El sonido de mis tacones al golpear los escalones de mármol resonó con una precisión quirúrgica, desafiando el murmullo elegante que flotaba en el vestíbulo. Cada zancada era un recordatorio silencioso de que no pensaba doblegarme.
—Juliette, querida —la voz del duque Lander me recibió con una falsa calidez, extendiendo los brazos como si fuera su hija predilecta—. Qué radiante estás. Aunque ese negro... bueno, es un poco lúgubre para una celebración de compromiso, ¿no crees?
—El negro combina con mi estado de ánimo, duque —respondí con una sonrisa impecable pero gélida, ignorando la mirada desaprobatoria de mi madre—. Buenas noches.
Antes de que el duque pudiera replicar mi falta de tacto, una mano se posó con una familiaridad irritante en la parte baja de mi espalda. El roce de la tela del traje de Aldricht contra el satén de mi vestido me hizo tensar cada músculo del cuerpo.
—Para ser alguien que va a lamentar cada segundo de este matrimonio, te has tomado la molestia de lucir espectacular, prometida —susurró su voz junto a mi oído, baja, cargada de esa burla que hacía que se me encendieran la sangre y las ganas de cavar una tumba—. Aunque un escote tan generoso quizás sea demasiado para los delicados ojos de la alta sociedad de Krenchtym.
Giró el rostro hacia mí, teniéndome a solo unos centímetros. Sus ojos, de un azul mar, brillaban con un divertido desafío. Tenía la maldita costumbre de invadir mi espacio vital con total impunidad.
—Guárdate tus opiniones para tus consejeros, Aldricht —le espeté en un susurro afilado, sin apartar la mirada de la suya—. El escote es lo de menos; lo que debería preocuparte es lo rápido que voy a firmar los papeles del divorcio en cuanto nos den la licencia matrimonial.
Una carcajada corta, ronca y genuinamente divertida escapó de sus labios. En lugar de retroceder, dio un paso más hacia mí, atrapándome sutilmente contra su costado frente a las miradas curiosas de los invitados que fingían no mirarnos.
—Admiro tu optimismo, Juliette —replicó él, con un brillo de peligro en la mirada—. Pero los contratos con la corona de Krenchtym no se disuelven tan fácil como un capricho de la alta sociedad. Tendrás que esforzarte mucho más para librarte de mí.
—Pruébame.
El duque carraspeó a nuestro lado, fingiendo un interés repentino en su copa de champán, mientras mis padres se acercaban con una sonrisa forzada para disimular la tensión palpable entre nosotros. La cena oficial apenas iba a comenzar, y yo ya sabía exactamente cómo arruinarle la noche al príncipe perfecto.
—Veo que ya estás congeniando con tu futuro esposo, Juliette —intervino mi madre, Aurora, dibujando una sonrisa perfectamente ensayada mientras se acercaba a nosotros con paso elegante—. Nos alegra ver que la química entre ustedes es tan... evidente.
—Es una química abrasadora, mi señora —respondió Aldricht con fluidez quirúrgica, sin retirar la mano de mi espalda. Noté la presión casi imperceptible de sus dedos, reteniéndome justo al límite de mi paciencia—. Tu hija tiene un carácter vibrante. Un rasgo muy valioso para la futura reina consorte.
Mi padre, Atlas, asintió con sobriedad, cruzando las manos tras la espalda
—Las alianzas fuertes se construyen con carácter, no con debilidad —declaró Atlas, fijando sus ojos en la pareja que se aproximaba desde el centro del salón.
Eran los reyes de Krenchtym. Elena caminaba con una majestuosidad impecable, ataviada con un vestido de terciopelo que imponía respeto sin necesidad de abrir la boca. A su lado, Romeo, el rey y padre de Aldricht, ostentaba esa misma postura erguida y la mandíbula firme que tanto me irritaba de su hijo.
—Atlas, Aurora —saludó Romeo con un asentimiento formal, para luego dirigir la mirada hacia mí con una leve inclinación de cabeza—. Juliette. Me alegra ver que has aceptado la invitación de esta noche.
Elena esbozó una pequeña sonrisa, evaluándome de arriba abajo. A diferencia de mi madre, en los ojos de la reina no había severidad, sino una especie de curiosidad divertida, como si estuviera viendo a alguien que se negaba a ser domesticado.
—Las mejores decisiones de la vida son las que nos toman por sorpresa, querida —comentó Elena en un tono sereno pero que no admitía réplica—. Aldricht también protestó bastante al principio, pero míralo ahora. Parece bastante cómodo con la situación.
Dirigí un vistazo lateral a Aldricht, que mantenía esa sonrisa autosuficiente mientras su padre le daba una palmada firme en el hombro.
—La comodidad es relativa, madre —respondió Aldricht sin perder la compostura—. Pero admito que el proceso se ha vuelto infinitamente más entretenido de lo que esperaba.
—Disfruta del entretenimiento mientras dure —le susurré al oído, aprovechando el murmullo de los adultos al discutir los detalles del banquete—. Porque esta noche voy a asegurarme de que la cena se te atragante.
Aldricht me miró de reojo, bajando la vista hacia mis labios antes de sostener la mirada.
—Estoy deseando ver cómo lo intentas, mi pequeña Vüllet.
Hola mis lectores/as la cosa se pone interesante
¿No creen?
¿Esto es química o es una farsa?
HASTA LA PRÓXIMA.📚