Secretos entre reinos

Juliette

La limusina blindada nos aisló del estruendo exterior en cuanto la puerta se cerró con un chasquido hermético. Me acomodé la enorme cola del vestido en el asiento de cuero negro, ocupando todo el espacio posible solo para dejar claro el límite de mi territorio.

Aldricht se desabrochó el primer botón del cuello de la camisa de gala y se quitó los guantes de la corte, tirándolos sobre el asiento contiguo con un gesto de cansancio aristocrático que ya no me tragaba en absoluto.

—No te pongas tan cómoda, Juliette —dijo, sacando su petaca de plata del bolsillo interno de la chaqueta—. El banquete de recepción dura cuatro horas. Después de eso, salimos directo hacia la finca del norte.

—¿La finca del norte? —repetí, cruzándome de brazos y midiéndolo con la mirada—. Mi padre dijo que nos quedaríamos en el palacio central de Krenchtym durante la semana de la luna de miel.

Aldricht dio un trago corto a la petaca y me miró de lado, con esos ojos azulados en los que la frialdad diplomática había sido sustituida por completo por la sombra de The Fog.

—Tu padre sabe lo que le conviene a la prensa y a las familias realistas. Yo sé lo que te conviene a ti para seguir respirando —respondió con voz grave—. En la finca del norte no hay fotógrafos, no hay sirvientes sin filtrar y, lo más importante, las defensas son mías. Ni "El Diablo" ni los colombianos van a poder acercarse a menos de diez kilómetros.

—¡Me da igual la mafia ucraniana y los colombianos! —exclamé, alzando la voz por primera vez en todo el día—. No voy a dejar que me encierres en una fortaleza en mitad de la nada bajo la excusa de proteger me. ¡Sé cuidarme sola, Aldricht!

En un movimiento tan fluido que ni me dio tiempo a reaccionar, Aldricht se inclinó hacia adelante, sujetando las dos pestañas de mi puño de encaje y atrayéndome suavemente hacia él, reduciendo la distancia hasta que su aliento me rozó los labios.

—Si supieras cuidarte sola, no habrías entrado a Las Cuevas esa madrugada —murmuró, con una fijeza en la mirada que me cortó la respiración—. Y no me habrías obligado a firmar un tratado de paz con la mafia colombiana para salvarte de que te despedazaran. Así que te guste o no, señora Krenchtym, vas a ir a esa finca. Vas a comer lo que mis hombres preparen y vas a dormir bajo mi mismo techo.

Le sostuve la mirada, sintiendo cómo el corazón me martilleaba el pecho de pura rabia. La mezcla de su perfume con el ligero olor a humo que siempre lo acompañaba me nublaba la cabeza, pero me negaba a ceder.

—Dormiré en esa finca —dije, bajando la voz a un tono susurrante y cargado de veneno—, pero si intentas cruzar la puerta de mi habitación por la noche, vas a descubrir de lo que soy capaz con el abrecartas de plata de tu despacho.

Aldricht sonrió. No fue una sonrisa diplomática, sino esa mueca peligrosa y socarrona que ponía en el cuadrilátero.

—¿El abrecartas? —se burló, soltándome la muñeca con una lentitud exasperante—. Tendrás que ser más rápida que mi gente, mi pequeña Vüllet. Porque en esa casa, la única regla que existe es la mía.

Aldricht no se inmutó. La leve mueca de su rostro demostraba que mi amenaza con el abrecartas le resultaba casi entretenida.

—Tomo nota sobre tus intenciones con mi papelería, Juliette —agregó, inclinándose un poco más hacia mí.

Al tenerlo a tan escasa distancia, la luz tenue del interior de la limusina iluminó de lleno sus facciones. Sus ojos, un azul profundo y frío como el hielo, me escudriñaban con una fijeza que me helaba la sangre. Había estado tan cegada por la rabia que casi olvidaba el tono de ese azul eléctrico, implacable, que parecía leer cada uno de mis pensamientos antes de que los formulara.

En cambio, cuando él me devolvió la mirada, se detuvo un instante en mi rostro. Yo sostenía su escrutinio sin parpadear, dejando que mis propios ojos grises, oscuros como el cielo antes de la tormenta, reflejaran la furia contenida que amenazaba con quemarlo todo.

—Esos ojos grises tuyos siempre delatan cuándo estás planeando una estupidez —murmuró Aldricht, bajando la voz hasta convertirla en una advertencia sedosa—. Pero en mi finca del norte no hay escapatoria posible.

—Eso ya lo veremos, Fog —le espeté, clavando mi mirada gris en la suya azul sin ceder un solo milímetro de terreno—. Puedes tener a la mitad del submundo a tus órdenes, pero dentro de esas cuatro paredes vas a tener que dormir con un ojo abierto.

La limusina aminoró la marcha mientras nos acercábamos al salón de banquetes para la recepción oficial. Las luces de la entrada principal comenzaban a filtrarse por los cristales tintados, iluminando el contraste entre sus ojos azules de depredador y mi mirada gris llena de desafío.

—Me gusta la idea —respondió él, volviendo a erguirse y acomodándose la chaqueta con una elegancia impecable—. Mantiene la vida conyugal interesante.

El coche se detuvo. Aldricht me ofreció la mano una vez más para bajar frente a la multitud, con esa mirada azul gélida prometiéndome que, en esta guerra que acababa de empezar, él no pensaba dar un solo paso atrás.




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