El choque de mi mano contra la suya al pie del altar me produjo una descarga eléctrica que me quemó hasta las entrañas. Sostenerle la mirada a Aldricht mientras el arzobispo soltaba su discurso en latín era el acto de actuación más difícil de mi vida.
Ahí estaba él, impecable en su traje de gala, luciendo la perfecta sonrisa de un príncipe ante los trescientos invitados que abarrotaban la catedral. Pero yo no veía a un noble. Veía a The Fog. Veía al líder de la mafia británica que manejaba los hilos del submundo desde Las Cuevas, el mismo que mantenía francotiradores apuntando a mi ventana y que había negociado mi rescate como si fuera una pieza en su tablero de ajedrez.
«Estoy deseando ver cómo me muerdes, señora Krenchtym».
Sus palabras me retumbaron en los oídos mientras el sacerdote extendía las manos sobre nuestros anillos de boda.
—Juliette Blettern Vüllet, ¿aceptas a Aldricht como tu legítimo esposo...?
La pausa pareció durar una eternidad. Sentí la mirada inquisidora de mi padre, Atlas, clavada en mi nuca desde el primer banco, y la de Geffer, el colombiano, observándonos desde la penumbra de las naves laterales con una sonrisa calculadora. Estaba rodeada de monstruos, pero el más peligroso de todos me sostenía la mano con un agarre firme e inquebrantable.
—Acepto —dije, dejando que mi voz resonara con una frialdad absoluta en las bóvedas de piedra.
Aldricht me deslizó el anillo de platino en el anular. El metal estaba frío, una cadena invisible que me unía oficialmente a su imperio. Cuando fue su turno, le encajé su alianza con una presión calculada, mirándolo fijamente a los ojos grises sin pestañear.
—Los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
El murmullo de la catedral se apaga por completo en mi cabeza. Aldricht dio un paso hacia mí y me agarró del talle con la mano izquierda, pegándome a su pecho con una dominación fluida que dejó sin aliento a la mitad de la aristocracia presente. Con la mano derecha me levantó el velo despacio, rozándome la mejilla con los nudillos.
—Bienvenida a mi infierno, Juliette —murmuró antes de inclinar la cabeza.
Su beso no fue un gesto diplomático ni un roce piadoso. Fue seco, dominante, un sello de propiedad estampado frente a reyes, diplomáticos y mafiosos. Me obligué a no dar un paso atrás, devolviéndole la presión con un desafío silencioso que le hizo dibujar una sonrisa contra mis labios antes de separarse.
Los aplausos estallaron en el templo. Las cámaras fotográficas comenzaron a parpadear como ráfagas de fuego.
Aldricht me ofreció su brazo con una elegancia impecable. Enganché el mío al suyo, ajustando mi cola de encaje mientras caminábamos hacia la salida entre la multitud que nos vitoreaba.
—Felicidades, esposa —me dijo al oído mientras cruzábamos las inmensas puertas de roble hacia la escalinata, donde nos esperaba la limusina blindada—. Ha terminado el protocolo de la realeza.
Le dediqué una sonrisa cargada de veneno, apretando mi brazo contra el suyo mientras los flashes nos envolvían de nuevo.
—Error, Aldricht —le respondí en un susurro afilado—. Lo que acaba de terminar es tu tranquilidad.