Secretos entre reinos

Juliette

La rabia me quemaba por dentro con más intensidad que el maldito vino que apenas había probado. Sentir mi tobillo atrapado entre sus piernas bajo la mesa, con esa fuerza calculada y su cara de no haber roto un plato en su vida, era la gota que colmaba el vaso.

Se creía tan listo. Tan controlador. Tan príncipe de Krenchtym.

—Suéltame la pierna ahora mismo o te clavo el tenedor de la ensalada en la muslera, Aldricht —le siseé entre dientes, manteniendo una sonrisa de absoluta falsedad cara a mis padres y a los suyos, que seguían brindando por la maldita alianza.

—Pruébalo, mi amor —respondió él sin despeinarse, dándole un trago a su copa con una parsimonia irritante—. Aunque dudo que a tu madre le haga gracia que manchemos este mantel de encaje con mi sangre real.

Apreté los puños bajo la mesa. Tenía la respiración acelerada y el corazón me latía con furia en el pecho. No solo me superaba en edad y en centímetros, sino que el muy imbécil sabía perfectamente cómo jugar sus cartas para sacarme de quicio sin perder la elegancia.

—Atlas, Romeo —llamó la atención la reina Elena, dejando su copa con delicadeza sobre la mesa—. Creo que deberíamos dejar a los prometidos un momento a solas en el balcón para que terminen de afinarse los detalles de mañana. Tienen mucho de qué hablar.

¿A solas? ¿Con este engendro? Ni muerta.

Pero mi padre ya estaba levantándose, ajustándose la chaqueta con la mirada severa de quien no admite objeciones.

—Una idea excelente, Elena —asintió Atlas—. Vamos al despacho a revisar las cláusulas de Washington.

En cuanto los cuatro adultos se alejaron por el pasillo central del salón, Aldricht por fin liberó mi tobillo. Me puse de pie de un salto, ajustándome el vestido negro y mirándolo con todo el odio del que era capaz.

—Eres insoportable —le solté, caminando a pasos agigantados hacia el gran balcón que daba a los jardines del palacio, buscando el aire frío de la noche para no sofocarme.

Escuché sus pasos tranquilos siguiéndome, el eco de sus zapatos sobre el suelo de mármol como una amenaza constante. Salió al balcón y cerró la puerta de cristal tras de sí, dejándonos en una penumbra iluminada solo por la luna.

—Y tú eres impulsiva, malcriada y ridículamente predecible, Juliette —dijo, apoyando las manos en la barandilla de piedra, justo a mi lado, respirando la brisa nocturna—. Creías que ibas a pisarme y que me iba a quedar quieto sonriendo, ¿verdad?

Me giré hacia él, encarándolo, quedando a escasos centímetros de su pecho.

—Escúchame bien, Aldricht —dije señalándolo con el dedo, temblando de pura rabia—. Podrás obligarme a ir al altar dentro de tres días. Podrás obligarme a firmar ese documento. Pero nunca, escúchame bien, nunca vas a tener autoridad sobre mí. En cuanto seamos marido y mujer, mi único objetivo en la vida va a ser hacerte la existencia un infierno hasta que me des el divorcio.

Aldricht me miró en silencio durante un par de segundos. En lugar de enfadarse, esa maldita sonrisa socarrona volvió a dibujarse en sus labios. Se inclinó despacio hacia mí, acorralándome sutilmente contra la barandilla del balcón, rompiendo toda mi zona de confort.

—Irá bien entonces —murmuró, rozando casi mi mejilla con su aliento caliente—, porque a mí me encantan los desafíos, mi pequeña Vüllet. Y te prometo que de mi lado no vas a recibir ningún divorcio.

Hola mis lectores/as en algunos capítulos,

Ya no pondré mis notas del autor.

Tampoco creo que sean interesantes

Hasta la próxima.📚




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.