La garganta se me quedó seca. La verdad me cayó como un mazo, pero la rabia de sentirme acorralada me impidió darle la satisfacción de verme dudar. Apreté la espalda contra el asiento de cuero del coche, encarándolo a pesar del nudo que tenía en el estómago.
—¿Y qué pretendes, Aldricht? —dije en voz baja pero firme, clavándole las uñas a los reposabrazos del vehículo—. ¿Que te dé las gracias? ¿Que caiga rendida a tus pies porque decidiste usarme como moneda de cambio para tus malditas guerras de bandas?
Aldricht soltó un suspiro pesado, una risa sin ganas que solo acentuaba esa aura peligrosa que lo rodeaba.
—No busco tus gracias, Juliette. Busco que entiendas dónde estás parada —respondió, volviendo a erguirse con la elegancia pulcra de un monarca, aunque con la frialdad de quien acaba de admitir que mueve los hilos del submundo—. No entraste a un juego de niños. Entraste en una zona de guerra. Y ahora que eres mi prometida, "El Diablo" y la mafia ucraniana no solo te ven como una Vüllet; te ven como mi punto débil.
—No soy el punto débil de nadie —le espeté de inmediato, sintiendo el orgullo arder en mi pecho—. Sé cuidarme sola.
—Esa madrugada en la cueva no pareció que pudieras —me recordó, y sus palabras me dolieron más de lo que quise admitir—. Tu terquedad casi te cuesta la vida. Así que a partir de hoy, te guste o no, mis hombres te van a seguir hasta a los lavabos. Lucas y su gente se encargarán de tu seguridad
—¡Ni de coña! —protesté, incorporándome en el asiento—. ¡No voy a tener a tus matones de la mafia siguiéndome los pasos como si fuera una prisionera!
El coche se detuvo suavemente frente a los portones de la mansión Vüllet. Los cristales tintados nos aislaban del mundo exterior, pero la tensión dentro del vehículo era aplastante.
Aldricht se inclinó hacia mí una última vez. Su mano subió despacio hasta mi nuca, rozando la piel expuesta por mi recogido. El tacto de sus nudillos me congeló en el sitio.
—No es una negociación, prometida —murmuró rozando casi mis labios, con la voz tan densa como la niebla que llevaba por apodo—. En dos días te vas a casar conmigo. Y no voy a permitir que te toque ni un solo pelo nadie que no sea yo.
Se apartó con una serenidad exasperante y me abrió la puerta del coche desde dentro.
—Baja. Tus padres nos están esperando en la entrada. Y ni se te ocurra pensar en escaparte por la ventana esta noche, Juliette. Hay tres tiradores en los tejados rodeando tu mansión.
Lo miré con todo el odio del que fui capaz, pero al salir del coche y notar la sombra de su gente vigilando desde la distancia, entendí que el verdadero infierno no empezaba con la boda.
Acababa de empezar en ese mismo instante.