La vi bajar del coche con la barbilla en alto y la espalda tan recta que parecía a punto de romperse. Ni siquiera el peso de saber que su casa estaba rodeada por mis francotiradores la hizo tambalearse.
Es desquiciante. Y absolutamente fascinante.
Me quedé en el asiento trasero unos segundos más, observando cómo subía las escaleras de la mansión Vüllet sin mirar atrás ni una sola vez. Cuando la pesada puerta de roble se cerró a sus espaldas, dejé escapar un suspiro denso y saqué el paquete de cigarrillos del bolsillo interior de la chaqueta.
Encendí uno, dejando que el humo llenara el habitáculo antes de sacar el teléfono encriptado.
—Axe —dije en cuanto Lucas respondió al primer tono.
—Dime, Fog. ¿La princesa sigue viva?
—Sigue viva y con ganas de degollarme —respondí, viendo cómo una de las sombras en el tejado opuesto a la habitación de Juliette cambiaba de posición—. Ha atado cabos. Ya sabe que la cueva es mía, que "El Diablo" es ucraniano y que pacté con Geffer para sacarla de allí.
Lucas soltó un silbido bajo a través del altavoz.
—Vaya. La chica no es tonta. Eso complica las cosas. Si sabe que la mafia ucraniana la tiene en el punto de mira, va a intentar hacer alguna estupidez para demostrar que no necesita tu protección.
—Por eso mismo no quiero fallos, Lucas —mi voz bajó dos tonos, perdiendo cualquier rastro de la cortesía aristocrática para dejar solo al líder de la mafia británica—. Mantén a los muchachos en los tejados. Si la ucraniana da un solo paso en este distrito, los quiero bajo tierra antes de que puedan pestañear. Y si a Juliette se le ocurre abrir esa ventana para intentar escaparse otra vez... que se encuentren con tu gente cara a cara.
—Entendido. ¿Y qué hacemos con el pacto de Geffer? Los colombianos están apretando para cerrar el trato de las rutas del norte antes de la boda.
—Se cerrará el día del enlace —sentencié, apagando el cigarrillo en el cenicero del coche—. Cuando Juliette Blettern Vüllet sea oficialmente mi esposa, ni los colombianos ni los ucranianos podrán tocar un solo centavo de su familia sin pasar por mí.
—Te estás tomando este matrimonio muy en serio, Fog —provocó Lucas con una sonrisita que casi pude oír—. Para ser un acuerdo puramente político y de negocios, pareces bastante obsesionado con mantener a la fiera a salvo.
Me quedé en silencio un segundo, mirando la ventana del segundo piso de la mansión donde una luz acababa de encenderse. Detrás de ese visillo estaba la mujer que juró hacerme la vida un infierno.
—No es obsesión, Axe —respondí con una sonrisa fría—. Es propiedad. Y yo no dejo que nadie toque lo que es mío.
Colgué el teléfono y le di una señal al chófer para que arrancara. En cuarenta y ocho horas llevaría a esa mujer al altar, y si pensaba que el infierno de las Cuevas era peligroso, no tenía ni idea de lo que le esperaba a mi lado.
. . .
La mañana de la boda amaneció con un cielo plomizo sobre la capital, como si el propio clima supiera la tormenta que estaba a punto de desatarse.
Me abroché el chaleco del traje ceremonial de gala frente al espejo de mi vestidor. En la superficie, era el príncipe heredero de Krenchtym, pulcro, impecable y listo para sellar la alianza del siglo. Pero bajo el tul y la seda de la corte, el arma encriptada que llevaba en la funda sobada dentro de la chaqueta decía todo lo contrario.
—El perímetro de la catedral está blindado, Fog —Lucas apareció a mi espalda en el reflejo del espejo, ajustándose la corbata con frialdad—. Mis chicos están camuflados entre la guardia real. Ni un solo ucraniano va a cruzar las puertas sin que lo convirtamos en colador.
—Geffer también está en la lista de invitados —recordé, girándome hacia él con la mandíbula tensa—. Los colombianos van a estar observando cada movimiento. Quieren comprobar si la alianza es real o si Juliette es un punto débil que pueden explotar.
—La chica ha estado encerrada en su mansión desde antes de ayer —dijo Lucas con una mueca divertida—. Mis tiradores dicen que intentó abrir la ventana de su habitación tres veces. Al ver los punteros láser rojos rozándole el marco de madera, les dedicó un corte de manga y cerró de golpe.
Solté una risa corta y ronca. Típico de Juliette. Ni aun teniéndola acorralada perdía el descaro.
—Asegúrate de que la escolta la traiga con absoluta seguridad —ordené, poniéndome la chaqueta de gala—. Hoy no hay margen para errores.
Una hora después, me encontraba al pie del altar de la catedral imperial. La nave central estaba abarrotada por la élite diplomática, jefes de estado y, encubiertos entre la alta sociedad, los rostros más peligrosos del crimen organizado europeo. Mi madre, Elena, y mi padre, Romeo, me observaban desde el primer banco con esa majestuosidad calculada. A unos metros, Atlas y Aurora Vüllet aguardaban con la misma sobriedad imperial.
De pronto, el órgano de la catedral retumbó en las bóvedas de piedra. Las inmensas puertas de roble se abrieron de par en par.
El murmullo de los asistentes se cortó de golpe.
Juliette apareció en la entrada, apoyada en el brazo de su padre. Llevaba un vestido de novia de encaje y seda blanca que parecía esculpido para ella, con una cola kilométrica y un velo traslúcido que apenas lograba ocultar la furia que echaban sus ojos. Estaba ridículamente hermosa. Parecía un ángel descendido al infierno, caminando despacio por la alfombra roja directamente hacia la jaula que yo le había construido.
Cuando llegó al altar, Atlas le tomó la mano y me la entregó con una leve inclinación de cabeza.
Al rozar los dedos de Juliette para ayudarla a subir el último escalón, noté que la piel le ardía de rabia. Se pegó a mi costado y, mientras el arzobispo comenzaba las lecturas en latín, se inclinó ligeramente hacia mi hombro sin perder la vista del altar.
—Tus francotiradores apuntan fatal —me susurró entre dientes, con una voz tan dulce que cualquiera habría pensado que me estaba diciendo un voto de amor—. Les faltó medio centímetro para darle al florero de mi ventana.