Secretos entre reinos

Jueliette

El pulso me retumbaba en los oídos. La distancia entre los dos se había reducido tanto que sentía el calor de su pecho atravesando la tela de mi vestido. Ese olor a madera y pimienta negra me envolvía, sofocante, pero me negué a dar un solo paso atrás. Si me echaba para atrás, él ganaba. Y yo no le regalaba una victoria a nadie, y mucho menos a un Krenchtym.

—No me llames «mi pequeña Vüllet» —dije en voz baja, clavándole la mirada en sus ojos grises—. No soy tuya, Aldricht. Ni hoy, ni en tres días, ni nunca.

—Por ahora —corrigió él, sin apartarse un solo milímetro. Tenía la audacia de mirarme los labios con un descaro absoluto antes de volver a cruzarse con mis ojos—. Te gusta pensar que tienes el control de todo, Juliette. Que puedes escaparte por la ventana de tu habitación, colgarme el teléfono y salirte con la tuya. Pero aquí fuera las reglas son distintas.

—¿Reglas? —solté una risa amarga y corta, encarándolo con la barbilla levantada—. Tus reglas me importan un bledo. Te crees muy superior por tener un par de años más y un título de mierda, pero no eres más que un peón de tu padre. Igual que yo de los míos. La única diferencia es que tú te tragas el papel de príncipe perfecto y yo no pienso fingir.

Por un segundo fugaz, la burla de su rostro se desvaneció. Su mandíbula se tensó y algo más oscuro y peligroso cruzó por sus ojos. Toqué una fibra sensible. Bien.

Aldricht alzó una mano y, antes de que pudiera apartarme, me sujetó la barbilla con dos dedos. El tacto de su piel contra la mía envió un chispazo eléctrico que me recorrió toda la columna vertebral, aunque me obligué a mantener la cara de póker.

—Cuidado con las suposiciones, Juliette —murmuró, bajando el tono de voz a algo mucho más denso y rasgado—. No sabes nada de mí. Ni de lo que soy capaz de hacer para conseguir lo que quiero.

—Entonces pruébamelo —desafié, sintiendo cómo el aire entre los dos se volvía denso, casi irrespirable—. Suéltame.

—O si no, ¿qué? —provocó, apretando apenas la presión en mi barbilla, lo justo para mantenerme fija a él—. ¿Vas a llamar a tu mami? ¿A tu papaíto del alma?

El sonido del pomo del balcón girando nos hizo reaccionar.

En una fracción de segundo, Aldricht soltó mi rostro y dio un paso atrás de forma impecable, regresando las manos a los bolsillos de su pantalón justo cuando la puerta de cristal se abría. Mi padre, Atlas, apareció en el marco con el rostro serio.

—Juliette, Aldricht —dijo mi padre, mirándonos a los dos con detenimiento—. Los coches están preparados. Nos volvemos a la mansión. Mañana a primera hora nos vemos en el consulado para la firma del acuerdo prenupcial.

—Por supuesto, Atlas —respondió Aldricht con esa voz de diplomático perfecto que me daba ganas de estrangularlo—. Que tengan un buen viaje de vuelta.

Pasé por su lado sin mirarlo, caminando con la cabeza alta hacia el interior del palacio. Pero justo cuando mi hombro rozó el suyo al pasar por la puerta, escuché su voz susurrar rozando mi oído, tan bajo que solo yo pude oírlo:

—Que sueñes conmigo, Vüllet. Mañana empieza la cuenta atrás.

Dios mío esto me está poniendo de los

Nervios,¿a ustedes no?

Hasta la próxima.📚




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