Los flashes me cegaban como un bombardeo continuo. Sonreír frente a docenas de cámaras de la prensa internacional mientras la mano del líder de la mafia británica apretaba la mía era la mayor prueba de actuación de toda mi vida.
Sentía el calor de sus dedos envolviendo los míos con una firmeza dominada, imperceptible para los fotógrafos, pero absolutamente clara para mí. Cada destello de luz era un recordatorio de la farsa en la que estaba atrapada.
«Si vas a intentar destruirme desde dentro, asegúrate de no arder tú primero».
Sus palabras me retumbaban en la cabeza. No era solo un noble engreído con un título rancio. Era el tipo que controlaba Las Cuevas. El que tenía a matones violentos como ese tal "Diablo" trabajando a sus órdenes. El hombre que me sacó de aquella celda en volandas hace una semana no era un héroe casual; era el dueño del infierno.
Me obligué a mantener la cabeza alta, dibujando en mi rostro la sonrisa más deslumbrante y falsa que pude congelar. Me giré ligeramente hacia él para las cámaras, fingiendo mirarlo con adoración mientras le clavaba las uñas con disimulo en la palma de la mano.
—Disfruta del espectáculo, Aldricht —le murmuré entre dientes, con la sonrisa intacta frente a los periodistas que nos gritaban preguntas desde la valla—. Porque si crees que saber la verdad me asusta, no me conoces en absoluto.
Sentí cómo su agarre se intensificaba apenas un milímetro, contestando a mi provocación.
—No me asustas, Fog —añadí en un susurro tan bajo que solo el ruido de los obturadores amortiguó—. Me das más razones para destruirte.
—Le estás clavando las uñas al futuro rey de Krenchtym, mi amor —respondió él sin perder la compostura, saludando a un fotógrafo con un leve movimiento de cabeza—. Y créeme, la niebla no se destruye. Solo te ahoga si te quedas demasiado tiempo en ella.
El paseo por la escalinata pareció durar una eternidad. Cuando por fin llegamos al coche oficial que nos esperaba con las puertas abiertas, la escolta abrió paso entre el tumulto. Mi padre me dio una palmada en el hombro en señal de aprobación, satisfecho con la portada que acabábamos de regalarle al mundo.
Me deslicé al interior del asiento trasero de cuero negro. Aldricht entró justo después de mí, cerrando la puerta con un golpe seco que aisló por completo el ruido del exterior.
El silencio dentro del vehículo se volvió denso, sofocante. Por primera vez desde que salimos del consulado, solté su mano de un tirón seco y me limpié la palma contra mi falda como si me hubiera manchado.
Me giré a mirarlo directamente a los ojos, sintiendo cómo la adrenalina reprimida explotaba dentro de mí.
—Dime una cosa —exigí, cruzándome de brazos y encarando al mafioso que tenía al lado—. Si esa cueva es tuya y la gente que hay allí responde ante ti... ¿qué mierda hace un intento de violador trabajando bajo tu techo?
Aldricht no se inmutó. Apoyó el codo en el reposabrazos y descansó la barbilla sobre los nudillos mientras me observaba con una calma exasperante.
—Ese tipo no trabaja para mí, Juliette —respondió en un tono glacial que hizo bajar la temperatura dentro del coche varios grados—. "El Diablo" no es mi empleado. Es el perro de la mafia ucraniana, mi peor enemigo en este continente.
Se me cortó la respiración por un segundo.
—¿Y qué hacía en tus Cuevas? —espeté, intentando que no se me notara el desconcierto.
—Provocar. Buscar pelea. Intentar encontrar una grieta en mi territorio —explicó Aldricht, inclinándose despacio hacia mí hasta que su sombra me cubrió casi por completo—. Pero tú tuviste la brillante idea de colarte esa madrugada sin que nadie te viera. "El Diablo" te atrapó y te encerró en esa celda, a punto de hacerte lo peor. El único que se dio cuenta a tiempo fue Geffer.
—¿Geffer? —repetí, el nombre me sonaba a los informes de inteligencia que mi padre solía dejar sobre su escritorio.
—El líder de la mafia colombiana —asintió Aldricht, con una frialdad impecable—. Geffer llevaba meses buscando un pacto de no agresión conmigo. Estaba en Las Cuevas esa noche y vio exactamente cómo ese malnacido te arrastraba a la celda. Sabía quién eras, sabía la importancia de tu apellido y, sobre todo, sabía lo que tú significabas para esta alianza.
El coche tomó una curva cerrada, pero la mirada de Aldricht no se desvió ni un milímetro de la mía.
—Geffer me llamó de inmediato —continuó, y por primera vez noté una vena marcándosele en la mandíbula—. Me ofreció una tregua definitiva entre nuestra organización y la suya a cambio de una sola cosa: darme la ubicación exacta de dónde "El Diablo" te tenía acorralada antes de que fuera demasiado tarde.
Me quedé helada. Las piezas terminaron de encajar en mi cabeza de la forma más retorcida posible.
—Aceptaste... —susurré, procesando la magnitud de lo que me estaba diciendo.
—Acepté la tregua con los colombianos en el acto —asintió él, con un brillo peligroso y oscuro en los ojos—. Le firmé la paz a Geffer solo para que me dijera tras qué puerta te tenía retenida la mafia ucraniana. Eché esa puerta abajo, reduje a ese maldito animal y te saqué de allí sana y salva.
Se acercó un milímetro más, su aliento rozando mi mejilla, recordándome exactamente quién tenía al lado.
—Así que antes de juzgar quién soy en las sombras, mi pequeña Vüllet, recuerda esto: el mafioso al que tanto odias le firmó la paz a la mafia colombiana solo para salvarte de las manos de la ucraniana. Y ahora, dime... ¿quién es el verdadero monstruo aquí?