalmente, volviendo a mirar a Daniel.
Daniel tomó una silla y se sentó frente a ella sin pedir permiso.
—Necesito ayuda con la materia —dijo—. Y todos dicen que tú eres la mejor.
—Eso no significa que tenga que ayudarte.
—Tal vez no —respondió él—, pero podrías hacerlo.
Samantha lo observó en silencio por unos segundos. Algo en su actitud despreocupada la irritaba.
—¿Por qué debería ayudarte?
Daniel apoyó los brazos sobre la mesa.
—Porque prometo que lo intentaré en serio.
Ella levantó una ceja.
—¿Intentarlo en serio? ¿Eso es todo?
Daniel sonrió.
—También puedo invitarte un café después de estudiar.
Samantha negó con la cabeza, intentando no sonreír.
—No estoy interesada.
Daniel suspiró dramáticamente.
—Eres difícil de convencer.
—Porque no estoy interesada en perder mi tiempo.
Daniel la observó por un momento más, y por primera vez su expresión se volvió un poco más seria.
—No perderás tu tiempo —dijo con calma—. Solo necesito una oportunidad.
Samantha dudó. No sabía exactamente por qué, pero sentía curiosidad por ese chico.
Finalmente cerró el libro frente a ella.
—Está bien —dijo.
Daniel levantó la mirada, sorprendido.—¿En serio?
—Pero con una condición.
—Dime.
—Si vas a estudiar conmigo, vas a hacerlo de verdad. Nada de llegar tarde, nada de bromas.
Daniel asintió.—Trato hecho.
Samantha volvió a abrir su cuaderno y deslizó uno de los libros hacia él.
—Entonces empecemos.
Daniel tomó el libro, pero antes de abrirlo la miró con una pequeña sonrisa.
—Gracias, Samantha.
Lo que ella evitó mirarlo.