Secretos entre reinos

Juliette

Me desperté a las siete de la mañana con el cuello rígido y un dolor de cabeza horrible. Había pasado la mitad de la noche dando vueltas en la cama, repasando una y otra vez la maldita sonrisa de Aldricht en el balcón y la presión de sus piernas contra las mías bajo la mesa.

—Insufrible. Egocéntrico. Animal —mascullé para mí misma mientras me tiraba del edredón.

Miré el móvil. Tenía tres mensajes de Valeria preguntándome si seguía viva tras la cena con el «príncipe azul». Le respondí con un escueto: «Sigo viva, pero el divorcio va a ser sangriento».

Una hora más tarde, me encontraba en la parte trasera del coche de mis padres camino al consulado. Llevaba un traje de chaqueta blanco, sobrio, elegante y lo suficientemente rígido como para dejar claro que venía a un trámite de negocios, no a un cuento de hadas.

—Recuerda mantener la postura, Juliette —me advirtió mi padre, Atlas, revisando unos folios sin mirarme—. La firma de hoy fija los términos del acuerdo de Washington y la unión de patrimonio con Krenchtym. No quiero numeritos.

—Tranquilo, papá. Solo voy a firmar un papel, no a vender mi alma —mentí, mirando fijamente la entrada del consulado según nos deteníamos.

El edificio estaba custodiado por la guardia oficial, pero algo en el ambiente me hizo fruncir el ceño al bajar del coche. Había varios hombres con trajes oscuros, complexión robusta y posturas demasiado tensas cerca de los callejones colindantes. No parecían escoltas diplomáticos; tenían la mirada fría de quienes están acostumbrados a oler el peligro a kilómetros.

Entre ellos, destacado contra la pared de piedra, había un tipo de aspecto duro, con una chaqueta de cuero y una pequeña cicatriz en la ceja. Me sostuvo la mirada durante medio segundo antes de desviar la vista hacia la entrada. ¿Desde cuándo el consulado contrataba matones para un acuerdo prenupcial?

No le di más vueltas porque, al subir los escalones de mármol del recibidor, lo vi a él.

Aldricht estaba de pie junto a los ventanales principales, hablando en voz baja con el tipo de la chaqueta de cuero que acababa de ver fuera. En cuanto nos escuchó entrar, le hizo una leve señal con la cabeza al hombre, quien se retiró a paso rápido por el pasillo lateral sin decir una palabra.

Ahí estaba el gran príncipe de Krenchtym. Lucía un traje gris impecable, la corbata perfectamente ajustada y ni una sola huella de cansancio en la cara. Parecía un modelo recién sacado de una revista de negocios.

Al cruzarse nuestros ojos, esa maldita sonrisa socarrona volvió a su rostro.

—Buenos días, mi pequeña Vüllet —saludó con esa voz profunda y pausada que me ponía los pelos de punta—. Veo que has logrado salir por la puerta de tu mansión en lugar de la ventana esta mañana.

—Guárdate los chistes, Aldricht —le espeté pasándole por al lado hacia la mesa donde nos esperaba el notario con los documentos oficiales—. Vamos a firmar esto de una vez. Cuanto antes ponga mi nombre aquí, un día menos quedará para mandarte a la mierda.

Aldricht caminó despacio detrás de mí. Cuando se inclinó sobre la mesa para coger la pluma estilográfica, su hombro rozó el mío y pude percibir algo extraño: debajo del perfume costoso a madera y pimienta, había un ligerísimo aroma a humo denso y antiséptico. Y cuando se ajustó el puño de la camisa, alcancé a ver un tono violáceo en la piel de sus nudillos de la mano derecha.

Como si hubiera estado peleando.

Le sostuve la mirada con curiosidad, pero él solo me guiñó un ojo, extendiéndome la pluma con una cortesía burlona.

—Las damas primero, Juliette. Firma tu sentencia.

Hola mis lectores/as este capitulo me ha molado.

En este capitulo Juliette empieza a sospechar de cosas,que antes no les había dado importancia.

¿El secreto de Aldricht no durará mucho más?

Hasta la próxima.📚




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