El recuerdo de lo que ocurrió hace apenas una semana en ese antro me cayó encima como una jarra de agua helada.
Sentí un escalofrío recorriéndome la espalda al volver a ver los nudillos magullados de Aldricht. Mi mente voló de golpe a aquella madrugada. Recordé cómo escapé de la mansión para cabalgar sin rumbo por el bosque, intentando despejar la cabeza, hasta que el relincho de mi caballo se mezcló con unos gritos secos y un murmullo cavernoso que emergía de la nada.
Había seguido el sonido hasta una abertura entre las rocas y me había colado en ese antro subterráneo. Recordé a la secretaria aterrada al verme entrar y la voz masculina a mis espaldas salvándole el pellejo: «Viene conmigo, es mi acompañante».
Y luego... él. Ese tipo cuarentón con la cicatriz cruzándole desde la ceja hasta el ojo. Recordé el asco que me dio cuando me acorraló en la esquina, preguntando cómo me llamaba.
«Me llamo Lucía, ¿y tú?»
«Yo soy el Diablo».
El agarre violento en mi muñeca, el arrastre por el pasillo, el portazo de la celda donde intentó sobrepasarse conmigo... y el pánico que me devoró hasta que la puerta saltó en pedazos.
Aldricht había aparecido de la nada como una sombra furiosa. Recuerdo la violencia brutal con la que redujo a ese desgraciado en segundos, la firmeza con la que me envolvió en su chaqueta y cómo me sacó de allí en volandas para llevarme sana y salva a mi casa. En aquel momento estuve tan en shock que ni le pregunté qué coño hacía él en un sitio así.
Volví al presente de golpe. La sala del consulado parecía desvanecerse a mi alrededor.
Giré la cabeza lentamente y miré al hombre de chaqueta de cuero y cicatriz en la ceja que custodiaba la entrada del consulado... el mismo que acababa de estar hablando con Aldricht en secreto hace menos de dos minutos.
Ese tipo no era un guardia diplomático. Era uno de los hombres que estaban esa noche en la cueva.
La pluma estilográfica me tembló ligeramente entre los dedos. Levanté la mirada hacia Aldricht, buscando esa fachada de príncipe refinado y perfecto con la que intentaba engañar al mundo. El olor a humo, los nudillos destrozados, la gente armada respondiendo a sus órdenes, su presencia en ese infierno subterráneo...
Las piezas encajaron en mi cabeza con una claridad aterradora.
—Juliette, ¿vas a firmar o te has quedado paralizada? —la voz impaciente de mi padre me devolvió a la realidad.
Tragué saliva, manteniendo la vista fija en los ojos grises de Aldricht. Él me observaba en silencio, con esa pequeña inclinación de cabeza y una mirada indescifrable, sabiendo perfectamente que acababa de hilar todos los puntos.
—No me he quedado paralizada, papá —dije, bajando la voz hasta convertirla en un susurro afilado dirigido únicamente al hombre que tenía enfrente—. Solo estaba admirando lo bien que se le da a mi prometido interpretar dos papeles a la vez.
Estampé mi firma en el papel con un trazo rápido y agresivo. Solté la pluma sobre la mesa y me acerqué un paso a Aldricht, quedando a milímetros de su oído.
—Tú no estabas allí por casualidad esa noche, ¿verdad? —le murmuré, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso—. ¿Quién coño eres tú en realidad, Aldricht?
Hola mis lectores/as está capitulo me encanta.
Juliette nos vuelve a demostrar que no se deja pisotear de nadie,y que no es una simple niña malcriada tonta.
¿Aldricht le contará la verdad o se inventara algo?
Hasta la próxima.📚