Secretos entre reinos

Aldricht

Apreté el volante del Bugatti hasta que las articulaciones de los nudillos se me pusieron blancas.

Dejé atrás el palacio del duque Lander y todas sus mierdas diplomáticas en cuestión de minutos. Me quité la corbata de un tirón con la mano izquierda mientras aceleraba por la autopista secundaria, sintiendo la adrenalina acumulada en el balcón quemándome la sangre.

«Que sueñes conmigo,Vüllet».

Aún podía oler su perfume. Juliette era un peligro en potencia; una cría malcriada con demasiado fuego en las venas y una boca que pedía a gritos que la pusieran en su sitio. Si supiera con quién se va a casar de verdad...

Mis padres, Romeo y Elena, mantenían la fachada de reyes pulcro en la superficie, pero la realidad era otra. En Londres, en las sombras de Gran Bretaña, la corona no significaba nada sin la fuerza que la respaldaba. Y esa fuerza era mía. Yo era el líder de la mafia británica, el que controlaba el crimen organizado, el contrabando y el dinero sucio que financiaba a media aristocracia europea.

Apagué los faros del coche dos manzanas antes de llegar al muelle industrial abandonado. El edificio de ladrillo visto parecía una fábrica en ruinas, pero en el subterráneo latía el verdadero corazón de la ciudad: Las Cuevas.

Al bajar por las escaleras de hormigón, el estruendo me golpeó en la cara. El olor a sudor, sangre, alcohol de garrafón y humo de puros lo llenaba todo. Cientos de hombres y mujeres gritaban alrededor de la jaula central de hierro, lanzando billetes al aire y haciendo apuestas ilegales mientras dos tipos se destrozaban la cara a puñetazos.

—Señor —Dice la chica de hace una semana,se acercó al instante, entregándome unas vendas para las manos—. No lo esperábamos tan temprano.

—Ya lo se —respondí con una sonrisa fría, quitándome la chaqueta del traje a medida de mil libras y tirándola sobre un barril de metal—. Solo necesito hacer algo y vine.

Necesito descargar tensión.

Me desabroché los primeros botones de la camisa blanca, me arremangué hasta los codos y me envolví los puños con la tela de lino.

Entré en la jaula de combate sin avisar. El peleador que dominaba el ring en ese momento —un tipo de dos metros y cien kilos de puro músculo— me miró con sorna, sin reconocer quién estaba bajo la penumbra.

—¿El principito quiere jugar? —se burló el tipo, escupiendo sangre al suelo—. Te vas a manchar el traje, chico.

No le respondí

En cuanto sonó la campana, esquivé su primer zurdazo inclinando el cuerpo medio centímetro a la izquierda. Le conecté un gancho directo al hígado que lo dejó sin aire y, antes de que pudiera caer de rodillas, le estampé un codazo seco en la mandíbula que hizo retumbar la jaula.

El tipo cayó desplomado sobre la lona, inconsciente. Un segundo exacto de combate.

La multitud en Las Cuevas estalló en gritos de euforia mientras los apostadores recogían montones de billetes. Me limpié una gota de sangre ajena del nudillo con el pulgar.

Juliette creía que su único problema era un prometido de la realeza, engreído y un par de años mayor. No tenía ni la menor idea de que el hombre con el que se casaba en tres días controlaba los bajos fondos del continente, ni de que en este juego las reglas las ponía yo.

Y si quería un infierno de matrimonio, yo le iba a enseñar quién era el dueño del fuego.

Hola mis lectores/as en este capitulo quise

Explicar cómo son las cuevas con más determinación,con más detalles.

¿Soy la única que leyendo a Aldricht cada vez,

El hombre nos demuestra por qué nació para eso?

Hasta la próxima.📚




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