Secretos entre reinos

Aldricht

El leve temblor en su trazo al firmar no se me pasó por alto. Tampoco la forma en que su mirada viajó desde mis nudillos hasta la puerta donde Lucas guardaba el perímetro, uniendo cada maldita pieza de la noche de la cueva.

Cuando se acercó a mí y me susurró al oído con esa mezcla de rabia y sospecha, no pude evitar que la comisura de mi boca se elevara apenas un milímetro.

Tú no estabas allí por casualidad esa noche, ¿verdad? ¿Quién coño eres tú en realidad, Aldricht?»

Tranquilo, sin prisas, esperé a que los abogados y nuestros padres se concentraran en los sellos oficiales del contrato prenupcial para dar un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que solo quedó el aire entre nuestras caras.

—Estaba en mi territorio, Juliette —le susurré de vuelta, manteniendo un tono tan bajo que pareció una caricia peligrosa—. Esa cueva es mía. El tipo de la entrada trabaja para mí. Y la única razón por la que ese desgraciado de la cicatriz sigue respirando es porque preferí sacarte de allí antes de mancharte el vestido con su sangre.

Vi cómo sus pupilas se dilataban ligeramente. La niña mimada de los Vüllet por fin estaba empezando a entender que el hombre al que pretendía hacerle la vida imposible no era un simple aristócrata de cuna.

—¿Te pensabas que tu prometido era solo un título rancio y un traje caro? —continué, rozando sutilmente con el dorso de mi mano su mejilla, sintiendo el chispazo de tensión que la recorrió completa—. En la superficie soy el príncipe de Krenchtym. Pero abajo... abajo soy el dueño del infierno al que te metiste sin permiso esa madrugada.

Le sostuve la mirada hasta que retiró la cara con un gesto altivo, intentando recuperar el control que se le escapaba de las manos.

—Felicidades, prometida —concluí, dando un paso atrás con una reverencia impecable mientras mi padre, Romeo, estrechaba la mano de Atlas—. Ya estás oficialmente vinculada a mí. Si querías un juego peligroso, felicidades: acabas de firmar la entrada al mío.

. . .

Nuestros padres celebraron la firma con un leve choque de copas en la sala contigua, ajenos por completo al terremoto que acababa de estallar a medio metro de ellos.

Juliette se quedó clavada en el sitio. No dio un paso atrás, no agachó la cabeza, pero por primera vez en sus ojos no había solo arrogancia; había una mezcla pura de desconfianza y un instinto de supervivencia que intentaba camuflar a toda costa.

—Eres un monstruo —dijo en un hilo de voz, manteniendo la barbilla alzada mientras los abogados recogían los folios sellados.

—Soy el hombre con el que te vas a casar en setenta y dos horas, Vüllet —corregí en tono pausado, ajustándome los gemelos de la camisa—. Y te conviene empezar a medir a quién le enseñas los dientes.

Le hice una señal casi imperceptible con la cabeza a Lucas, que seguía junto a la puerta principal. Entendió el mensaje al instante. Salió al exterior para despejar el pasillo y preparar el coche que nos llevaría a la siguiente parada del protocolo real: la rueda de prensa oficial.

—Aldricht, Juliette —intervino Atlas, acercándose a nosotros con esa mirada calculadora que tan bien conocía—. Es hora. La prensa internacional os espera en la escalinata del consulado. Queremos una imagen impecable. Tomaos de la mano y sonreíd como si este matrimonio fuera lo mejor que os ha pasado en la vida.

Juliette me miró como si le estuvieran pidiendo que tragara cristales.

—¿De la mano? —masculló entre dientes.

—Escuchaste a tu padre, mi amor —sonreí con frialdad, ofreciéndole mi brazo con una cortesía impecable—. Es hora de actuar.

Ella dudó un segundo, pero la presión de las miradas de Atlas, Aurora, Romeo y Elena sobre su espalda era demasiado fuerte. Deslizó su mano sobre la manga de mi chaqueta. Sus dedos estaban fríos, pero su agarre se volvió firme, casi violento. Si hubiera tenido garras, me habría atravesado la tela.

Caminamos juntos hacia las inmensas puertas de madera del consulado. Justo antes de que los guardias las abrieran para exponernos a los flashes y al caos de la calle, me incliné hacia ella.

—Un último consejo para el espectáculo, Juliette —le dije al oído, sintiendo cómo se tensaba contra mi costado—. Si vas a intentar destruirme desde dentro, asegúrate de no arder tú primero.

Las puertas se abrieron de par en par. El ruido de los fotógrafos, los gritos de los periodistas y el destello cegador de un centenar de cámaras nos envolvieron en un segundo.

Apreté su mano con fuerza. Ella sonrió ante las cámaras como la perfecta heredera Vüllet, pero bajo esa fachada pulcra, los dos sabíamos que la guerra acababa de empezar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.